SECCIÓN GENERAL

 

El lugar del pasado en la ideología nazi*

 

The Place of Past in Nazi Ideology

 

 

Ángela Uribe Botero1

 

1 Doctorado en Filosofía, Universidad de Antioquia. Profesora asociada Departamento de Filosofía, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, D. C. Miembro del grupo de investigación Relativismo y Racionalidad. Correo electrónico: auribeb@unal.edu.co.

 

Fecha de recepción: mayo de 2013

Fecha de aprobación: octubre de 2013

 

Cómo citar este artículo: Uribe Botero, Ángela. (2013). El lugar del pasado en la ideología nazi. Estudios Políticos, 43, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, (pp. 76–91).

 


RESUMEN

La idea propuesta en este artículo se lleva a cabo a partir del análisis conceptual del término ''ideología'', tal como es usado por Hannah Arendt en Los orígenes del totalitarismo. El contexto semántico que se impone con el uso que hace Arendt de este término es revisado a la luz de la siguiente objeción propuesta por Phillippe Lacoue–Labarthe y Jean–Luc Nancy: el término ideología, tal como lo usa esta autora, no da cuenta de una de las características más importantes de la ideología nazi: el mito. Con el propósito de ilustrar esta idea, se aplica el sentido del término ''mito político'' propuesto por Roberto Esposito a algunas palabras contenidas en los discursos de Heinrich Himmler. Esto conduce, en la parte final del texto, a proponer, también en discusión con Arendt, un giro en la forma como podría llegar a ser entendida la relación con el pasado en la ideología nazi.

Palabras clave: Mito Político; Nazismo; Ideología; Filosofía Política; Himmler, Heinrich; Arendt, Hannah; Lacoue–Labarthe, Phillippe; Nancy, Jean–Luc; Esposito, Roberto.


Abstract

The idea proposed in this article is developed on the basis of the conceptual analysis of the term ''ideology'' as used by Hannah Arendt in The Origins of Totalitarianism. The semantic context imposed by Arendt's use of this term is revisited considering the following objection proposed by Phillippe Lacoue–Labarthe and Jean–Luc Nancy: the term ''ideology'', as used by Arendt does not give account of one of the most important characteristics of the Nazi ideology: the myth. To accomplish this purpose, references to Roberto Esposito's term ''political myth'' are also included and applied to some parts of Heinrich Himmer's discourses. This leads in the final section of the article to the proposal, also in discussion with Arendt, of a small turn in the way that the relationship to the past in the Nazi ideology could be understood.

Keywords: Politic Myth; Nazism; Ideology; Political Philosophy; Himmler, Heinrich; Arendt, Hannah; Lacoue–Labarthe, Phillippe; Nancy, Jean–Luc; Esposito, Roberto.


 

 

Introducción

En el verano de 1936 Heinrich Himmler1 leyó ante un grupo de miembros de la Schutzstaffel (SS) —organismo de seguridad de la Alemania nazi— trozos de una historia en la que la humanidad cumpliría el fin de su desarrollo después de siete eras de evolución. En el texto leído por Himmler se advertía que los tiempos actuales constituían nada más que una pequeña fracción de la quinta de estas eras. Lo decisivo estaría por venir en las dos eras siguientes. Transcurriría un milenio, quizás, antes de que el desarrollo humano fuese pleno y la especie fuese, verdaderamente, la expresión de la más elevada forma de racionalidad (Longerich, 2012, p. 284). Los soldados de la SS que escucharon esta historia tratando de imaginar cómo habían sido los primeros hombres antes de comenzar su desarrollo hacia la plenitud, habrían de atender a la explicación de Himmler según la cual ese pasado remoto estuvo precedido por una catástrofe cósmica. Durante esta catástrofe, decía Himmler, el cielo se sacudió y la tierra fue a parar cerca de algún cuerpo celeste remoto. El desastre cósmico provocado por el remesón celestial y por el contacto tan cercano con la estrella dejó sobre la tierra algunos restos incipientes de aquello que solamente por su aspecto físico hoy podríamos llamar ''seres humanos''.

Esparcidas sobre algunos trozos de la superficie de nuestro planeta, estas criaturas fueron, entonces, el fruto del encuentro entre quienes provenían de aquella otra estrella y lo que había a su llegada; sin embargo, no todos a quienes los extraterrestres encontraron eran iguales entre sí; dado que habitaban lugares distintos, eran, dependiendo de la calidad geográfica de esos lugares, unos mejores que otros: más inteligentes y más fuertes. El desarrollo de la humanidad hacia su realización plena iría mostrando de qué modo estas diferencias cualitativas se reafirmarían en las respectivas descendencias. Para el ojo atento, las diferencias serían evidentes en aspectos fenotípicos que correspondían a lo que Himmler llamó ''tipos raciales'' (Longerich, 2012, p. 284). Con el tiempo los diferentes tipos raciales tenderían a ser suprimidos a favor de la homogeneidad y, por consiguiente, a favor de la mejor entre las razas.

