SECCIÓN GENERAL

 

Pensamiento heterodoxo para contextos en crisis. Recepción de la teoría política de Gramsci en Argentina en la década de 1970*

 

A Heterodox Thought for Contexts in Crisis. The Reception of Gramsci's Political Theory in Argentina in the 1970s

 

 

Nathaly Rodríguez Sánchez1

 

1 Politóloga. Doctoranda en Historia. Investigadora del grupo en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá. Correo electrónico: natalyrs21@gmail.com

 

Fecha de recepción: febrero de 2014

Fecha de aprobación: mayo de 2014

 

Cómo citar este artículo: Rodríguez Sánchez, Nathaly. (2014). Pensamiento heterodoxo para contextos en crisis. Recepción de la teoría política de Gramsci en Argentina en la década de 1970. Estudios Políticos, 45, Instituto de Estudios Políticos, Universidad de Antioquia, pp. 95–114.

 


RESUMEN

La filosofía política de Gramsci fue percibida como una amenaza ideológica por los gobiernos autoritarios del Cono Sur y por los más ortodoxos comunistas, pero también fue una guía de reflexión y renovación ideológica del pensamiento crítico en Argentina en la década de 1970. Los intelectuales receptores siguieron la teoría gramsciana no como un constructo que dilucidaba la realidad de la región, sino como un método para poder volver a ella sin forzarla por las necesidades dogmáticas. Este artículo sigue la trayectoria del pensamiento de Gramsci en América Latina en dos momentos: la recepción y debate propiamente académicos de sus postulados teóricos en Argentina, y la posible influencia de estos postulados en la práctica política en la región, por medio de un breve recorrido entre varios niveles de impacto. Niveles que cubren desde la motivación a la movilización en el contexto inmediato del grupo argentino de Pasado y Presente, hasta una más difusa influencia en las apuestas literarias de los escritores latinoamericanos de esa década.

Palabras clave: Gramsci, Antonio; Filosofía Política; Teoría Política; Intelectuales Latinoamericanos; Argentina.


Abstract

Gramsci's Political Theory was seen like an ideological threat by both authoritarian governments in the Southern Cone and the orthodox communists, but it was also a guide for ideological renewal in critical thought in Argentina during the 70s. Intellectuals found in Gramsci's theory a method to rethink the political reality of the region without the pressure to answer dogmatic questions. The article follows Gramsci's thought in two moments: First, it focuses in the academic reception and discussion about his theoretical postulates in Argentina. Second, it highlights the possible influence of his theoretical postulates on the political practices in the region. Such interpretation is developed by exploring the reception of Gramsci's call for mobilization in the context of the Argentinian group Pasado y Presente, and finally by assessing the more diffuse influence of his ideas on Latin American writers during that decade.

Keywords: Gramsci, Antonio; Political Philosophy; Political Theory; Latin American Intellectuals; Argentina.


 

 

Vivíamos bajo el signo político de Gramsci y bajo la influencia por ese entonces arrebatadora de Rayuela. Queríamos cambiar el mundo y al hombre, como los surrealistas, como el viejo y querido Bataille, y dedicábamos nuestras horas y días para lograrlo. Es claro que fue un sueño, un sueño casi totalmente loco [Oscar del Barco, 1991] (Burgos, 2004, p. 154).

 

Introducción

En los juicios realizados en Córdoba en 2010, en contra de los militares argentinos implicados en crímenes de lesa humanidad cometidos durante la dictadura implementada por el golpe de marzo de 1976, el ex general Videla hizo una lectura de la situación de conflicto bélico interno en la que se encontraba la Argentina en la década de 1970. Lo calificó como un conflicto de carácter revolucionario, de profunda raíz ideológica y afirmó tajantemente: ''Gramsci puede estar satisfecho de sus alumnos''. Por su parte, el ex general Benjamín Menéndez complementó esa visión diciendo que, en aquellos tiempos dictatoriales, habían confrontado a una peligrosa subversión marxista que con la influencia del pensamiento de Gramsci desestabilizaba a la nación y al orden social. Para Menéndez, esa subversión actuaba teniendo como principio que ''la inteligencia [revolucionaria, se entiende] tenía que apoderarse de la educación, de la cultura, de los medios de comunicación''. La percepción de estos ex militares de la relación entre intelectuales y revolución motiva a analizar las causas de la persecución política en contra de académicos y literatos clasificados como subversivos apátridas por la dictadura argentina (Yankelevich, 2007, p. 224; Corbatta, 1999). Pero aún más, esa percepción hace preguntarse ¿por qué estos hombres identificaron tan puntualmente a Antonio Gramsci como el ominoso teórico que alentaba las apuestas revolucionarias latinoamericanas de 1970?

En efecto, los textos de Gramsci habían sido publicados en América Latina desde mediados de la década de 1950, mucho antes que en los países europeos que, con militancias comunistas ortodoxas, acusaban al teórico de impertinente heterodoxia y que solamente empezarían a publicarlo ampliamente en la década de 1960. Su influencia en la región, de manera consecuente con sus planteamientos, rebasó rápidamente las murallas de la discusión académica. La lectura de la teoría gramsciana implicó una renovación en el marxismo latinoamericano al proponer una nueva militancia que desde la filosofía de la praxis buscaba la transformación social guiada por el conocimiento de las condiciones sociales específicas y del reconocimiento de las identidades populares y de la historia de la región. Su apuesta teórica se alejaba del seguimiento del marxismo como una dogmática que arrinconaba a la militancia hasta llevarla a la pasividad política. Una dogmática que provenía de una lectura mecanicista de la historia que esperaba el inevitable declive económico del capitalismo como único momento luminoso para hacer ''La'' revolución.

