SECCIÓN GENERAL

 

Las relaciones internacionales de la guerra civil siria a partir de un enfoque regional: hegemonía y equilibrio en Medio Oriente*

 

The International Relations of Syrian Civil War from a Regional Approach: Hegemony and Balance in the Middle East

 

 

Rafat Ahmed Ghotme Ghotme (Colombia)1; Ingrid Viviana Garzón Garzón (Colombia)2; Paola Andrea Cifuentes Ortiz (Colombia)3

 

1 Profesional en Relaciones Internacionales. Magíster en Historia. Doctorando en Historia Política Comparada. Profesor e investigador del Programa de Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, UMNG. Investigador del Centro Colombiano de Estudios Árabes. Correo electrónico: rafat.ghotme@unimilitar.edu.co

2 Profesional en Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, e integrante del Semillero de Investigación, UMNG. Correo electrónico: ingridg24–81@outlook.com

3 Profesional en Relaciones Internacionales y Estudios Políticos, e integrante del Semillero de Investigación, UMNG. Correo electrónico: cifuentespaolaandrea10@gmail.com

 

Fecha de recepción: marzo de 2014

Fecha de aprobación: julio de 2014

 

Cómo citar este artículo: Ghotme, Rafat Ahmed; Garzón, Ingrid y Cifuentes, Paola. (2015). Las relaciones internacionales de la guerra civil siria a partir de un Enfoque regional: hegemonía y equilibrio en Medio Oriente. Estudios Políticos, 46, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 13–32.

 


RESUMEN

El propósito de este artículo es analizar la dimensión regional de la guerra civil siria a partir de los intereses de los principales Estados del Medio Oriente involucrados. A pesar de encontrar factores relacionados con la identidad o la ideología, tanto las acciones de los Estados tomados individualmente como los diferentes bloques establecidos actúan de acuerdo con la preservación o expansión del poder y sus intereses. Esta lógica se circunscribe en la teoría realista de relaciones internacionales y sirve como instrumento para abordar, a través del método del análisis de coyuntura, el comportamiento de los actores estatales y no estatales en la guerra civil siria como un intento por contener las amenazas a su seguridad en un entorno anárquico y un sistema regional competitivo e inestable, dejando a un lado las consideraciones morales. Mientras que algunos de ellos pueden estar buscando convertirse en líderes regionales, como Arabia Saudita o Turquía, otro grupo de actores, como Irán y Hezbollah, están empeñados en mantener un mínimo de equilibrio. La guerra Siria, en ese sentido, desempeña un rol clave para contener o expandir las aspiraciones de los Estados vecinos.

Palabras clave: Guerra Civil; Equilibrio del Poder; Hegemonía Regional; Conflicto de Intereses; Siria.


Abstract

The aim of this article is to analyze the regional dimension of the Syrian civil war, taking into consideration the interests of key Middle Eastern states involved. Despite finding factors related to identity or ideology, both individual states and the different blocks, act to preserve or expand their power and interests. This logic is consistent with the realist theory of international relations and serves as a tool to address, through the situational analysis method, the behavior of state and non–state actors in the Syrian civil war as an attempt to contain the threats to its security in an anarchic environment and a competitive and unstable regional system, leaving aside moral considerations. While some may be looking to become regional leaders such as Saudi Arabia or Turkey, another group of actors, such as Iran and Hezbollah are determined to maintain a minimum balance. He Syrian civil war is key in retaining or expanding the aspirations of neighboring States.

Keywords: Civil War; Regional Balance of Power; Hegemony; Interests; Syria.


 

 

Introducción

El conflicto civil que desde 2011 enfrenta al presidente Bashar al Assad y la oposición armada —la Coalición Nacional Siria y los grupos islamistas—, ha dejado más de 140 000 muertos, 6.5 millones de desplazados internos, por lo menos 2.8 millones de refugiados y dramáticas transformaciones políticas y demográficas por el control de diversas zonas estratégicas para los dos bandos (UNHCR, 2014). La guerra civil siria también ha tenido un alcance internacional —las diversas fases de intervencionismo norteamericano y ruso— y regional.

El propósito de este artículo es analizar el alcance regional de la guerra civil siria, cuyo énfasis está puesto en los intereses materiales e individuales de los Estados y actores no estatales —Hezbollah—1 involucrados en la guerra civil siria.

Las relaciones de poder existentes entre los actores estatales y no estatales del Medio Oriente2 en la guerra civil siria se han visto determinadas por intereses geoestratégicos y económicos. En cuanto a los primeros, Siria aparece como un Estado relevante para el sostenimiento de la alianza chiita entre Irán–Siria–Hezbollah, una alianza concebida por Turquía, Arabia Saudita y Qatar —eje tácito sunita—, como una fuente de amenaza a sus principales intereses: seguridad y las relaciones de poder —equilibrio o hegemonía— en la región; estos Estados, a su vez, han apoyado a los rebeldes sirios seculares —Ejército Libre Sirio— e islamistas —Frente Islámico— para avanzar en sus propósitos. Dentro de sus estrategias de poder, el factor económico desempeña un rol muy importante frente a la posesión y distribución de los recursos energéticos y las rutas para su transporte a lo largo de una franja que va desde Qatar o Arabia Saudita —por un lado—, e Irán o Irak —por el otro—, hacia el Mediterráneo, a través del territorio sirio.