El lugar de Himmler en toda esta historia consistiría en confirmar la tendencia. En otras palabras, dependería de él mismo el hecho de que el mejor entre los tipos raciales prevaleciera sobre los demás. Él, como pocos, haría que se inaugurara el proceso que llevaría al complimiento de esa especie de profecía que prometía el progreso del género humano hacia su estado más perfecto.

Tal como era entendida por Himmler, la profecía dejaba claro cuál era el mejor entre los distintos tipos raciales a los que había dado lugar la catástrofe cósmica. Uno y solo ese, prevalecería sobre los demás: el teutón. A los ojos de Himmler, esto significaba que la representación plena de la humanidad tendría lugar solamente cuando la raza de los teutones consiguiera imponerse sobre las demás (Longerich, 2012, p. 261). A los teutones, por lo tanto, les había sido dada la misión de sustituir, a cambio de ellos mismos, cada una de las razas no teutonas que ocuparan las distintas regiones de la tierra. El momento en la historia para dar comienzo a ese proceso de sustitución, al parecer, había llegado y era preciso aceptar el costo de lo que eso implicaba. Después de todo, lo que había sido puesto en juego, una vez que el propósito cósmico quedara consignado, era nada más y nada menos que la posibilidad de sobrevivir para quienes estaban mejor dotados. En palabras de Himmler:

Y a pesar de lo amarga que pueda ser la muerte por ahora —pues significa partir—, sobre la base de la más antigua de las convicciones impuestas en nuestra sangre, también sabemos que ella no es más que un movimiento hacia otro plano (Longerich, 2012, p. 267).2

Estas palabras junto con el contexto en que son pronunciadas, son una nítida expresión de aquello que, para caracterizar a los regímenes totalitarios del siglo XX, Hannah Arendt llamó ''el movimiento''. En términos generales, el movimiento, en el contexto de Los orígenes del totalitarismo, es el medio a través del cual se cumple aquello que Arendt, en el mismo contexto, llamó ''la lógica de una idea'', en otras palabras: la ideología (Arendt, 2004, p. 569). Teniendo en cuenta algunos apartes de los discursos pronunciados por Himmler ante los soldados de la SS, en lo que sigue, se precisa la relación que según Arendt hay entre ''el movimiento'' y ''la ideología'', tal como esta se estableció en la Alemania nazi. Este propósito es parte de uno más general en el artículo: desarrollar la siguiente objeción contra Arendt, propuesta por Phillippe Lacoue–Labarthe y Jean–Luc Nancy: En Los orígenes del totalitarismo no es clara relación entre el contenido de la idolología nazi —el racismo— y las características del movimiento gracias al cual ella se pone en marcha. En términos más precisos: la respuesta de Arendt a la pregunta acerca de por qué la figura alemana del totalitarismo es el racismo, no es —para estos dos autores— satisfactoria (Lacoue–Labarthe y Nancy, 2002, pp. 25–26). De esta duda surge para ellos la siguiente alternativa de respuesta a la pregunta acerca de la impronta racista en la ideología nazi:

1. Dado que el problema alemán es fundamentalmente un problema de identidad, la figura alemana del totalitarismo es el racismo.
2. Dado que el mito puede definirse como un aparato de identificación, la ideología racista se ha confundido con la construcción de un mito —el mito ario en cuanto este ha sido deliberada, voluntaria y técnica(mente) elaborado como tal— (Lacoue–Labarthe y Nancy, 2002, p. 26).

El desarrollo de esta respuesta conduce en este artículo a proponer —en discusión con Arendt— una suerte de giro en la manera como puede ser entendida la relación con el pasado en la ideología nazi. En este sentido, y haciendo alusión al término ''mito político'' de Roberto Esposito, se propone ampliar la respuesta de Lacoue–Labarthe y Nancy, para desarrollar la siguiente idea: la realización de la ideología nazi no solo requiere del movimiento racista; aquella y el propio movimiento requieren de la recurrencia a un pasado remoto y fundacional para asegurar su dirección hacia el futuro. La ideología y el movimiento no siguen, pues, exclusivamente una dirección progresiva hacia el futuro. El futuro, por su parte, no se relaciona con el pasado exclusivamente para que el proceso siga su curso por acumulación —de eventos—, como afirma Arendt. En la ideología nazi el pasado, más bien, es aquello a lo que se vuelve siempre para orientar el curso de la historia.