El llamado a la práctica, y a esa ''reconciliación'' y valoración por parte del pensamiento crítico de lo popular, modificó el rostro político y cultural latinoamericano. Se engendraron así luchas y saberes que ya no respondían a la abstracta conciencia de clase, sino a la conciencia de lo latinoamericano —retomado desde abajo— como sujeto dignificado. Teniendo en cuenta este impacto, se propone aquí un acercamiento al modelo de interpretación de la realidad latinoamericana que se empezó a formular en la segunda mitad de la década de 1950 a partir de la recepción de la teoría política marxista de Gramsci en Argentina y en el contexto de renovación de la práctica política de importantes sectores de izquierda de la región.

 

1. La llegada de un teórico heterodoxo en tiempos de reconfiguración de la lucha social

1.1 El contexto de la recepción en Argentina

Eric Hobsbawm advirtió tempranamente la influencia de Gramsci en el cambio de los principios epistemológicos de las ciencias humanas en la segunda mitad del siglo XX. Esas ciencias empezaban a reconocer, a partir de la llamada historia desde abajo, la capacidad de agencia consciente de los sectores populares. Agencia que se revelaba en una producción cultural autónoma y, a partir de ella, en formas específicas de lo político que no necesariamente correspondían con la configuración de lo público–político construida por los sectores dominantes. Afirmaba Hobsbawm (1963):

[...] la historia y el estudio del mundo de las clases subalternas se han convertido en uno de los sectores de la historiografía en más rápido crecimiento y expansión. [...] Hoy sería muy difícil, sino imposible, discutir problemas de cultura popular sin aproximarnos mayormente a Gramsci, o sin hacer uso más explícito de sus ideas, tal como, según Burke, lo han hecho E. P. Thompson y Raymond Williams (p. 160).

Como parte de esa lectura de época y del compromiso con la renovación analítica desde la izquierda, el pensamiento de Gramsci fue motivo central de debate y producción académica también en América Latina. Tomando distancia de la lectura dogmática que se había hecho de Vladimir Lenin y del mismo Karl Marx, aparecieron inicialmente las reflexiones de Norbert Lechner en Chile, así como los trabajos de Carlos Nelson Coutinho y Marco Aurélio Nogueira en Brasil, y las del grupo de Pasado y Presente en Argentina. Pero para no caer en una interpretación facilista sobre la asimilación del pensamiento de Gramsci, se debe tener en cuenta que en la región las décadas de 1960 y 1970 fueron de gran densidad histórica marcadas por la Revolución Cubana y por la instalación de las dictaduras en el Cono Sur. Los intelectuales latinoamericanos receptores fueron hijos de un momento de intenso interés por la política, así como participantes de un sentimiento de época que veía en la revolución una posibilidad inminente en la región. El pensamiento de Gramsci permitía pensar las estrategias posibles y daba aliento a la acción de la izquierda en un momento de cambio y crisis. Por lo tanto, se insertaba adecuadamente en las necesidades de la intelectualidad latinoamericana ávida de nuevas luces para vislumbrar la situación en movimiento.

El grupo de Pasado y Presente, en el que se concentra este artículo, se convirtió en el foco más vigoroso de la discusión y expansión del pensamiento gramsciano en la región. Esta importancia fue en principio consecuencia del número y calidad de intelectuales comprometidos en el grupo, entre los que se cuentan a José María Aricó, Oscar del Barco, Héctor Schmucler, Samuel Kicszkovsky y posteriormente Juan Carlos Portantiero. Pero, sin duda, su preponderancia también se debió a la importante producción editorial que ellos ayudaron a solventar gracias a la traducción al español de textos fundamentales del pensamiento socialista heterodoxo y al análisis de los mismos a partir de contextos latinoamericanos. Cabe señalar que la recepción del pensamiento de Gramsci en este grupo, no se debió a un pacífico canal de transmisión de la teoría marxista. Por el contrario, esta recepción fue producto de una búsqueda de respuestas en medio de un conflictivo contexto nacional y regional, así como de rupturas con militancias clásicas de izquierda.

El contexto inmediato de estos intelectuales argentinos estaba marcado por el movimiento de masas del peronismo y por la desconfianza que este causaba en los sectores de izquierda. La desconfianza se basaba en la percepción de un discurso mesiánico paternalista en la figura de Juan Domingo Perón y en el reconocimiento de los rasgos autoritarios y corporativistas del régimen, características del movimiento que hacían dudar de una militancia consciente de las bases populares implicadas (Germani, ''cooptación de la masas'' por el peronismo, en el grupo de Pasado y Presente pesaba la historia social de Córdoba, su ciudad de origen.