Tanto la alianza chiita como los Estados sunitas que apoyan a los rebeldes sirios buscan sostener o derrocar respectivamente al régimen sirio.

Estas alianzas, a pesar de tener un carácter sectario —islámico— se deben analizar más allá de una similitud ideológica o una solidaridad religiosa. El comportamiento de los actores estatales y no estatales en la guerra civil siria se da en un marco realista:3 preservación de intereses, contención de las amenazas percibidas o reales a su seguridad y un intento por posicionar su poder e influencia en la región. Esto puede ser entendido en términos de la realpolitik, en que las acciones de los Estados, que se presumen son racionales, no obedecen a dictámenes morales y éticos. Por esto, dada la desconfianza, producto de la anarquía y de una historia conflictiva, entre los dos bloques y los intereses enfrentados, se establece un dilema de seguridad que ha sido contenido a través de medios militares. La inversión en armamento y su distribución a los grupos rebeldes opositores de al–Assad y el apoyo de Irán y Hezbollah, demuestran que mientras un Estado se arma para defenderse de la amenaza de otros Estados, estos se vuelven mas propensos a aumentar sus medios militares y armamentistas con el fin de proteger sus intereses de seguridad nacional (Cordesman, 2014; Waymanl y Dieh, 1994).

La cooperación verificada entre esos Estados ha sido establecida para que estos obtengan ganancias individuales; de hecho, lo único que los mantiene atados es el fin inmediato de sostener o derrocar al régimen sirio y, en el caso de los Estados árabes y Turquía, a pesar de su inclinación religiosa sunita hacia los rebeldes, cada uno de ellos apoya, arma o financia a distintos tipos de agrupaciones sin un sentido de lucha común (Dalacoura, 2013). Medio Oriente es una región en la que están en juego diversos intereses entre los distintos Estados que la conforman y que se han visto amenazados tras la escalada de violencia en Siria y la influencia de diferentes actores en el conflicto. Por esta razón, la cooperación y las alianzas entre estos dos bandos, ha sido un medio indispensable para preservar sus intereses y un mecanismo de defensa y seguridad nacional.

Este artículo, en síntesis, tiene como finalidad exponer la rivalidad y las relaciones de poder en el Medio Oriente a través de la guerra civil siria, mediando factores económicos, políticos, geoestratégicos y culturales. Esa pugna ha desembocado en la consolidación de un precario equilibrio en la región, debido a que las acciones unilaterales o las alianzas temporales que han forjado, obedecen a una concepción individualizada de sus intereses.

 

1. Contexto general de la guerra civil siria

Tras la ola de protestas desatada en el marco de la Primavera Árabe, se inicia en Siria una manifestación que rápidamente se transformó en un conflicto violento y sectario, tras la respuesta violenta del gobierno de Bashar al–Assad y la narrativa que criminalizaba a los protestantes por suscitar divisiones entre la población heterogénea de Siria.

Las causas de la guerra civil van desde una campaña sistemática de represión de décadas por parte del régimen, hasta factores religiosos, étnicos y económicos (Lund, 2013; Holliday, 2013). Al–Asad ha gobernado en representación de la burguesía chiita alawita —facción religiosa de la que los Assad son miembros—, además de algunos miembros de la burguesía sunita y cristiana de Damasco. Inicialmente, Bashar al–Assad supuso un cambio en la orientación del régimen represivo de las últimas décadas —liberalización política que inicialmente se materializó con la aceptación de movimientos como la Declaración de los 99 y la Declaración de Damasco de 2001—, que en teoría iba a poner fin al Estado de excepción vigente en Siria desde 1963 y crear un Estado de derecho que reconociera la libertad de reunión, de prensa y de expresión, y la plena participación política de la sociedad civil (Lund, 2013; Holliday, 2013).

A pesar de esto, las esperanzas pronto se desvanecieron. Bashar al– Assad profundizó el legado autoritario del régimen y ante la proliferación de foros políticos, desde 2001 se arrestaron y condenaron a diputados por ''debilitar el sentimiento nacional'' (Holliday, 2013). Estas medidas, junto a la falta de desarrollo en el sector agrícola con constantes sequías y el desempleo, desencadenaron en marzo de 2011, en el marco de la Primavera Árabe, un movimiento popular de protesta pacífica convocado en gran parte a través de redes sociales y denominado la ''Revolución Siria 2011 en Facebook''. Si bien los jóvenes e intelectuales que siempre se habían manifestado retomaron un rol preponderante en la protesta, gran parte de los protestantes provenían de las clases trabajadoras rurales suníes inconformes con el clientelismo y los evidentes beneficios que obtenía la familia al–Assad (Lund, 2013). A esos factores se sumaron el declive de la producción petrolera, una alta inflación y un malestar generalizado por parte de la mayoría sunita (Bitar, 2013).4 Todos estos factores confluyeron para que la crisis siria diera paso rápidamente a una guerra civil de carácter sectario.