 

1. El lugar del mito en la tiranía de la lógica

Del término ''ideología'', cuyo sentido es demarcado por Arendt en Los orígenes del totalitarismo, son constitutivos los términos ''idea'' y ''lógica''. Una ideología es, en esta medida, la lógica de una idea (Arendt, 2004, p. 569). La relación entre una idea y su lógica es descrita por Arendt más o menos del siguiente modo: en el marco de una ideología, difícilmente puede alguien hacer un enunciado, llamémoslo ''A'', sin verse forzado a afirmar, por deducción, también ''B'' y ''C'' (Arendt, 2004, pp. 569–571). Por ejemplo, si ''A'' equivale a la idea contenida en la premisa: ''la representación plena de la humanidad tendrá lugar cuando la mejor de las razas consiga imponerse sobre las demás''; bien puede ser que de allí se siga, por deducción, también ''B'': ''la mejor de las razas sobre la tierra es la raza teutona'' y, por lo tanto, ''C'': ''es preciso sustituir las razas inferiores por la raza teutona''. Una de las características más notorias de las ideologías es el hecho de que ellas se constituyen a partir de aquello que llama Arendt ''la tiranía de la lógica'' (Arendt, 2004, p. 573).

Por definición, las ideologías comportan el modo cerrado como toma forma el conjunto de creencias que las contienen: de A no pueden seguirse más que B y C. Esto significa que el contenido proposicional de estas premisas y la manera como una se sigue de la otra no admite ninguna forma de contradicción, ninguna forma de refutación: no hay lugar para que de A se siga, digamos, P; y tampoco hay lugar para que en el curso del desarrollo de la lógica de la idea se admita ¬A. Esto tiene como consecuencia no solo que la lógica de la idea es cerrada sino también tiránica; además —y quizás por eso mismo— las ideologías se presentan para quienes las profesan como conjuntos de leyes absolutamente determinantes, como destinos a los que simplemente se está conminado.

Al mismo ritmo al que marcha el proceso deductivo que conduce de A a B y de B a C, marcha también el movimiento. El movimiento está constituido por las acciones de aquellos que se ven a sí mismos compulsivamente conminados a que el proceso a través del cual se pasa de A, a B y de B a C, siga su curso. El movimiento es justamente el mecanismo a través del cual se confirman la verdad de la idea —la irrefutabilidad de la primera premisa y el hecho inevitable de que de ella se siguen las otras—.

Se ha hecho alusión a la relación entre el movimiento y la idolología, tal como Arendt la entiende; sin embargo, ¿qué hizo que el grupo de soldados que conformó el movimiento nazi se haya visto a sí mismo conminado a que la lógica de la idea siguiera su curso? Hacer parte de la SS y, por lo tanto, verse conminado a seguir la lógica de la idea requería para Himmler leer aquello que estaba inscrito, como una ley, en la sangre de los herederos de los teutones (Arendt, 1994, pp. 159–160). En palabras de Himmler: ''Si nos atenemos firmemente a la ley de la selección [inscrita en] la sangre, seremos, como nación, inconquistables y seremos verdaderamente inmortales, como raza aria nórdica'' (Longerich, 2102, p. 268).3

Las referencias que se han hecho hasta este punto, acerca de la relación entre la ideología nazi, el movimiento y el racismo, remiten directamente a la respuesta de Arendt acerca del sentido de dicha ideología. Desde el punto de vista de Lacoue–Labarthe y Nancy (2002, p. 25), sin embargo, esta respuesta no da cuenta satisfactoriamente de la manera como pudo haber tomado su forma la ideología nazi. Con el propósito de atender a esta inquietud, es preciso responder a la siguiente pregunta: ¿cómo leer aquello que, según Himmler, está inscrito en la sangre aria nórdica? La única manera en que los soldados de la SS consiguieron hacer la operación mental, que consistía en leer en la sangre algo que no fuera el código genético, era el mito; es decir, para poner en curso el movimiento, era indispensable, a los ojos de Himmler, establecer, a través de un mito, un nexo entre el origen de lo teutón y el porvenir que deparaba el cumplimiento de un mandato:

La humanidad, como la expresión más elevada de la inteligencia y de la razón de la creación sobre la tierra en un determinado momento, se desarrolla a partir de siete eras, de la cuales cuatro han sido completadas; la quinta es la humanidad en su estado actual y la sexta y la séptima están aún por venir. Cada una de estas cuatro eras de desarrollo ya cumplidas, de acuerdo con las enseñanzas del ocultismo, fue el resultado de una enorme catástrofe terrenal [...] (Longerich, 2012, p. 284).4