Esa ciudad estaba cargada de un aura mítica de movilización popular que podía contrarrestar aquella lectura de los sectores populares peronistas como unos sin capacidad de movilización política autónoma. La tradición de movilización y resistencia de obreros y estudiantes en Córdoba, así como las transgresiones cometidas por el régimen de Juan Carlos Onganía, prepararon el ambiente para el paro general y las concentraciones públicas de protestas ocurridas el 26 de mayo de 1969. Este se convirtió en un día clave de resistencia en Argentina. La intensidad de la protesta, la convocatoria popular, la toma de la ciudad y la confrontación con las autoridades dieron forma al mítico Cordobazo (Gordillo, 2000; Aguirre y Werner, 2007; Torres, 1999; Cena, 2000). En palabras de James Brennan (1994) este no solo desacreditó al más fuerte de los regímenes posperonistas instalados hasta ese momento —funcionando como punta de lanza para los siguientes Rosariazo, Choconazo, Rocazo y Viborazo—, sino que también se convirtió en símbolo de resistencia al mitificarse como evento revolucionario. El grupo de Pasado y Presente nunca abandonó su filiación con ese trasfondo simbólico, como bien lo muestra que aun trabajando en Buenos Aires, Córdoba apareciera en sus libros como lugar de edición.

Ahora bien, el contexto más extenso del grupo era la polarización política que atravesaba Argentina de la mano de la radicalización de la resistencia peronista, que en esos años optaba por las fórmulas de la lucha armada. El proceso de radicalización se acentuó con el golpe de 1966, sobre todo como respuesta a la represión en las universidades. Surgieron así en 1968 las Fuerzas Armadas Peronistas (FAP) y el Comando Descamisado fundado por quienes fueron más tarde los líderes de Montoneros. En 1970 se conformaron las Fuerzas Armadas Revolucionarios (FAR) y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP); finalmente, el 29 de mayo de 1970, con el secuestro de Pedro Eugenio Aramburu, los Montoneros anunciaron su nacimiento (Bonavena et al., 1998; Burgos, 2004). Como se observa, movilización popular, polarización y radicalización política rodeaban al grupo de Córdoba. El contexto regional también mantenía ese clima que David Viñas calificó como ''años de calentura histórica'' (Gilman, 2003, p. 43). La misma se expandía de la mano de movimientos armados en otros países y por la radicalización de las apuestas por el socialismo. Un clima de cambio social que llegó hasta la Iglesia católica, con las encíclicas Mater et Magistra de 1961 y Pacem in Terris de 1963 que daban una nueva cara del Episcopado Latinoamericano en Medellín en 1968. Al mismo tiempo que se daba el supuesto proceso de coexistencia pacífica entre la URSS y Estados Unidos, en el denominado Tercer Mundo, se daba la expansión de las apuestas revolucionarias ejemplificadas en la Revolución cubana, en la primera reunión del Movimiento de los Países No Alineados en el Cairo en 1961 y en la resistencia vietnamita (Gilman, 2003).

La opción de la revolución venía entonces de Oriente y del Sur, y no de los países del centro que la ortodoxia había señalado como los indicados para el desarrollo revolucionario. La revolución aparecía en los lugares menos esperados y de manos de los actores más disímiles, pero sin duda los éxitos de transformación llevaban el sello de lo popular como columna vertebral de la movilización. Todo este proceso en ebullición significó para el pensamiento crítico la necesidad de plantear una vía más progresista que la ofrecida hasta el momento por los partidos comunistas del continente. Una vía ideológica que lograra entender y captar a los sectores populares que estaban en efectiva movilización.

1.2 Pensamiento heterodoxo y militancia comunista. El caso de Pasado y Presente

Con la caída del peronismo en 1955, los grupos de izquierda argentinos esperaban captar a las recién ''liberadas masas populares''. Pero ese proceso que era fundamental para la activación de la sociedad civil en contra del régimen autoritario, parecía más que difícil desde el interior de la conocida ortodoxia del Partido Comunista Argentino (PCA). A contracorriente, desde inicios de la década de 1950, y por conducto de Héctor Agosti, uno de los ideólogos más importantes del partido, se había iniciado la lectura de Gramsci por un pequeño grupo de los intelectuales afiliados. Tal lectura se acompañó de la revisión de textos como Examen de conciencia de un comunista de Fabrizio Onofri y El antifascismo de Antonio Gramsci de Palmiro Togliatti, que permitían conocer la vida del teórico como activista y líder político antes de su arresto. Ese primer acercamiento generó una sorpresa en la militancia clásica que consideraba que el pensador italiano pertenecía a una heterodoxia malsana para los fines de la revolución (Aricó, 2005). Entre 1956 y 1957 empezaron a publicarse en la revista del PCA, Cuadernos de Cultura, algunos artículos escritos en esta línea del comunismo italiano y también empezaron a circular algunas de las traducciones tempranas al español de los textos de Gramsci (Aricó, 1999). Así, frente a la coyuntura de la caída del peronismo, la figura del italiano se constituyó en un emblema para quienes pretendían ampliar la línea del partido y pensar en nuevas estrategias de intervención política que contara con las masas que antes militaban bajo la figura del caudillo.

A la sensación de camisa de fuerza representada por la militancia ortodoxa en el comunismo, de acuerdo con José María Aricó, se sumó el desconcierto por la invasión de Hungría en 1956 que marcaba la distancia entre el ideal y lo que en realidad estaba sucediendo con los partidos comunistas. El grupo de lectores iniciales de Gramsci en Argentina creó entonces la revista Pasado y Presente, de ella se esperaba que: ''pudiera actuar sobre el partido como un centro de fermentos ideales, de debate y crítica, posibilitando a las fuerzas renovadoras que creíamos existentes en su interior la tarea de llevar adelante una reconstrucción teórica y política en condiciones más favorables'' (Aricó, 1999, p. 20). En su primera editorial se ponderaban tres principios de reformulación del partido —que en gran medida anunciaban la agenda que el grupo siguió posteriormente—:

1. Necesidad de valorizar al peronismo como un momento histórico de formación de las masas obreras del país, y no como un fenómeno de primitivismo de masas.