 

2. Intereses de los bandos contrarios

El gobierno está representado por los elementos leales de las fuerzas militares del régimen y del partido Baath; aparte de ello, se encuentran Shabiha, un grupo paramilitar leal al presidente y financiado por la familia al–Assad, el Frente Nacional Progresista, una unión de diversos partidos políticos, un amplio sector de las minorías drusa y cristiana, y finalmente el Hezbollah libanés, Irán y Rusia. Sus intereses radican en mantener el statu quo del país, evitando una posible transformación social que perjudique sus posiciones adquiridas o una campaña sistemática de represión sectaria contra la minoría chiita y otras minorías aliadas del régimen. Por lo tanto, el gobierno está centrado básicamente en asegurar la supervivencia del régimen.

El bando de la oposición está conformado, por un lado, por la Coalición Nacional Siria, una compleja amalgama de opositores sunitas moderados o partidarios de instaurar una democracia pluralista o secular en Siria. Esta Coalición está conformada por los intelectuales disidentes, agrupaciones juveniles, la Hermandad Musulmana de Siria, el Consejo Nacional Sirio y los Comités de Coordinación Local, constituyéndose en el brazo político de la oposición, que opera en el exilio —Qatar— y reconocida como el representante legítimo del pueblo sirio por parte de Estados Unidos y sus aliados. El brazo armado está conformado por el Ejército Libre de Siria,5 que a su vez es liderado por el Consejo Supremo Militar, agrupado por rebeldes armados y desertores del Ejército, y hasta noviembre de 2013 por algunos grupos islamistas no afiliados a Al–Qaeda que luego se escindirían para crear el Frente Islámico, compuesto por 43 grupos rebeldes sirios, grupo apoyado por Arabia Saudita, junto a Emiratos Árabes y Kuwait, para generar un frente más unido y recibir la ayuda de manera menos dispersa, y el Consejo Nacional Kurdo. Aparte de este Frente, en Siria también operan grupos islamistas afiliados a Al–Qaeda, como el Frente al–Nusra y muchos combatientes extranjeros que llegan a unirse a la yihad (Lund, 2013, 2014; International Crisis Group, 2013, octubre 17), y el Estado Islámico, una vieja filial de Al–Qaeda escindida en febrero de 2014 (Barret, 2014). Los islamistas del Frente Islámico, al igual que los otros yihadistas, tienen como finalidad establecer un Estado islámico, los primeros con una agenda nacional y los últimos con una agenda global.

Este complejo mosaico no ha permitido consolidar una oposición unificada que permita avanzar contra el régimen, algo que se ha percibido en los Estados de la región que apoyan a uno u otro bando.

 

3. El rol de los Estados regionales

El conflicto también ha adquirido una dimensión regional, reflejada en diversos tipos de medidas intervencionistas de los países vecinos. Por un lado, los rebeldes seculares —la Coalición Nacional y el Ejército Libre Sirio— reciben asistencia no letal —medicina, alimentos, equipos de comunicación y vehículos— de Arabia Saudita, Qatar, Kuwait y Turquía desde 2012, en una operación coordinada con Estados Unidos (DeYoung y Sly, 2012, mayo 15; Gearan, 2014, enero 29).

El Ejército Libre Sirio logró controlar, a mediados de 2012, algunas aldeas del norte y occidente de Siria con el apoyo de Arabia Saudita y Qatar, a través de la entrega de armas y ayuda económica, donde Turquía provee una base logística en la frontera a organizaciones como los Hermanos Musulmanes. Mientras tanto, el gobierno sirio comenzó a recibir apoyo diplomático y venta de armas de Rusia, mientras Irán lo provee, además del apoyo diplomático con apoyo militar, con la presencia en el terreno de la Guardia Revolucionaria Iraní. Asimismo, la organización libanesa Hezbollah

—milicia chiita— ha apoyado al régimen sirio enviando a sus milicianos a combatir en el terreno al lado de las fuerzas leales al régimen, lo que de hecho ayudó al gobierno a recuperar localidades como al–Qusayr y Qalamun (Martini, York, y Young, 2013; International Crisis Group, 2014).

3.1 Arabia Saudita

En un primer momento confiaba en una intervención de la OTAN o de Estados Unidos en septiembre de 2013; al frustrarse la intervención extranjera, siguió acudiendo a mecanismos unilaterales de apoyo a la oposición siria a través de una cuantiosa ayuda financiera y logística.

