SECCIÓN GENERAL

 

La memoria y la comunidad en la experiencia de vulnerabilidad. El mural de Santo Domingo Savio*

 

A memória e a comunidade na experiência da vulnerabilidade: o mural de Santo Domingo Sávio

 

Memory and Community in the Experience of Vulnerability. The Commemorative Wall of Santo Domingo Savio

 

 

Sandra Patricia Arenas Grisales (Colombia)1; José César Coimbra (Brasil)2

 

1 Bibliotecaria. Magíster en Ciencia Política. Doctora en Memoria Social. Profesora Escuela Interamericana de Bibliotecología, Universidad de Antioquia Calle 70 No. 52–21, Medellín, Colombia. Correo eletrónico: sandra.arenas@udea.edu.co

2 Psicólogo. Magíster en Teoría Psicoanalítica. Especialista en Psicología Jurídica y en Psicoanálisis. Doctor en Memoria Social. Profesor Pontificia Universidad Católica do Rio de Janeiro. Correo eletrónico: arcoim@yahoo.com.br

 

Fecha de recepción: febrero 2016

Fecha de aprobación: abril 2016

 

Como citar este artículo: Arenas Grisales, Sandra Patricia e Coimbra, José César. (2016). La memoria y la comunidad en la experiencia de vulnerabilidad. El mural de Santo Domingo Savio. Estudios Políticos, 49, pp. 95–111. DOI: 10.17533/udea.espo.n49a05

 


RESUMEN

Este artículo aborda la creación de una iniciativa de memoria en Medellín, Colombia: un mural con los nombres de personas asesinadas en el barrio Santo Domingo Sávio. Se analiza la relación entre las concepciones de memoria, común y comunidad a partir de varias preguntas: ¿qué sucede cuando se decide recordar a los asesinos en el mismo espacio de las víctimas?, ¿por qué el reconocimiento es central en la discusión pública sobre la memoria?, ¿hay lutos legítimos y otros ilegítimos?, ¿cuáles son las vidas que cuentan? Se trata de un análisis hecho a partir de los resultados de dos investigaciones de doctorado con énfasis en los conceptos de comunidad, memoria e identidad. Se concluye que para el caso del mural en Santo Domingo Sávio lo común para ese colectivo es la pérdida y la vulnerabilidad frente a la violencia, lo que vincula a sus habitantes es menos una identidad positiva que el reconocimiento de la falta, la vulnerabilidad y enfrentarse con la finitud que los afecta a todos.

Palabras clave: Memoria; Común; Comunidad; Identidad; Reconocimiento; Medellín.


Resumo

Este artigo aborda a criação de uma iniciativa de memória em Medellín, Colômbia: um mural com os nomes das pessoas assassinadas no bairro Santo Domingo Sávio. Analisa–se a relação entre as concepções de memória, comum e comunidade a partir de várias perguntas: o que acontece quando se decide lembrar dos assassinos no mesmo espaço das vítimas? Por que o reconhecimento é central na discussão pública sobre a memória? Há lutos legítimos e outros ilegítimos? Quais são as vidas que contam? Trata–se de uma análise feita a partir dos resultados de duas pesquisas de doutorado com ênfase nos conceitos de comunidade, memória e identidade. Conclui–se que para o caso do mural em Santo Domingo Sávio o comum para esse coletivo é a perda e a vulnerabilidade perante a violência, o que vincula os seus habitantes é menos uma identidade positiva que o reconhecimento da falta, a vulnerabilidade e enfrentar–se com a finitude que afeta a todos.

Palavras chave: Memória; Comum; Comunidade; Identidade; Reconhecimento; Medellín.


Abstract

This article describes the creation of a memory initiative in Medellín, Colombia: a commemorative wall with the names of the people murdered in Santo Domingo Savio's neighborhood. Based on this description, the authors analyze the relations among the conceptions of memory, common, and community, and call into question the consequences of commemorating the murderers in the same space of the victims. Why is recognition central for the public discussion on memory? Is there a legitimate and an illegitimate way of mourning? Which lives really matter? The analysis is carried out from the results of two doctoral researches with emphasis on the concepts of community, common and identity. The article concludes that in the case of the commemorative wall of Santo Domingo Savio, what is common to this group are the feelings of loss and vulnerability in facing violence. As a result, what relates the members of this territory is less a positive identity than the recognition of their losses as well as their common dealing with finitude and death.