2. Necesidad de nuevos caminos para poder conquistar esas masas populares en las que se vinculará en nueva forma el mundo proletario y el intelectual.

3. Plantearse cómo responder a los nuevos problemas de la modernidad con el marxismo (Aricó, 1999, p. 21).

Los cuadros dirigentes del PCA leyeron tal editorial como una muestra de indisciplina inaceptable y expulsaron del partido a los miembros del comité editorial de la revista en 1963. Ya desde la autonomía y hasta 1976 —año en que fue cerrada definitivamente Siglo XXI Editores Argentina y en el que muchos de los miembros del grupo salieron al exilio—, estos intelectuales funcionaron como nuevos referentes del pensamiento marxista en Argentina, creando el cuerpo de una suerte de marxismo crítico. En lo fundamental, tenían como principio de su producción alentar una estrategia de transformación cultural y política basada en el pensamiento de Gramsci. Esa base hacía que vieran al marxismo no como una fórmula cerrada y dogmática, sino como una propuesta abierta a interpretaciones diversas basadas en las realidades que se buscaba transformar. En resumidas cuentas se veían y producían apuestas teóricas para la región como parte de un pensamiento marxista heterodoxo con fuertes acentos en la defensa de la democracia y el pluralismo.

Desde finales de la década de 1960, a esta apuesta inicial se le unieron nuevos referentes de inspiración que radicalizaban la propuesta de trabajo a favor de la organización y movilización popular en articulación con el trabajo de los intelectuales. Entre los nuevos referentes se contaban: ''la creencia en la expansión del fenómeno castrista, la emergencia del sindicalismo en los talleres de Córdoba, la autogestión que brotaba en las movilizaciones de los 70's [sic] y la fascinación por la revolución cultural china'' (Aricó, 1999, p. 58). La producción del grupo se constató en 98 libros que se publicaron entre 1968 y 1983, editando un ejemplar aproximadamente cada 45 días. Libros que traducían a teóricos clave del pensamiento socialista y que fueron ampliamente reeditados hasta el punto que: ''podemos estimar que fueron editados alrededor de 900.000 ejemplares de los Cuadernos'' (Burgos, 2004, p. 155). Además, antes de salir al exilio, publicaron una nueva traducción de El Capital y la primera traducción al castellano de Los Grundrisse, todo ello con miras a cuestionar las lecturas ortodoxas del pensamiento clásico del marxismo. Como se observa, desde la segunda mitad de la década de 1960 se identifica un comprometido grupo de reflexión que, inspirados en su práctica por la obra de Gramsci, buscaron intervenir en la construcción de lecturas alternativas de América Latina.

 

2. Una interpretación de Gramsci para el contexto latinoamericano

El contexto de recepción, que buscaba nuevas perspectivas para la renovación de la cultura política de izquierda en la región, resultó favorable para la lectura y aceptación de la obra heterodoxa de Gramsci, pero ¿cómo se le leyó para que tuviera tal acogida y expansión? Principalmente como un guía metodológico.

La primera clave consistió en entender las circunstancias de producción de sus reflexiones, puesto que permitía hacer un símil con la situación de crisis y estancamiento de la izquierda en la región a mediados de la década de 1950. Leyeron así a Gramsci como un importante líder y activista político que escribió su obra a través de la derrota simbolizada por la cárcel y por el fracaso de las esperadas revoluciones sociales en Europa. En su propio país, Gramsci había visto cómo pese a que se habían dado las condiciones para el desarrollo de una revolución social durante el convulsivo Bienio rojo (1919–1921), la misma no se había producido. Fracaso al que se le sumaba la decepción por la derrota de la revolución comunista en Alemania en 1921. En tiempos de Gramsci, la clase obrera organizada había sido sometida imponiéndose el fascismo. Sucesos que hacían sospechar al pensador italiano que tal vez la Revolución de octubre no era más que una excepción histórica. Pero si el fracaso coronaba a estas apuestas revolucionarias, en el interior del bloque comunista la situación tampoco parecía alentadora. La militancia estaba marcada por un llamado a favor de la protección de la ortodoxia, bien demostrada en la camisa de fuerza impuesta por los 21 puntos para la actividad de los partidos comunistas aprobados por la Segunda Internacional en 1920.

De hecho, Gramsci criticó desde la cárcel las ideas sectarias sostenidas en la vi Internacional que llamaban a la lucha de clase contra clase, pero también sabía que bajo el régimen ortodoxo su pensamiento sería censurado y castigado en caso de que oliera a heterodoxia. En ese contexto, que se asemejaba a la decadencia y a la oxidación de las militancias, Gramsci planteó que el gran problema de las crisis de los partidos comunistas se debía a las dificultades que tenían para pensar el proceso de transformación de las sociedades capitalistas a las socialistas. La vanguardia, los partidos, se habían reducido en su accionar a la toma del poder, esto es, a la estrategia militar; pero no tenían una reflexión sobre la conquista del poder que necesariamente pasaba por un proceso de transformación de la sociedad burguesa (Aricó, 1979).