Es importante decir que Arabia Saudita ha canalizado su ayuda a los grupos rebeldes del Frente Islámico, del que presume que es una organización afín a su ideología islamista conservadora y anti yihadista; si bien no ha dejado de prestar apoyo a los diezmados rebeldes seculares, Arabia Saudita ha asumido un rol protagónico dentro del bloque estratégico sunita posicionándose como el encargado de la canalización de apoyo a la oposición siria islamista (Gause, 2014).

Arabia Saudita ha buscado, en efecto, derrocar al régimen sirio ayudando con armas y entrenando a grupos islamistas no vinculados a Al–Qaeda, como el Frente Islámico, convertido en un actor relevante de la guerra civil (Black, 2013, noviembre 7; Lund, 2014); asimismo, el suministro de 2.8 billones de euros para capacitación del ejército del Líbano y compra de armamento (Ghattas, 2013, diciembre 29) son mecanismos tendientes a proteger sus intereses en la región, conteniendo la influencia del eje chiita o de la entrada en este país de los islamistas de Al–Qaeda.

3.2 Qatar

La guerra civil siria representa la oportunidad de lograr un reconocimiento global y una estrategia para consolidarse como un actor importante en la región. En este sentido, desde marzo de 2011, mantuvo conversaciones con el presidente sirio, con el fin de pedirle que democratizara el país. A fines de ese año y principios de 2012 la campaña de represión siria llevó al diminuto emirato a romper relaciones y desde entonces ha prestado apoyo material a los rebeldes sirios afiliados a la Hermandad Musulmana y a otros grupos —tanto islamistas como seculares de la Coalición— con alrededor de 3 billones de dólares en los dos últimos años (Khalaf y Fielding, 2013, mayo 17a). Este apoyo, en apariencia, ha llegado a grupos que tienen vínculos con Al–Qaeda, como la brigada Ahfad Al Rasoul (Khalaf y Fielding, 2013, mayo 17a; Khalaf y Fielding, 2013, mayo 17b). En esa misma línea, se encuentra el medio de comunicación Al–Jazeera, un instrumento que promueve sus ideales (Haykel, 2013, pp. 1–2).

Qatar, si bien apoya a algunos miembros del Frente Islámico, ha sido el eje de la Coalición Nacional Siria, simbolizado con el establecimiento de una embajada de la oposición en el país (Al–Jazeera, 2013, marzo 28).

3.3 Turquía

Ha sufrido las dramáticas consecuencias de la guerra civil siria al recibir más de 830 000 refugiados (UNHCR, 2014) y al ser un país que no está preparado económica, política o socialmente para recibir esta ola de refugiados. Se le suma la existencia de una frontera amenazada por el control de los grupos rebeldes de corte islamista y el constante paso de armas y municiones (Faiola y Mekhennet, 2014, agosto 12). La amenaza dentro de sus fronteras por parte de grupos islamistas radicales y del movimiento autonomista kurdo ha hecho que redefina su conducta frente a los refugiados y al conflicto. Un ejemplo ha sido la construcción de un muro de dos metros de alto en la frontera con Siria en Nusaybin, cerca de la ciudad siria de Qamishli, donde los kurdos, los rebeldes y las tribus árabes suelen entrar en conflicto (Haaretz, 2013, octubre 7). En Turquía radican múltiples culturas —kurdos, bosnios, albaneses, chechenos, azeríes, georgianos—, a las que ahora se agrega una gran afluencia de árabes que permiten que estos conflictos tengan cierto cariz sectario en las regiones periféricas, tal y como ocurre entre los kurdos y el Estado Islámico en la ciudad de Kobane. Turquía se enfrenta también a las demandas del público para lograr una política exterior significativa para asegurar la paz y la seguridad regional (Rajmil, 2012, p. 4).

Turquía, al buscar posicionarse como líder regional, ha mantenido una línea de distanciamiento con el régimen de Bashard al–Assad, antecedida a la vez por fases de rupturas y acercamientos en la década que antecedió a la crisis siria. Inicialmente, Turquía buscó acercarse al régimen sirio para proponer una salida negociada, pero la represión y la demanda de la población llevó paulatinamente al gobierno turco a iniciar una política de sanciones, embargo de armas a Siria y la restricción de sus contratos económicos conjuntos. Turquía, en realidad, se ha convertido en una de las bases logísticas de apoyo para los rebeldes de la Coalición Nacional, una frontera por donde los rebeldes —islamistas moderados, seculares y recientemente a los kurdos para combatir al Estado Islámico— transportan armas y contrabando provenientes de diversas partes del mundo.

3.4 Irán

Desde un inicio, se ha opuesto enérgicamente a un eventual ataque militar contra Siria u otras medidas injerencistas. Aparte de su apoyo político, ha sido de más valor su involucramiento en la guerra civil siria a través de ayuda militar y económica; en ese sentido, ha suministrado ayuda en inteligencia, comunicaciones y asesoría en seguridad para el control de multitudes y manipulación de armas, además del envío de municiones (Sibai, 2013; Goodarzi, 2013).