Keywords: Memory; Common; Community; Identity; Recognition; Medellín.


 

 

Introducción

En Colombia, en los últimos años hubo un proceso lento de recuperación de la memoria del conflicto armado. Este proceso es único en el mundo, pues habiendo iniciado el conflicto hace más de seis décadas, este todavía no ha terminado.1 Los procesos jurídicos por las violaciones de los derechos humanos que de ahí se derivan solo ahora arrojan sus primeros resultados: las víctimas están siendo reconocidas y recibiendo reparación del Estado. Actos de violencia significativos para conocer la verdad de lo sucedido y sus responsables son investigados.

Antes de este panorama surgieron en Colombia múltiples iniciativas de memoria generalmente impulsadas por grupos de personas u organizaciones de víctimas. Estas iniciativas eran formas de agenciar y hacer circular el dolor y el sufrimiento, trasladando para la esfera pública los sentimientos que por años permanecieron en el ámbito de lo privado. (Grupo de Memoria Histórica, 2009). Es en esa memoria de supervivencia que podemos indagar las acciones políticas de los sujetos y sus relaciones con la violencia. En este artículo describimos la creación de una de esas iniciativas en la ciudad de Medellín, un mural con los nombres de las personas asesinadas en el barrio Santo Domingo Savio (véase foto 1). A partir de esta descripción, analizamos la relación entre las concepciones de memoria, común y comunidad.

La iniciativa de memoria objeto de este análisis hace parte de una investigación cualitativa que tuvo como objetivo: analizar las acciones y prácticas culturales por las cuales los sujetos reconstruyen sus memorias en contextos de violencia e identificar los usos políticos de la memoria, como resistencia política en los espacios de lo cotidiano, íntimo, familiar o comunitario. El método usado fue el estudio de caso debido a su foco en lo particular y por abordar el significado de la experiencia a partir del análisis sistemático de un mismo fenómeno (Yin, 2012). Las técnicas usadas para obtener informaciones fueron la pesquisa documental y bibliográfica y la entrevista en profundidad con algunos de los creadores del mural y habitantes del barrio.

El texto está dividido en cuatro partes: en la primera realizamos una breve descripción del contexto de creación de la iniciativa de memoria, los conflictos vividos en el barrio y en la ciudad de Medellín. En la segunda abordamos concretamente los procesos de construcción del mural, los debates producidos entre sus creadores y los habitantes del barrio, los procesos de identificación y reconocimiento. En la tercera parte analizamos el trabajo de luto y memoria como posibilidad o no de conformación de una comunidad. Por último se presentarán las conclusiones. El texto no hace una separación entre la presentación del caso y el marco teórico y referencial, intentando crear así un diálogo entre estos para dar relevancia a los testimonios de los entrevistados.

Foto 1. Mural en Santo Domingo Savio, Medellín, Colombia.

 

 

Fuente: elaboración propia.

 

1. Santo Domingo Savio y los conflictos violentos en Medellín

Los primeros habitantes de Santo Domingo Savio, en el nororiente de Medellín, llegaron allí en la década de 1960. Ellos vivían en condiciones precarias, no eran propietarios de la tierra y enfrentaron una ardua lucha para legalizar sus propiedades y obtener las condiciones mínimas de subsistencia. En la década de 1980, el aumento de la ocupación ilegal y el crecimiento de la población en el sector, impactaban significativamente la región. Simultáneamente en ese período se consolidó el poder del narcotráfico, identificado por algunos como la época en que las condiciones del barrio cambiaron. El Cartel de Medellín2 involucró en sus actividades a jóvenes habitantes de estos barrios. Esto trajo como consecuencia un aumento en la delincuencia y en la creación de grupos dedicados a actividades ilícitas (González Vélez y Carrizosa, 2011). Aunque el narcotráfico no era el único responsable de la violencia. En la década de 1990 la ciudad fue testigo del incremento de la violencia con la presencia de las milicias, que eran grupos armados organizados con objetivos de defensa y seguridad de los habitantes (Jaramillo, 1994), y organizaciones criminales, algunas de ellas con sofisticados sistemas de operación y fuerte control territorial (Alonso, Giraldo y Sierra, 2006). En el presente siglo, hicieron presencia los grupos paramilitares de las Autodefensas Unidas de Colombia, directamente asociados a los narcotraficantes que tomaron el control del negocio después de la muerte de Pablo Escobar (Jaramillo, Ceballos y Villa, 1998; Martin, 2012).