Pasividad, fracaso y coerción le rodeaban, pero como líder político activo Gramsci se avocó a construir una propuesta teórica que motivara y guiara la tarea revolucionaria concreta (Aricó, 2005, pp. 109–168; Aricó, 2011, pp. 245–278). En palabras de Aricó, se lo retomaba a partir de este contexto de producción:

Porque el reconocimiento de la derrota, y la constancia de los ideales, nos obligaba a pensar en otras formas de acción que fueran capaces de conjugar política y ética, realismo y firmeza moral, modificaciones presentes y anticipaciones futuras; porque no podíamos eludir la responsabilidad de medirnos con los hechos; porque dejamos de estar soberbiamente seguros de lo que sosteníamos debimos reencontrarnos a Gramsci (2005, pp. 40–41).

Justificada su entrada como teórico necesario para la superación de una crisis en la actividad de la izquierda en América Latina, la segunda clave para retomar a Gramsci tenía que ver con su crítica al economicismo y, como derivación de ella, su concentración en la articulación entre lo político y lo cultural que ponía a los intelectuales en el centro de los procesos de transformación. Pensando en la necesidad de la transformación intelectual y moral de las masas, convertía al intelectual en un agente revolucionario llamado a ayudar a organizar a las clases subordinadas a partir de sus propias identidades antes que a dirigirlas. Para Aricó, la teoría de Gramsci ayudaba a buscar respuestas frente a un problema fundamental:

[...] cómo una teoría política se convierte en conciencia nacional, en cultura nacional, en un elemento fundamental de lo que él llama la reforma intelectual y moral, la modificación de la conciencia de los hombres y la imposición a través del consenso de una nueva concepción del mundo que era la teoría marxista (2011, p. 250).

Para asimilarle en este punto, se partía de reconocer que si bien existía una reflexión de Marx sobre la política y el Estado, la misma no era totalmente explícita y, por lo tanto, la producción del italiano resultaba esclarecedora. Gramsci postula que: ''la miseria y el hambre pueden provocar convulsiones, revueltas que lleguen incluso a destruir el equilibrio establecido, pero hacen falta muchas otras condiciones para destruir el sistema capitalista'' (Portantiero, 1977, p. 56). Contraponía su visión sobre la autonomía de lo político, en tanto que fuerza constituyente de la visión del mundo, a esa suerte de ''superstición'' que para él era el economicismo. Pero si lo político es fundamental, también es cierto que no es un poder ostentando de manera permanente por una clase. Lo político es una relación inestable y precaria que supone continuos procesos de adaptación, en que el sentido de cada momento está abierto, esto es, sometido a continua negociación. Este carácter inestable de lo político provee la oportunidad a los subalternos de hacer uso de ese espacio abierto y concebir un proyecto hegemónico alternativo al impulsado por la burguesía (González, 2003). En resumidas cuentas, su análisis mostraba que la situación de clase no activa necesariamente procesos revolucionarios y que la producción política no es el patrimonio exclusivo de las clases dominantes y, por lo tanto, se necesitan agentes revolucionarios que ayuden a activar la movilización social. Como resultado de esa activación se modifican, en un proceso de largo aliento, las relaciones de fuerza entre subordinados y dominantes. Con respecto a este aporte, Portantiero (1977) establecía el objetivo de la producción intelectual de sus receptores latinoamericanos en los siguientes términos:

Nuestra propuesta implica ver a su obra como el testimonio ideológico y político de una estrategia de largo alcance para la conquista del poder; como el desarrollo más consecuente de las hipótesis planteadas en el IIIy iv Congresos de la Internacional Comunista (1921 y 1922), que suponen la revisión primera de los planteos clásicos de ''toma de poder'' inscritos en la acción de los bolcheviques en 1917. (p. 16).

En 1926 Gramsci fue arrestado por los fascistas, pero aun desde la cárcel rechazaba las líneas de los congresos comunistas, pues criticaba la incapacidad de adaptación de los partidos frente a los giros del capitalismo en cada terreno nacional y su negación a efectuar el trabajo político necesario con los grupos subalternos. Planteó entonces el concepto estratégico de hegemonía con el que se puede entender que la verdadera fuerza de la burguesía no radica en el poder coercitivo del aparato de Estado, sino en la aceptación de los gobernados de una ''concepción del mundo'' que corresponde a los gobernantes (Carnoy, 1993, pp. 63–113). Advirtió que la gran debilidad frente a esta hegemonía de los dominantes, cotidianamente construida y dispersa en multiplicidad de instituciones, era que las clases populares se encontraban disgregadas. Para lograr una verdadera transformación social era necesario unir a estas clases para lo cual se necesitaba de intelectuales orgánicos capaces de otorgarles la conciencia en los campos político, económico y social. Entendía así a los intelectuales en un sentido extenso, esto es, como aquellos sujetos que son los organizadores de la cultura y los organizadores del consenso —no solo como la intelligentsia—.