La Guardia Revolucionaria de Irán, aunque no es seguro que esté participando en los combates, es la encargada de prestar apoyo logístico, entrenamiento y se ha constituido en un canalizador en la entrega de armamento, así como en la coordinación de actividades con el Hezbollah libanés (Dehghan, 2012).

3.5 El Líbano

Tras la guerra civil y la firma del Acuerdo de Taef que le da fin a inicios de la década de 1990, quedó bajo la protección de Siria. Por su debilidad institucional y el delicado equilibrio sectario, garantizado en buena medida por la disposición de Hezbollah a aceptar el orden pos Taef, especialmente tras las crisis de 2009–2011 en el Líbano, la guerra civil siria tendría un efecto directo en la seguridad del país.

A corto plazo, la guerra civil siria representa cierta inestabilidad para El Líbano en el sentido de que no puede sobrellevar la carga que significa una frontera que permite el tránsito de rebeldes, armas y los casi millón y medio de refugiados que ha tenido que albergar. Hezbollah, por otra parte, ha llegado a desdibujar la posición oficial de El Líbano —de neutralidad—, apoyando materialmente al régimen de al–Assad y enviando unos tres mil militantes a combatir en el terreno sirio, lo que de hecho ayudó al gobierno a recuperar localidades como al–Qusayr, Qalamun y parte de Alepo. Hezbollah, uno de los más influyentes partidos políticos de El Líbano, cuenta con redes y partidarios en la frontera común sirio–libanesa, constituyéndose en una zona estratégica para el paso de milicianos y armamento. Este hecho ha provocado que la guerra civil siria se traslade a El Líbano, donde facciones sunitas y chiitas se han enfrentado en diversas ocasiones o llevado a que algunos grupos ejecuten atentados con un claro tinte sectario (Barnes–Dacey, 2013; Barnard y Schmitt, 2014, enero 2, s. p.).

 

4. Intereses y equilibrio de los bloques regionales en la guerra civil siria

¿Hasta qué punto priman los intereses estratégicos de los actores sobre los fundamentos religiosos? Tanto los Estados sunitas como chiitas buscan perpetuar una política de hegemonía —eje sunita— o de equilibrio —eje chiita—, en que los postulados ideológicos o sectarios, si bien han tenido cierta relevancia, han sido secundarios o instrumentalizados por los actores del drama geopolítico; sin embargo, estos bloques solo tienen en común el derrocamiento o sostenimiento del régimen sirio, por lo que terminan primando sus intereses individuales.

4.1 Eje sunita: intereses en pugna

Este eje solo tiene en común dos cosas: por un lado, la afinidad y el sentido de hermandad–solidaridad con la población sunita de Siria, y por el otro, la unión eventual de fuerzas para debilitar la amenaza que representa Irán y su fuerza conjunta chiita con Irak y Siria, sumado al rechazo del proyecto económico —gasoducto con Irán e Iraq— del eje chiita. Sin embargo, la alianza tácita de Arabia Saudita, Qatar y Turquía choca con los intereses de cada uno de ellos.

Arabia Saudita —el eje sunita comienza a ser liderado por este país a partir de noviembre de 2013, cuando se convierte en el principal sostenedor del Frente Islámico— ha impulsado su política a través de la creación del Frente Islámico Sirio y diplomáticamente a través de la Liga Árabe, empleándola como un instrumento de poder con el fin de crear una coalición sólida que permitiría una eventual intervención internacional a favor de sus intereses nacionales. Sin embargo, el acuerdo en Ginebra entre Estados Unidos y Rusia para desmantelar el armamento nuclear existente en Siria, logrado en septiembre de 2013, frustró las iniciativas saudíes (Lund, 2014). Este acuerdo condujo a Arabia Saudita a intervenir con medidas unilaterales más radicales, como el reforzamiento de la ayuda a los rebeldes del Frente Islámico, conllevando a una mayor polarización política (Sayigh, 2013, noviembre 5). Con esas medidas, la guerra civil debía presentarse a la estrategia saudí como una oportunidad de generar una guerra de desgaste para el régimen y sus aliados; de este modo, Arabia Saudita busca aumentar su influencia y contener la de Irán en la región, en tanto que percibe como una amenaza —sectaria— el apoyo a la población chiita del reino por parte del gobierno iraní.

Arabia Saudita, como líder regional, busca además el control de los recursos energéticos de la región. De hecho, intenta deshacer o bloquear el plan del oleoducto Irán–Irak–Siria aprobado por el presidente al–Assad en 2009, y que va en detrimento de los intereses saudíes (Ahmed, 2013, agosto 30). Esta doble política anti iraní se basa en dos nociones: primero, la necesidad de propagar el Islam sunita–salafista —puritano—; el segundo se funda en un sentido de inseguridad regional o fronteriza. Este último aspecto se enfoca en la percepción de amenaza que le generaba tanto en el Irak de Saddam Hussein durante y después de la invasión de Kuwait, como posteriormente, en que la amenaza iraquí se cifra en la posibilidad de que se expanda el eje chiita con un gobierno en Bagdad dominado por esta mayoría religiosa (Cordesman, 2014, marzo 17). Esta política se ha manifestado a través de dos organizaciones regionales: el Consejo de Cooperación del Golfo y la Liga Árabe. Así, la política saudí busca mantener seguro el flujo y el precio del petróleo, evitando transiciones abruptas o violentas, promoviendo su riqueza, disminuyendo el riesgo de inversión extranjera a largo plazo y, sobre todo, conciliar su política petrolera con los intereses de Estados Unidos.