Si se atiende a la relación que Himmler establece entre el mito y el movimiento, parece indiscutible el carácter instrumental que ocupa el mito en la ideología nazi, tal como él la concibe. Este lugar es más claro si se le ve a la luz de aquello que el autor italiano Roberto Esposito (1996, p. 95) llama ''el mito político''. El sentido de este término, aplicado al contexto al que se ha venido haciendo referencia, es que el mito para Himmler no fue solamente el mito como se suele conocerlo, es decir, no solamente fue el conjunto de relatos sobre prodigios heroicos que simbolizaban un origen remoto (Esposito, 1996, pp. 98–99). Estos relatos, más bien, fueron puestos al servicio de la unión social; en términos más precisos, al servicio de la constitución de una comunidad identitaria (Esposito, 1996, pp. 95–96; Lacoue–Labarthe y Nancy, 2002, p. 39). En la Alemania nazi, entonces, y por razones históricas, la unión social, más propiamente, la vida en comunidad, se concebía en términos de lazos identitarios y estos, como bien se sabe, en términos de la raza (Esposito, 1996, p. 109; Philippe Lacoue–Labartthe y Nancy, 2002, pp. 26–37). De la relación que establece Esposito entre los mitos y su carácter político es constitutivo el hecho de que el conjunto de relatos que da forma al mito tira hacia adelante a la comunidad de creyentes, la lanza hacia el porvenir (Esposito, 1996, p. 107). Esto muy probablemente explica la razón por la que, para Himmler, el mito resulta ser una suerte de dispositivo decodificador de la ley. Inscrita en la sangre y leída en código identitario, los soldados de la SS se verían conminados a cumplir esa ley, es decir, a actuar hacia adelante en el contexto del movimiento hacia la promesa: conquista de la tierra.

 

2. La mentira organizada y el movimiento

Dado el movimiento y dado que el principio de su acción está atado a una primera premisa, lo que sigue a ella es una forma de actuar que depende justa y solamente de esa premisa. Hacer depender la marcha del movimiento exclusivamente de la primera premisa, es decir, de la idea, confirma una vez más el carácter cerrado de las ideologías, confirma la tiranía de la lógica. En palabras de Hannah Arendt (2004):

Las ideologías suponen siempre que basta una idea para explicar todo en el desarrollo de la premisa y que ninguna experiencia puede enseñar nada, porque todo se halla comprendido en este proceso consistente de deducción lógica [...] Por eso, el pensamiento ideológico se torna emancipado de la realidad que percibimos con nuestros cinco sentidos e insiste en una realidad ''más verdadera'', oculta tras [de sí] todas las cosas perceptibles [...] (pp. 570–571).5

Quienes proclaman la verdad de una ideología contra el carácter pertinaz y contingente de la forma como son los hechos, están ocupados —dice Arendt— en dar cuenta del mundo no a partir de lo que ven con los ojos de sus cuerpos, sino a partir de lo que ven con los ojos de sus mentes (Arendt, 2006, p. 233). Lo anterior se relaciona estrechamente con aquello que Arendt (2006, p. 248) llamó ''la mentira organizada''. El adjetivo ''organizada'' se refiere a lo siguiente: aquello que las expresiones políticas ideológicas prefiguran en la mente de quienes se acogen a ellas tiende a traducirse en espectáculos de simplicidad ordenada; estos espectáculos responden poco más que a modelos rígidos atados decididamente a lo que un grupo de personas se sueña para el futuro de una comunidad. En el contexto de los mitos políticos, la simplicidad responde —según Lacoue–Labarthe y Nancy (2002, p. 39)— a una forma de proceder que ellos llaman ''por acumulación afirmativa''. La acumulación afirmativa no se origina en la argumentación, resulta de un ''amontonamiento borroso de evidencias y de certidumbres incansablemente repetidas'' (p. 39). Esta suerte de repetición turbia de contenidos cumple bien el propósito de cerrarle el paso a cualquier objeción, a cualquier argumento.

Con los medios adecuados, lo opuesto a la simplicidad de lo soñado y a su irrefutabilidad obliga a un programa de sustitución. Suele ser el caso que aquello que se opone a la simplicidad de lo soñado no es otra cosa que la realidad: su contingencia, su carácter impredecible. De ahí que un programa de sustitución consista en la fabricación, por mor del sueño, de una realidad que es simple y que se dispone para reemplazar a la que ya existe (Arendt, 2006, p. 249). La fabricación de realidades sustitutas, entonces, no solamente requiere que se niegue la realidad que ya hay. Para que la fabricación siga su curso, sus resultados son impuestos por los políticos sobre cualquiera con el propósito de que la fabricación misma sea creída. Esta imposición también tiene el propósito de que el proceso mismo que constituye al movimiento quede justificado. La imagen fabricada manipula, entonces, no solo a los hechos sino a las mentes de los otros. De allí que las realidades fabricadas y organizadas en torno a un sueño simple no pueden ser más que mentirosas, organizadamente mentirosas (Arendt, 2006, p. 249–259).