Los intelectuales intervienen para desarticular las relaciones de dominación que son entendidas como naturales por los dominados gracias a la hegemonía, y para que se activen procesos de reafirmación identitaria y de derechos que después se vean reflejados en nuevas instituciones. En sus propias palabras:

El elemento popular ''siente'' pero no siempre comprende o sabe. El elemento intelectual ''sabe'' pero no comprende o, particularmente ''siente'' [...] El error del intelectual consiste en creer que se pueda saber sin comprender y especialmente sin sentir ni ser apasionado (no sólo [sic] del saber en sí, sino del objeto del saber), esto es, que el intelectual pueda ser tal (y no un puro pedante) si se halla separado del pueblo–nación, o sea, sin sentir las pasiones elementales del pueblo, comprendiéndolas y, por lo tanto, explicándolas y justificándolas por la situación histórica determinada; vinculándolas dialécticamente a las leyes de la historia, a una superior concepción del mundo, científica y coherentemente elaborada: el ''saber''. No se hace política–historia sin esta pasión, sin esta vinculación sentimental entre intelectuales y pueblo–nación (Gramsci citado en Portantiero, 1977, p. 65).

Por lo tanto, Gramsci estaba pensando en el proceso anterior a la toma del poder, puesto que la lucha por la hegemonía se libra desde la construcción del movimiento revolucionario. La forma en que se expresa el poder cuando se hace efectivo el cambio de proyecto, expresa el trabajo realizado con anterioridad entre intelectuales y pueblo nación, esto es, el nuevo régimen puede tomar la forma de una simple dominación y, por lo tanto, ser endeble para ser derrocado y rechazado, o instituciones de verdadera expresión de la voluntad popular, seguidas por su estabilidad. A partir de la perspectiva de Gramsci la hegemonía del proletariado, a diferencia de la hegemonía burguesa, no se constituye por medio de la manipulación o la mentira, sino por medio de un ejercicio pleno de democracia que es un ejercicio de la verdadera voluntad creadora de las masas. Existe por lo tanto en su teoría, la idea de reapropiación de lo político por los subordinados, que también evita caer en las distracciones de la ''revolución pasiva'', es decir, en esa capacidad de los dominantes de hacer ciertos cambios pedidos por las clases subalternas con el fin de evitar que se dé una revolución abierta (Aricó, 2011).

La lectura latinoamericana de esta revaloración de lo político por Gramsci supone, en primer lugar, una reapropiación de las tareas políticas que deben realizar los militantes, trabajando con las identidades populares y nacionales, haciendo que sus representaciones del mundo se conviertan en las hegemónicas. Esto implicó una ruptura frente a la concepción que no admitía que por fuera de ''La'' revolución existiera otra alternativa para la toma del poder, lo que llevaba a la fragmentación de las militancias ortodoxas —como efectivamente sucedió con el PCA—; finalmente, implicaba una visión de mayor profundidad de la tarea revolucionaria que suponía el proyecto socialista.

El tercer elemento que se resalta en la obra de Gramsci retomado como guía de análisis de lo latinoamericano, radica en que con sus estudios se cuestionó la idea de una sola historia por la que necesariamente habrían de pasar todas las comunidades sujetas al sistema capitalista. Por el contrario, este teórico partió de la comprensión de la realidad concreta no desechando de antemano que aun en los países periféricos pudiesen darse procesos revolucionarios. Su obra es una de análisis de la sociedad italiana en tanto que sociedad típica del capitalismo tardío. Su propia experiencia de vida le había permitido transitar de su Cerdeña miserable y atrasada, al Turín que se consolidaba como la ciudad más floreciente del norte industrial moderno italiano. A partir de esa experiencia clasificó a ciertos países como intermedios, en tanto no estaban en la vanguardia de lo más avanzado del capitalismo.

A partir de la perspectiva de Gramsci existen entonces dos tipos de sociedades: por una parte estaba Occidente en donde economía, estructura de clases y Estado asumen una forma lineal de causa–consecuencia; por otra parte, sociedades que, también siendo de Occidente, no presentan una relación tal entre economía, estructura de clases y Estado, pues son el Estado y la política los que moldean a la sociedad: las clases no se constituyen y maduran históricamente, sino que están influidas por la política y la ideología desde el principio. Por lo tanto, en ellas el Estado no es el resultado del desarrollo histórico, es una imposición, una figura política que sin estar acorde con un sustrato social es necesaria para insertarse en el capitalismo internacional. En estas sociedades, entre las que podían clasificarse a las sociedades latinoamericanas que habían logrado los mayores niveles de industrialización, existían elementos de cohesión estratégicamente manejados por los dominantes para poder mantener el modelo político ''importado'' y los subsiguientes modelos económicos exigidos para ponerse a tono con el centro, entre ellos el populismo y el nacionalismo. Situación que en palabras de Portantiero (1977) implicaba reconocer nuevos frentes de actividad:

Un bloque revolucionario se estructura en una sociedad en función histórica (no especulativa), a partir de una realidad que no está constituida sólo [sic] por un sistema económico sino que se halla expresada en una articulación cultural compleja que arranca del ''buen sentido'' de las masas y que tiene por terreno su historia como pueblo–nación. El socialismo sólo [sic] puede negar el nacionalismo y al populismo desde su propia inserción en lo nacional y en lo popular (1977, p. 73).