Arabia Saudita también teme que se propague una versión islamista revolucionaria global, como la que representa Al–Qaeda o su vieja filial escindida del Estado Islámico establecido en junio de 2014 en territorio sirio e iraquí, apoyando la creación del Frente Islámico para enfrentar a esta organización y uniéndose a la actual coalición liderada por Estados Unidos, junto a países del golfo Pérsico, como Emiratos Árabes. Por otra parte, Arabia Saudita ha sido un país religiosamente conservador pero contrarrevolucionario cuando se trata de oponerse a tendencias liberales como las de Hermandad Musulmana (Gause, 2014; Barret, 2014).

Mientras Arabia Saudita busca posicionarse como una potencia regional a través de la oposición al régimen sirio con un discurso panislamista, la defensa de los valores y la vida de los musulmanes sunitas, Qatar también pretende posicionarse como un Estado con cierta capacidad de liderazgo regional o como un futura ''potencia diplomática'' en el golfo (Ottaway, 2013, julio 2). Qatar cuenta para ello con una importante presencia en el sector financiero mundial gracias a su riqueza energética y una activa participación en diversos ámbitos mundiales, desde los deportes hasta la investigación científica y la cooperación internacional, contando con el apoyo de Estados Unidos (Woertz, 2012, pp. 2–4). En ese sentido, el apoyo de Qatar a la Hermandad Musulmana, además de sus intereses económicos, expansión de su comercio gasífero, como se verá más adelante, chocan con los intereses de dominación saudíes.

La vocación humanista de Qatar —como la de Arabia Saudita y otras monarquías árabes— no se debe precisamente a una benevolente intención liberal o democratizadora de Siria, sino a su interés en cambiar la visión geopolítica del Medio Oriente reestructurando las alianzas existentes a su favor. Uno de los intereses que rodea esta actitud es la construcción de un gasoducto desde el golfo Pérsico hasta Europa central, a través del territorio sirio. Este gasoducto, que tiene la aprobación de Estados Unidos, cuenta con dos posibles rutas: una que transportaría gas desde Qatar hasta Europa a través de Turquía, Arabia Saudita, Jordania, Siria e Israel, y otra que pasaría desde Qatar, Arabia Saudita, Kuwait e Irak a Turquía. Debido a que Siria y Arabia Saudita se negaron a la primera y segunda alternativa respectivamente, la guerra civil siria se presentó para Qatar como una oportunidad para influenciar el resultado y de ese modo contar con un nuevo gobierno sirio proclive a sus intereses (Hassan, 2013).

Esta apuesta estratégica puede representar pérdidas para Turquía debido a que se elimina su carácter primordial como lazo para Estados Unidos en la región y como uno de los mayores transportadores de gas. Aparte de Israel, Turquía es el único país de la región que ha llevado a cabo acciones bélicas argumentando que debe proteger a su población y la estabilidad de la región (Yilmaz, 2013). En este punto, Turquía ya abandonó su política de ''cero problemas'' con los vecinos árabes.

Turquía es una potencia media en ascenso. Su expansión económica se ha reflejado con un crecimiento anual de 6% (Battaleme y Brumat, 2013, p. 34; Aymerich, 2013); además, ha mediado en diversos escenarios conflictivos —entre Estados Unidos y los talibanes, Israel y Siria, Hamás y Al Fatah, en el Líbano, Irak o en los Balcanes— (Labrado, 2013, p. 6). También es el país de la región más cercano a Occidente, y se encuentra en una posición geoestratégica al ser un puente entre Europa y Asia, y por estar rodeada de mares que posibilitan el comercio y la conexión (Perazzo, 2012).

Si bien se puede relacionar a Turquía con el eje sunita y que su discurso puede contener un atisbo de sinceridad democratizadora más elocuente que la de sus aliados árabes, su posición está basada en intereses relacionados con la seguridad de su territorio, tanto por los problemas limítrofes con Siria, como la reivindicación de los kurdos, usando las provincias del norte de Siria y la neutralización de la expansión iraní, con el fin de consolidarse como un líder regional (Ersoy, 2012, diciembre 27). En cuanto a la preocupación de Turquía con el establecimiento de un Estado kurdo cerca de su territorio, como ocurre actualmente con las crisis en la frontera —en la localidad de Kobane—, Turquía se ha mostrado reacia a apoyar a las milicias kurdas que combaten contra el Estado Islámico; en este punto, Turquía se encuentra en una disyuntiva entre el apoyo a los islamistas moderados de la Hermandad Musulmana o del Frente Islámico, o a los kurdos que combaten a los milicianos del Estado Islámico, este último bajo la presión internacional y de los bombardeos a los que han estado sometidos por parte de Estados Unidos y sus aliados.