Las luchas por el control del territorio y los enfrentamientos entre los grupos, dejaron como resultado un número considerable de muertes en el barrio, a tal punto que este sector donde está localizado Santo Domingo Savio, la Comuna 1, era considerado uno de los territórios más violentos de Medellín. Entre 1980 y 2010, la Comuna 1 ocupó el segundo lugar en el registro de muertes violentas en la ciudad (Restrepo, Vélez y Pérez, 1997; Gil Ramírez, 2009).

Durante la primera década del siglo XX, el barrio experimentó transformaciones importantes, como consecuencia de intervenciones urbanas como el Metro Cable, sistema de transporte masivo y el Parque Biblioteca España. Por otro lado, también era propicio el contexto para la negociación entre los diferentes grupos armados que operaban en el barrio, debido a los procesos de desmovilización, desarme y reintegración a la vida civil de los grupos paramilitares con presencia en Medellín, promovido por el entonces presidente Álvaro Uribe Vélez (Alonso Espinal y Valencia, 2008).

 

2. La creación del mural en el barrio Santo Domingo Savio

En la parte posterior de la iglesia de Santo Domingo Savio hay un mural con más de 380 nombres de personas asesinadas. Fue construido en el mes de octubre del 2005, por iniciativa del sacerdote Julián Gómez junto con habitantes del barrio, desmovilizados del grupo paramilitar Cacique Nutibara y exmilicianos.

Entre los nombres incluidos en el mural están los vecinos que murieron en las confrontaciones entre grupos armados, por balas perdidas, por cruzar fronteras invisibles entre otras circunstancias. Allí están también escritos nombres de hombres y mujeres que hicieron parte activa de estos grupos y que en algunos casos fueron los responsables de las muertes de los vecinos.

La construcción del mural tuvo el objetivo de fortalecer los vínculos de identificación debilitados por los enfrentamientos entre los diferentes bandos. En este proceso se dieron discusiones sobre quien merecía ser reconocido como víctima y qué vidas eran dignas de ser recordadas, sobre la posibilidad o imposibilidad de reconocimiento del daño y la vulnerabilidad como factor común. ¿Pero qué significaba ''fortalecer los vínculos de identificación''? Hay que identificar aquí dos vías que el proceso de identificación asociado al fortalecimiento podría asumir.

La primera estaría pautada en la constitución —o consolidación— de un ''ellos'' contra el cual un ''nosotros'' derivaría a partir de la identificación con un ''tercero''. Se trata aquí de una identificación vertical, en el cual se destacaría un líder inaccesible, que por eso mismo, propiciaría la identificación. Por ser inaccesible no sería necesario desviarse en disputas innecesarias sobre quien asumiría el lugar de liderazgo, ni asumir la posición de distinción entre buenos ''nosotros'' y malos ''ellos''. Si ese líder no se mostrara como inaccesible, el grupo establecido correría el riesgo de desaparecer ante disputas para definir aquel que tendría el derecho de ocupar el lugar de líder (Vidal, 2008).

La segunda vía parte del trabajo de inscripción del mural propiciando un proceso de identificación horizontal, el cual no estaría separado en un todo —buenos o malos— ni habría primado un individualismo exacerbado —el bueno o el malo, el líder inaccesible—. En este caso se trata de reconocer en la tarea común de inscribir los nombres en el mural una clave que permitiría la identificación entre aquellos que estuvieran involucrados en este emprendimiento. Tomando prestadas las palabras de Paulo Vidal (2008), podría decirse que en el grupo que se constituyó a partir del objetivo de la tarea de inscripción: ''El enemigo común es ante todo, un enemigo interno, que divide el sujeto, que lo lleva a preguntarse acerca del deseo que lo habita'' (s. p.).