En esta misma línea, Gramsci analizó puntualmente los problemas de aquellos Estados cuya formación no corresponde a un desarrollo económico local sino a un desarrollo económico internacional que ''manda a la periferia sus corrientes ideológicas'' (Aricó, 2005, p. 128). Afirma que en tales contextos: ''la clase portadora de las nuevas ideas es la clase intelectual y la concepción del Estado cambia de aspecto. El Estado es concebido como una cosa en sí, como un absoluto racional'' (Aricó, 2005, p. 126). En otras palabras, para Gramsci, son los intelectuales quienes ayudan de manera determinante a presentar al Estado como una consecuencia histórica y justifican su existencia como absolutamente racional, puesto que además, perteneciendo a la burocracia, logran así racionalizar su propia existencia y su dignidad histórica.

Por lo tanto, sumando el trabajo de los intelectuales en la construcción de la necesidad de la presencia del Estado y el manejo estratégico de los dominantes del discurso nacional–popular, se naturaliza la dominación política en la periferia al servicio de un desarrollo internacional y, más importante, se generan fenómenos políticos —como el populismo— que permiten manejar conflictivamente la combinación de elementos de una sociedad tradicional con los principios que guían la modernización.

Así las cosas, son varios los aportes de Gramsci para los intelectuales latinoamericanos que hicieron su recepción: en primer lugar, su teoría señala las diferencias entre varios tipos de países de Occidente dependiendo de su nivel de desarrollo capitalista, identificando la existencia de unos países de frontera, esto es, países de desarrollo capitalista periférico y tardío; en segundo lugar, establece una relación de dominación entre el centro y la periferia que hace que los países de frontera sigan el modelo impuesto por el centro sin que este corresponda a sus desarrollos económicos locales, cuestión que tiene hondas implicaciones en las articulaciones culturales que deben desarrollar los grupos dominantes para mantener el orden social; y en tercer lugar, entrega una responsabilidad fundamental a los intelectuales quienes naturalizan la existencia del Estado, acudiendo a un argumento de total racionalidad. Este conjunto de ideas implica una crítica al seguimiento de un modelo de desarrollo que corresponde a las formas históricas y a los intereses de países de centro, modelo avalado por el seguimiento de la fórmula política del Estado–nación que a diferencia de lo que sucede en los países de capitalismo avanzado, en los países de frontera no es el resultado de un proceso histórico de maduración de las clases sociales, esto es, no es una proyección de la sociedad civil.

Ubicar a los intelectuales de cara a la sociedad implica desvertebrar la naturalidad del discurso nacionalista y del mismo discurso estatista liberal permitiendo concebir nuevas esencias políticas para el Estado, ya no dirigido a las ansias de lograr el desarrollo en términos del modelo del centro, sino en expresar la verdadera voluntad popular. Pero la labor de transformación parte del reconocimiento de esas identidades populistas y nacionalistas, no de una negación de entrada desde la visión más ortodoxa.

El cuarto elemento por el que se retoma a Gramsci en Latinoamérica se debe al trasfondo democrático de su propuesta. La hegemonía implica ante todo consenso y en tanto se supone que la organización socialista no admite las estrategias de la coerción y la mentira, se da un proceso real de activación de la sociedad civil, de tal manera que cuando se logre una hegemonía socialista se estará frente a una verdadera expresión de la voluntad popular que se materializará en las nuevas instituciones. Para Gramsci, la democracia ofrece los espacios de organización y acción política que pueden ser utilizados para construir hegemonías alternativas, y por lo tanto, la labor de los intelectuales es radicalizar tales democracias hasta el punto en que las instituciones sean real expresión de la sociedad civil en su conjunto. Dicha lectura se retomó en América Latina en tiempos en que la radicalización política avalaba, por una parte, las alternativas de la lucha armada, y por otra, las salidas autoritarias concretadas en regímenes dictatoriales que buscaban restablecer el orden social. Pensar en la posibilidad de la activación de la sociedad civil como proceso conducente a la autogestión de las masas, se veía como la única posibilidad para escapar de las dictaduras —de cualquier corte ideológico—.

Se retomó entonces al teórico italiano como guía estratégico en tiempos de crisis, con una propuesta avocada a lo político que permitía dilucidar el papel central de los intelectuales, permitiendo pensar la transformación social desde el terreno de los países periféricos y manteniendo una salida democrática como expresión del cambio. Retomar a Gramsci afectaba entonces la práctica académica de sus receptores, quienes la entendían como profundamente política y con vocación popular. En sus propuestas, la observación de la democracia como el régimen político deseable se radicalizó con los procesos de persecución y cierre del espacio político, propiciados por las dictaduras.

En 1977 Rafael Videla declaró en una conferencia de prensa, recapitulada por Times en 1978, que ''[U]n terrorista no es solamente alguien con un revolver o con una bomba, sino también cualquiera que difunde ideas que son contrarias a la civilización occidental y cristiana'' (citado en Freund, 1979, p. 42). A partir de la definición de lo que era la cultura para el régimen y de lo que era el estilo de vida argentino, se señaló la existencia de una cultura legítima y de otra ilegítima a la que inscribía en el campo de lo ajeno. Sus productores fueron señalados como no argentinos, pero en algunos casos la cultura no muere sino que se presenta como una forma de resistencia (Lorenzano, 2001). A partir de 1976 el grupo Pasado y Presente, tuvo un nuevo escenario de trabajo. El exilio los llevó a países en donde era posible una mayor publicación y difusión de sus ideas, especialmente en México. Este país se convirtió en una suerte de observatorio y lugar de análisis de lo que sucedía en América Latina. Entre las cuestiones de reflexión, estaba entender el porqué del fracaso de los proyectos de izquierda en la región (Burgos y Pérez, 2002). No se agotó el interés por entender el puente entre la reflexión teórica y la actividad política práctica, pero los esfuerzos se dispusieron para propiciar el regreso a las democracias y a su posterior radicalización.