La inocencia de esta suerte de artificios es francamente discutible. Como se expuso, la imagen vista solo a través de los ojos de la mente fácilmente deja a su paso, en la forma de negarlo, cualquier hecho que intervenga en su perfección (Arendt, 2006, p. 247); esto no significa, de ninguna manera, que la mentira organizada sea subsidiaria de la violencia. Al contrario, lo que parece ser el caso es que la violencia es subsidiaria de la mentira organizada. Se ha intentado mostrar, a grandes rasgos, de qué modo se pone en funcionamiento la lógica de la idea —la ideología— que sigue a la premisa acerca de la imposición de la mejor de las razas sobre las demás. En esta premisa —la idea— está contenida una serie de imágenes del mundo que son organizadas en torno a una suerte de profecía. La profecía, por su parte, fue más explícita en Alemania en el curso del desarrollo de la idea, es decir, en lo que arriba se han llamado ''B'' y ''C'': ''la mejor de las razas sobre la tierra es la raza germana'', ''las razas inferiores deben ser exterminadas''. Esto implica que el asesinato en masa de millones de personas y el desplazamiento violento de otros tantos millones, para los nazis resultaron siendo nada más que una manera de probar la verdad de cada una de las premisas que constituyen la lógica de la idea. La siguiente es una de las formas como en 1937 Himmler expresó ante las altas jerarquías de la SS su manera de entender esa imagen en relación con la tiranía de la lógica.

Los nacionalsocialistas soñamos con que algún día conquistaremos el mundo. Estoy a favor de eso [...]. Sin embargo, estoy convencido de que tendremos que hacerlo por etapas. En este momento no contamos con la cantidad [de gente] para poblar siquiera otra provincia, una zona o un país la mitad de extenso que Alemania. Debería ser obvio que no podemos simplemente desplazar a una población y que, si tenemos que desplazar a una provincia que no sea germana étnicamente, esta tendrá que ser desocupada hasta la última abuela y hasta el último niño, sin compasión —espero que no haya duda sobre esto—. Espero que tampoco haya duda sobre el hecho de que necesitaremos, entonces, una población y una población de una alta calidad racial con el propósito de instalarla allí y de que se reproduzca allí. De esta manera podremos empezar a rodear a Alemania de cientos de millones de campesinos germanos. Esto nos permitirá situarnos una vez más en la ruta de la dominación mundial, la cual fue nuestra posición en el pasado, y [nos permitirá] realmente organizar la tierra de acuerdo con los principios arios básicos, de manera que ella quede en una situación mejor de la que está ahora. (Longerich, 2012, p. 385).6

No parece necesario extenderse en describir las escenas de lo que fue dejando a su paso el proceso —el movimiento— de la brutal imposición de esa imagen sobre la realidad; solo interesa destacar el hecho de que esa imagen prefigurada a partir del ''sueño de los nacional socialistas'' —conquistar el mundo— se proyecta claramente hacia el futuro —''algún un día''—, pero sobre la base de aquello que alguna vez fue: ''nuestra posición en el pasado''.

 

3. Los elementos del mito nazi

Para Himmler, la era cinco del desarrollo de la humanidad y de la cual él se creía uno de sus preceptores, estaba —como él mismo lo sostuvo— marcada por un conflicto entre una raza superior y las razas inferiores de la especie. La primacía de la raza germana sobre las demás exigía, para empezar, que quienes pertenecieran a ella estuvieran convencidos de su superioridad. El proceso de convencer a quienes no estuvieran del todo convencidos de su superioridad racial —es decir, el proceso de adoctrinamiento— le exigía a Himmler proveer a Alemania de una base ideológica no cristiana; esta base ideológica, en su caso, estaba constituida por un cuerpo de creencias que serviría a los nazis como una suerte de sustituto del cristianismo y que era, como él lo llamó, ''la religión del universo'' (Longerich, 2012, p. 280). La función más importante de la religión del universo sería la de sacarle de la cabeza a los soldados de la SS una de las ideas más arraigadas del cristianismo: la idea de que todos los seres humanos son iguales entre sí (Longerich, 2012, pp. 256, 261, 270, 285). Como comandante de la SS, Himmler hizo todo lo que estuvo a su alcance para llevar a cabo esta forma de sustitución: la de la religión cristina por la religión del universo. A continuación se mencionan algunos de los medios que dispuso él para emprenderlo.