4.2 Eje chiita

Es cierto que la alianza formada por Irán, Siria y Hezbollah se encuentra delineada por factores religiosos, pero los relacionados con la realpolitik son más importantes. Por ejemplo, Hamás —el grupo palestino suní— hacía parte de esta alianza hasta 2012, cuando se retiró de Siria tras haber denunciado la represión del régimen a la población; esto demuestra que el eje chiita, al contar en sus filas con un grupo sunita, estaba más preocupado por consideraciones estratégicas.

Irán también lleva a cabo sus acciones por motivaciones geopolíticas y estratégicas. Desde la década de 1970, Irán y Siria comparten intereses en la medida en que cuentan con una misma creencia religiosa chiita, apoyo a la lucha de liberación palestina y un rechazo a los lineamientos del ''orden'' impuestos por Estados Unidos en el Medio Oriente. Esto se ha manifestado a través de la ayuda suministrada a grupos como Hamás en Palestina y Hezbollah en el Líbano. Sin embargo, la alianza Siria–Irán sobrevive en parte porque ha sido principalmente de naturaleza defensiva, focalizada en contrarrestar las capacidades iraquíes —hasta 2003— e israelíes, y contener la dominación de Estados Unidos en Oriente Medio. Como afirma Paulina Marcaida y Nahir Isaac (2012, p. 4), las alianzas defensivas que tienen objetivos fijos y limitados, a menudo son las más duraderas. Algo que hace más difícil concebir en términos morales–religiosos la alianza Siria–Irán, es el hecho de que la minoría chiita que gobierna en Siria es secular, mientras que en Irán es de naturaleza teocrática.

Irán cuenta con una posición de poder relativamente importante en Medio Oriente. Si bien Irán buscaba desde la revolución de 1979 constituirse en una hegemonía regional, a partir de la última década, cuando comenzó a sufrir las sanciones impuestas por Estados Unidos por el programa nuclear, se ha dedicado más a mantener una posición defensiva.6 En la medida en que Siria es un corredor para el paso de armas de Irán a Hezbollah en el Líbano, la caída de uno u otro representaría la pérdida de un aliado crucial para contener a Israel y a los Estados sunitas, y de ese modo ocasionar un rompimiento del precario equilibrio del poder o para incrementar la preponderancia israelí en la región (Sibai, 2013; Goodarzi, 2013). La pérdida de estos aliados significaría menos poder —influencia—.

Además de esto, también existe un fuerte entramado de intereses económicos ante el acuerdo firmado por Irak, Irán y Siria para la construcción del mayor gasoducto en Medio Oriente, que transportaría gas natural desde el sur de Irán hasta Europa, a través de un conducto de 6000 kilómetros que cruzaría Irán, Irak, Siria y el Líbano, y que llegaría a territorio europeo bajo el mar Mediterráneo. Esto traería varias consecuencias, entre las más notables para el equilibrio de poder de la región, el posicionamiento que traería para Irán al apuntalarse como un actor regional importante, así como el ataque directo a los intereses de Qatar, Arabia Saudita, Jordania y Turquía, que planean construir un gasoducto que está encaminado de igual forma a cubrir el mercado europeo (Ahmed, 2013, agosto 30; Bergareche, 2013, septiembre 15).

Dentro de este tablero, El Líbano es el actor más frágil del drama geopolítico. En realidad, el actor más relevante es Hezbollah, para el que Siria —e Irán— es un punto importante de tránsito de armas, principalmente para contener la política israelí. El Estado libanés está enfrascado en la disyuntiva de contener los efectos de la guerra civil siria, migraciones, estallido de la guerra civil, neutralidad (Barnes–Dacey, 2013), y la contención de Hezbollah como un actor político relevante, necesario para estabilizar la política local. Si bien para El Líbano —esto es, los actores seculares y sunitas encabezados por Hariri— el debilitamiento y posterior derrocamiento del régimen sirio podría mejorar la posición libanesa, los costos de la guerra civil siria sobrepasan sus expectativas.

 

Conclusión

En Medio Oriente se puede observar una serie de alianzas e intereses contrapuestos entre distintos Estados en torno a la guerra civil siria. Aunque las ideologías o el sectarismo desempeñan un rol en la formulación de las políticas, los intereses económicos, estratégicos y políticos se sobreponen a aquellos.

Una de las principales conclusiones de esta investigación es que los proyectos hegemónicos de los actores sunitas y chiitas han reflejado resistencias verificadas entre ellos internamente —el sunita— y entre ambos bloques de poder. Los Estados de la región involucrados en la guerra civil siria, a pesar de la construcción de alianzas tácitas o reales que han verificado, estos bloques de poder reflejan más bien la perpetuación de intereses individuales; para ser más precisos, la alianza tácita entre los Estados sunitas se ha dado básicamente porque tienen un enemigo común —el régimen sirio—, mientras que el eje chiita lo hace pensando en consideraciones de supervivencia.