 

3. De la reflexión teórica en Argentina al impacto en las prácticas políticas en la región

Valorar el impacto logrado por los grupos de intelectuales que trabajaron en la recepción de Gramsci en América Latina, supone analizar varios niveles de impacto en los que su influencia es menor o más directa. En el caso argentino, se debe reconocer que su obra permitió la apertura del debate marxista heterodoxo en Latinoamérica, al poner a disposición pública textos fundamentales para la formación de la intelectualidad de izquierda de la región. Material que en principio estuvo concentrado en Argentina, pero que por medio de las reediciones y el trabajo desarrollado desde México alcanzó a expandirse a muchos otros países latinoamericanos.

Otro aspecto tiene que ver con su papel de proveedores ideológicos para la movilización que se encontraba en su entorno más inmediato. Desde 1963 se hizo clara la relación que el grupo Pasado y Presente mantenía con los universitarios en Córdoba, puesto que eran su natural público receptor, sobre todo con quienes eran miembros de la Federación Universitaria de Córdoba (FUC). De hecho, ante la expulsión del grupo del PCA en ese año, los universitarios militantes también decidieron retirarse del partido como señal de apoyo. En adelante el grupo Pasado y Presente mantuvo una estrecha relación con el movimiento universitario, en especial con Corriente de Izquierda Universitaria (CIU). De esa unión surgió el Encuentro de Intelectuales realizado en Córdoba en 1970 para discutir los caminos de transformación de la sociedad argentina. En el encuentro discutieron abiertamente sobre las vías de la revolución y pareció claro que la pacífica no iba a ser el método predilecto para asumir la situación de crisis en ese momento; debate que fue matizado por Aricó quien agregó a la agenda temas relacionados con el sindicalismo, la clase obrera y el consejismo (Burgos, 2004, pp. 125–142).

Por otra parte, aunque el mismo Aricó negaba una participación directa en el proceso de conformación del Cordobazo, el trabajo ideológico que venían desarrollando se insertaba en el ambiente de la época. Era el tiempo de la movilización obrera, de la radicalización de la izquierda, de la sorpresa por el Mayo francés, y de la dictadura de Onganía; por lo tanto, los textos publicados con una clara intención de formación política resultaban en catalizadores excepcionales de la movilización.

Finalmente, cabe señalar una última influencia, que solo se abordará superficialmente y que supone una revisión más amplia sobre los grupos receptores de Gramsci en la región. Tiene que ver con el debate que se abrió en torno al papel de los escritores latinoamericanos con tendencia de izquierda, con respecto al seguimiento o no de la línea del realismo socialista sobre la producción cultural y artística, bien expresada, para el caso de la función de los literatos, por las palabras de Alexei Surkov en 1954: ''La literatura es una filosa arma de influencia social y política. Estrechamente ligada a la política¸ queda subordinada a esta'' (citado en Crespo, 1999, p. 427). Como parte fundamental del espíritu de la época, los debates sobre la teoría de Gramsci animaban a una producción independiente y de cara a las identidades populares y no a las necesidades del partido. Así, en medio del debate sobre el compromiso y acercamiento de los intelectuales con lo popular, apareció en la región una deslumbrante producción literaria que mantenía el sabor de la crítica entre sus líneas. Esta literatura habló de América Latina como sujeto, habló de sí misma (Campra, 1982; Sondereguer, 1999).

Poniendo casi siempre en duda a los grandes mitos nacionales, creció un nuevo tipo de novela histórica latinoamericana que entrelazaba la ficción con el sustento real y que reconocía las condiciones de subdesarrollo desde las que se producían los textos. Se rescataba el rostro popular de la región, ya no a partir de una visión romántica del pueblo sino a partir de una más realista, activa, colmada de una vida que no necesariamente aludía a un equilibrio paradisiaco. Así, buena parte de la literatura regional, avalada por la fama del boom, se produjo entre la década de 1970 y 1980 en clave de una nueva cultura revolucionaria latinoamericana, que propendía por la reconfiguración de una identidad nacional y regional, con base en la figura del intelectual comprometido (Gilman, 2003). Como bien lo menciona Beatriz Sarlo (1988, p. 96): ''ir hacia el pueblo'' fue la consigna.

 

Conclusión

Cuando Antonio Gramsci formuló el concepto de hegemonía desde la cárcel de Turín, formuló un concepto en clave de estrategia política que explicaba al mismo tiempo el tipo de soporte que mantenía la dominación más allá de la división económica. Como concepto estratégico guió la renovación de la cultura política de un sector de intelectuales en la Argentina, quienes buscaron ampliar el espectro de la acción política de los sectores críticos de la región, ante un contexto de creciente movilización social y un horizonte de cambio. Sus receptores, más allá de la utopía revolucionaria, fomentaron procesos de transformación social concentradas en batallas culturales y políticas antes que militares, como bien se denota en la amplia producción editorial y en el debate político que superando los campos propiamente académicos ayudaron a solventar.

 

Notas

* El artículo está vinculado al grupo de investigación en Teoría Política Contemporánea de la Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, en la línea de investigación que lleva el mismo nombre, activa desde julio de 2002.

 

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