Para empezar, era necesario recurrir al mito. A través de la narración del mito fundacional y ante los soldados de la SS, se reproducía una y otra vez la leyenda según la cual hace miles y miles de años hubo un encuentro entre los extraterrestres y los terrícolas que dio lugar al mejor de los tipos raciales. Por los años en los que se narraba esta historia se hacía referencia también a los rastros aún presentes de aquel encuentro. El más elocuente de ellos era, por supuesto, la sangre que corría por las venas de todos los miembros de la SS, de algunos otros habitantes de la Europa Central y de otros —pocos— de la Europa del Este; los demás, entre aquellos rastros, eran especies de monumentos, esculturas de los antecesores germanos y señales físicas de la ocurrencia de la catástrofe cósmica. De su convicción acerca de la existencia de estos rastros, siguió para Himmler la disposición de todo un aparato burocrático que programaría y emprendería la búsqueda en favor de la confirmación científica de la verdad del mito fundacional.

Los recursos que pondría Himmler a disposición con el propósito de constatar la verdad del mito eran administrados por un conjunto de instituciones científicas y burocráticas en torno a lo que se conoció como la Organización Ahnenerbe —Sociedad para la Investigación y Enseñanza sobre la Herencia Ancestral Alemana— (Longerich, 2012, pp. 269–271, 275, 278–279). La Ahnererbe, que aglutinaba veinticuatro institutos de investigación tuvo a su cargo, entre otros, dos importantes proyectos (Longerich, 2012, p. 176). El resultado de los trabajos de investigación en torno de uno de estos proyectos era confirmar, por lo menos en alguna medida, la idea acerca del origen de la especie humana a través de lo que se conoció como ''la teoría del hielo cósmico''. Según esta teoría, todo lo que ocurría en el universo estaba determinado por el antagonismo entre algunos de los cuerpos celestes: soles y planetas de hielo. La teoría, al tiempo que servía para explicar las catástrofes que afectaban a la tierra, era consistente con el mito fundacional. Como ya se señaló, la existencia de seres inteligentes en la tierra estaba precedida por una de esas catástrofes. Los académicos dispuestos a confirmar la teoría del hielo cósmico se planteaban preguntas como las siguientes: ¿conduce la presencia constante de la niebla en ciertos lugares a la mutación genética? ¿Cómo obtener pruebas de la existencia de los mamuts congelados y que perecieron en alguna de las catástrofes provocadas por el choque entre la tierra y una estrella? ¿Cómo obtener pruebas de la existencia de una civilización avanzada que hace miles de años pobló las montañas del Tíbet y que buscó en ellas refugio después de una de las catástrofes? ¿Acaso no habría sido aquella civilización el origen de las élites germanas? (Longerich, 2012, pp. 279–281).

El recurso al mito fundacional y con él a la idea de la pureza de la raza germana, obligaba a Himmler a convocar a sus soldados para la celebración periódica de una serie de ritos cuyo sentido era reforzado con una serie de símbolos. Dicho sentido se explicaba más precisamente a partir de los propósitos de adoctrinamiento y cohesión en torno a una idea: el núcleo germano de Alemania era la orden de un grupo de guerreros y astrónomos dispuestos para el sacrifico y cuya realización más ejemplar, hasta ahora conocida, había tenido lugar en el Medioevo (Longerich, 2012, pp. 256, 269–270). Se pensaba, por ejemplo, que a cambio de la celebración del nacimiento de Jesús debía celebrarse al final de cada año el solsticio de invierno, replicando en lo posible la forma como supuestamente era celebrado por los teutones del silgo XIII; de este modo se confirmaría entre los miembros de la SS la necesaria implicación entre el recuerdo de sus ancestros y el hecho de que ellos no deberían ser mónadas sueltos, expuestos al peligro de ser extintos (Longerich, 2012, p. 291). De modos análogos, y con el mismo propósito, se celebraban los bautismos, los matrimonios y otra serie de acontecimientos en los que Himmler servía como una suerte de sacerdote (Longerich, 2012, p. 288).

Cada uno de los ritos ceremoniales estaba acompañado por su respectivo símbolo. El candelabro, entregado por Himmler a los soldados por las fechas en las que se celebraba el solsticio de invierno, tenía dos propósitos: invocar a los ancestros y proveer de la fortaleza necesaria para soportar los conflictos venideros (Longerich, 2012, p. 286). La espada y el anillo teutones servirían para celebrar con las altas jerarquías de la SS la prolongada y tenaz entrega de los miembros más persistentes al servicio de la lógica de la idea (Longerich, 2012, p. 287). La imagen de dos runas con la forma de dos ''eses'' que aparecía en la mayoría de los objetos que hacían parte del arsenal de horror de los soldados de la SS —en las espadas, en las camisas de los uniformes militares, en los anillos— eran algunos de los símbolos que empleaban aquellos antepasados medievales para comunicarse por escrito y hacían parte, según Himmler, de ''la madre de las lenguas escritas'' (Longerich, 2012, p. 271).