De esto se desprende una segunda conclusión: el frágil equilibrio, más bien, la resistencia contra la hegemonía militar israelí, existente tras la revolución iraní de 1979 está en un punto de fricción. Aunque Irán tiene pretensiones hegemónicas en la región, se ha enfocado, sin embargo, en la política del equilibrio; incluso esto se ha verificado en el preacuerdo con Estados Unidos de noviembre de 2013 sobre su programa nuclear y que actualmente se encuentra en la segunda etapa de negociaciones. Irán busca salvaguardar su posición estratégica, el programa nuclear; de hecho, le confiere capacidad de disuasión o superioridad frente a sus principales rivales en Medio Oriente, que junto al respaldo incondicional a Siria, le ha dado cierta preeminencia como un actor regional decisivo.

Arabia Saudita, Turquía y Qatar buscan posicionarse como líderes regionales para controlar o influenciar espacios que le permitan perpetuar sus intereses, pero la guerra civil siria se ha convertido en escenario de rivalidades intrasunitas.

Al querer controlar zonas de influencia en Medio Oriente, los Estados sunitas, a pesar de permanecer como aliados importantes de Estados Unidos, buscan ampliar su influencia a través de sus vecinos y mayor autonomía frente a sus aliados occidentales, mediante la realización de alianzas estratégicas o acciones unilaterales en la región en materia económica y de cooperación. El resultado de las acciones de los Estados involucrados en la guerra civil siria, ante la incapacidad para avanzar en una solución unificada, se ha reflejado en el estancamiento de la guerra civil, y este resultado, a su vez, en el mantenimiento del precario equilibrio del poder regional.

Las grandes reservas de recursos energéticos y la necesidad de mantener el libre flujo, son a la vez fuente de poder y de rivalidades. La posición geoestratégica de Siria, ya que tiene fronteras con Turquía, El Líbano, Israel, Irán, Irak y Jordania, la convierte en la ruta idónea para el tránsito de infraestructuras energéticas. Esto ha generado rivalidades geoeconómicas y políticas que han llevado a los actores de la región a materializar sus acciones a través de ayuda material y diplomática a los bandos enfrentados en Siria. Por lo tanto, las acciones y posiciones asumidas por cada uno de esos gobiernos reflejan las capacidades como las intenciones de convertirse en actores relevantes en el cambiante y turbulento Medio Oriente.

 

Notas

* Este artículo es producto del proyecto de investigación Las relaciones internacionales de la guerra civil siria: hegemonía y contrahegemonía en la política mundial, llevado a cabo en 2014 bajo el auspicio del Centro de Investigaciones de la Facultad de Relaciones Internacionales, Universidad Militar Nueva Granada (UMNG), Bogotá, D. C.

1 Cabe anotar que en la región también se encuentran otros actores no estatales como Jabhat Al–Nusra, el Estado Islámico, entre otros. En este artículo solo se tomará en consideración a Hezbollah.

2 El término Medio Oriente se circunscribe a los Estados árabes de Asia occidental y norte de África, y los países no árabes como Israel, Irán y Turquía. A pesar de que existen varias discusiones sobre esta definición, hay factores comunes que permiten identificar la región. Respecto a lo político, se sostiene el autoritarismo; en lo económico, se caracterizan por ser economías rentistas; y en lo cultural, predomina el Islam. Sin embargo, estas características comunes no determinan su comportamiento individual ni que la región se comporte de una manera uniforme y estática (Fawcett, 2013).

3 La teoría realista de relaciones internacionales servirá como instrumento para abordar la dimensión internacional de la guerra civil en Siria a través del método de análisis de coyuntura, recurriendo a fuentes de prensa y trabajos académicos que han analizado este fenómeno recientemente.

4 Siria está dividida entre árabes —que suponen 90% de la población— y kurdos, armenios y otras minorías, que representan el resto de la población. En cuanto a los grupos religiosos, los sunitas suponen 74%, los cristianos 10%, los alawitas 11,13%, que junto con los drusos suman 16% (Hasheni, 2013). Esta es la base de la dimensión sectaria del conflicto.

5 El Ejército Libre Sirio actualmente ha sufrido cambios exponenciales en su estructura, muchos militantes se han refugiado en Turquía, y se han anexionado a la milicia sirio–kurda en contra de un enemigo común, ''el Estado Islámico'' y otros se han desmovilizado (Lund, 2014; International Crisis Group, 2014).

6 Prueba de esto lo constituyen los acercamientos realizados entre septiembre y noviembre de 2013 por parte del presidente de Irán, Hasan Rohaní, con el presidente Barack Obama y el histórico preacuerdo nuclear conseguido.

 

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