El símbolo de las dos ''eses'', junto con los demás, tenía un claro objetivo: trazar un puente entre la lógica de la idea que le daba sentido al nacional socialismo y el milagro ancestral del origen y realización de la mejor de las razas. Refiriéndose a esos símbolos, en 1938, dice Himmler a sus soldados:

Creo que estos objetos [con valor] interno, y conectados al corazón con honor y con la mente llena de la visión más real y más profunda sobre el mundo, son verdaderamente y bajo el análisis más profundo, las cosas que nos dan fortaleza, fortaleza para hoy. Ellas nos darán fortaleza en cada conflicto y en cada hora del destino que confronte a Alemania y posiblemente a nosotros personalmente en los próximos treinta, cincuenta, cien años (Longerich, 2012, p. 286).7

 

Conclusión. El lugar del pasado en la ideología nazi

Algunas de las afirmaciones que hace Hannah Arendt en su libro Between Past and Future, hacen pensar que las características de la idolología nazi presuponen una concepción de la historia, en la que ésta sigue su curso en una sola dirección: el futuro. Una de las afirmaciones que sirven para soportar esta hipótesis es la siguiente: ''Para nosotros [...] la historia comienza y termina sobre la base de la asunción acerca de que el proceso [...] cuenta su propia historia y que, estrictamente hablando, no pueden ocurrir repeticiones'' (Arendt, 2006, pp. 67–68). Si, como afirma Arendt, las repeticiones en la historia no pueden ocurrir, entonces el proceso, y con él el movimiento de la historia, indica al parecer, su dirección hacia el futuro. El proceso, en esa medida, podría ser entendido como una serie de cambios que tiene lugar en la dirección que impone, si se quiere, una suerte de realización promisoria que lleva a la historia hacia adelante. Estas afirmaciones, junto con la cita de Arendt, llevan implícita la idea de que en la concepción moderna de la historia el término ''proceso'' constituye una categoría imprescindible a la hora de entender el sentido de los eventos históricos. La explicación que conduce a estas tres últimas afirmaciones remite, a su vez, a la relación que Arendt establece entre ''proceso'' y ''sentido''. En esta medida, cualquier evento particular adquiere sentido, por deducción, en virtud de la dirección hacia la que tiende el proceso. La ocurrencia de un evento así, constituye nada más que una prueba en favor de dicha dirección (Arendt, 2006, p. 87).

En la versión más exacerbada, es decir, en la versión totalitarista de la relación entre un ''evento'' y el ''proceso'', los eventos particulares no solamente son puestos a disposición del proceso —por deducción— para ofrecer una explicación de él —en sentido lógico—. En esta versión los eventos son puestos en funcionamiento con el propósito de que la idea que da forma al proceso sea confirmada y con ello justificada: ''Los sistemas totalitarios tienden a demostrar que la acción puede estar basada en cualquier hipótesis y que en el curso de una acción guiada consistentemente, la hipótesis particular será verdad, será real, realidad fáctica'' (Arendt 2006 87).8 La confirmación de una idea, y por lo tanto, la justificación de las acciones que conducen a esta confirmación, como es obvio, no puede tener lugar sino en el futuro. Como fue sugerido arriba, esta es la manera como el proceso, de la mano de la mentira organizada, va tomando la forma de un movimiento, conducido a su vez por la lógica de una idea cuya plena realización tendrá lugar en el futuro. El programa de sustitución nazi contiene en sí mismo todos los eventos que adquieren sentido en la medida en que impulsan al movimiento hacia adelante en el tiempo: hacia la confirmación de la idea, según la cual, la mejor de las razas ha de prevalecer sobre las demás.

Sin embargo, como se expuso, en el contexto de mito político nazi, el reino de la mejor de las razas se prefigura en la mente de quienes disponen sus acciones en favor del movimiento —en la mente de los adoctrinados— sobre la base de una suerte de retorno, sobre la base de una suerte de repetición. En palabras de Himmler: sobre la base de ''nuestra posición en el pasado'' (Longerich, 2012, p. 385). Quizás sea esto a lo que se refiere Esposito (pp. 95–96), cuando afirma que entre los nazis el conjunto de relatos sobre prodigios heroicos pasados —el mito— fue necesariamente puesto al servicio del proyecto identitario y al servicio del proyecto político de conquistar el mundo. No parece, tan claro, entonces, que la dirección del movimiento nazi dé cuenta estrictamente de un tipo de secuencia temporal definida, sobre todo, en términos del futuro. En este tipo de secuencia, según Arendt (2006): ''[L]a historia de la humanidad alcanza un pasado infinito al cual podemos voluntariamente sumar y sobre el cual podemos indagar en la medida en que él se extiende hacia adelante, hacia un futuro infinito'' (p. 68).

La dirección del movimiento nazi, por lo visto, no solo se relaciona con el pasado para sumar voluntariamente sobre él con el propósito de extenderlo hacia adelante. Así como empuja hacia adelante, para —si se quiere— confirmar la hipótesis, ella empuja también hacia el pasado; hacia un pasado, sin embargo, que no parece ser visto por el movimiento nazi solamente como un elemento en la formulación de la hipótesis. Este es visto también como un ideal en función del cual la historia marcha hacia adelante. De ese ideal, una vez más, es constitutiva la comprensión que de sí misma ha de hacerse la comunidad germana: una comunidad perteneciente a una raza superior que mira con nostalgia lo que alguna vez fue. En palabras de Himmler: que mira con nostalgia lo que fue ''su posición en el pasado'' (Longerich, 2012, p. 385).

Como se expuso, las referencias a algunos discursos de Himmler parecen mostrar que la dirección del movimiento nazi incluye una instancia de repetición, una instancia de retorno que, al parecer, da parte de su sentido al propio proceso del movimiento. La realización de lógica de la idea en este contexto no solo requiere que el movimiento siga la dirección de aquello que se prevé para el futuro: la conquista del mundo. Tanto la realización de la lógica de la idea como el movimiento que le confiere su verdad, requieren también de la recurrencia al mito del que son protagonistas los antepasados. Aquello que se pone a prueba en el presente, dada la mentira organizada, dados el mito, los ritos y los símbolos que mantienen vivo el pasado, no es otra cosa que la capacidad de volver con la mente —en el presente y en el futuro— a una edad mítica ancestral en la que, según quienes creen en ella, una comunidad de seres humanos encarnó el ideal promisorio.

Si la ideología nazi, puesta en marcha por el programa de sustitución de Himmler, puede ser vista teniendo en cuenta los elementos constitutivos del mito de los ancestros arios, quizás sea cierto, como dicen Lacoue–Labarthe y Nancy (pp. 25–26) que en su manera de entender la expresión nazi de lo ideológico Hannah Arendt no haya ofrecido una respuesta satisfactoria a la razón que explica por qué el racismo es la ideología del totalitarismo alemán.

Como se expuso en la introducción de este artículo, la explicación que ofrece Arendt de la relación entre el racismo y la idolología nazi prescinde del mito. Dado que el mito es, en el caso de esta ideología, un mito político, la serie de relatos que lo constituyen puede ser vista como el pasado al que se vuelve siempre con el propósito de actualizar la potencia del movimiento hacia el futuro; es decir, el pasado que provee a los nazis de un proyecto identitario es, a su vez, instrumentalmente puesto al servicio del futuro.

 

Notas

* Este artículo fue presentado en el Primer Coloquio Interno del Programa Licenciatura en Filosofía de la Universidad Pedagógica, Bogotá, D. C., el 23 de abril de 2013. Agradezco a María del Rosario Acosta, a Wilson Herrera, a Catalina González, a Ignacio Ávila y a los pares evaluadores anónimos, designados por Estudios Políticos por sus comentarios a los primeros borradores de este trabajo.

1 Comandante general de las SS y General Plenipotenciario de la administración del gobierno de Adolf Hitler en Alemania, entre 1933 y 1945; fue uno de los responsables más directos del Holocausto nazi.

2 Traducción de la autora.

3 Traducción de la autora.

4 Traducción de la autora.

5 Traducción de la autora.

6 Traducción de la autora y énfasis añadidos por la autora.

7 Traducción de la autora y énfasis añadidos por la autora.

8 Énfasis añadido por la autora.

 

Referencias bibliográficas

1. Arendt, Hannah. (2004). Los orígenes del totalitarismo. Madrid: Taurus.

2. Arendt, Hannah. (2006). Between Past and Future. London: Penguin Classics.

3. Esposito, Roberto. (1996). Mito. En: Confines de lo político. Nueve pensamientos sobre política, (pp. 95–113). Madrid: Trotta.

4. Lacoue–Labarthe, Jean–Luc y Nancy, Phillippe. (2002). El mito nazi. Barcelona: Anthopos.

5. Longerich, Peter. (2012). Heinrich Himmler: a Life. New York: Oxford University Press.



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