El sacerdote Julián Gómez creía que la manera de lograr una reconciliación de los habitantes del barrio Santo Domingo Savio era crear un pacto de no agresión entre los grupos armados y de estos con sus vecinos. Es importante aclarar que muchos de los integrantes de estos grupos eran jóvenes nacidos en el barrio, hijos, hermanos, amigos, compañeros. Por esto el propósito de la reconciliación, según el sacerdote era crear nuevamente la idea de comunidad, de familia.

En la construcción participaban jóvenes que hacían parte de las actividades de la iglesia y algunos que pertenecían a los grupos armados, así como familiares de personas asesinadas. Los jóvenes incluyeron en el mural tanto a las personas que murieron asesinadas por los grupos armados como a los propios integrantes de estos grupos. Incluyeron a los perpetradores de los crímenes porque en primer lugar, sus familias llevaron los nombres a la iglesia; en segundo lugar los miembros de los grupos armados que participaron de la elaboración del mural quisieron incluir sus compañeros muertos, sin importar que hicieran parte de las milicias o de los grupos paramilitares.

El mural tiene en la parte superior con letras negras, la frase: ''En honor a nuestras víctimas. Que no nos vuelva a pasar''. Esa frase fue dicha por uno de los participantes en las reuniones con los familiares de las víctimas con el sacerdote Julían Gómez. En la parte inferior, también con letras negras, está la frase: ''Haznos señor un instrumento de tu paz''. En el centro hay un dibujo de tres aves. Luego, en la parte superior del mural, fue colocado un Cristo de ladrillo, con la frase ''El rostro de Cristo son los pobres. Puebla''.

El lugar se transformó en un espacio de conmemoración. No era solo una forma de expresión de un lamento, también era acción política en el sentido que el mural demandaba transformaciones y reconocimiento del pasado. Sin embargo, la frase escrita ''Para que no nos vuelva a pasar'' dejaba claro la responsabilidad social del acto de recordar. No se trataba allí apenas del pasado que estaba inscrito era también la idea de futuro colectivo. El mural señalaba un horizonte ético al demandar que esos actos no deberían ocurrir de nuevo (Margry y Sánchez–Carretero, 2011; Santino, 2011).

Todavía en el mural faltan nombres. De las 700 historias compiladas por Julián en la iglesia, 382 nombres fueron inscritos en el mural. Al menos uno de los entrevistados afirmó que algunos de los familiares pensaban que sus hijos no deberían estar en el mural junto con los miembros de grupos armados porque ellos no eran criminales. Esta negativa nos lleva a la pregunta: ¿Qué sucede cuando alguien decide conmemorar a los asesinos en el mismo espacio de las víctimas?

Silvia Grider (2011) analiza altares espontáneos creados después de asesinatos colectivos en Columbine, Virginia Tech y Northern Illinois University. Los casos tienen en común el hecho de que en cuanto a los altares, en un momento determinado alguien decidió incluir los asesinos, resultando esto en una fuerte confrontación. Según la autora, antes de Columbine, no había precedentes de conmemoración de este tipo. La inclusión de los nombres de los francotiradores activó la discusión sobre las responsabilidades y el contexto social. Mientras unos afirmaban que los asesinos deberían ser olvidados otros se preguntaban sobre qué llevaba a los jóvenes a cometer esos actos. En este caso el altar reflejaba los conflictos entre las distintas perspectivas. Si en un primer momento hubo un tono conciliador, enseguida la polarización de posiciones fue predominante. Los altares, según Grider (2011), invitan a una gran variedad de interpretaciones y en la expresión de esas diferentes posiciones radica su naturaleza política.

En Santo Domingo Savio existían aquellos que no estaban de acuerdo con que se mezclara los nombres de los asesinos al escenario de celebraciones. No obstante, eso no fue tan dramático como lo que ocurrió en Columbine (Grider, 2011). En Santo Domingo Sávio, las personas discretamente borraban los nombres de sus familiares del mural. En cuanto esto, sin embargo, los testimonios dejan claro la fuerte controversia y la discusión generada. Manifestarse públicamente contra el mural no era fácil, el miedo se imponía en las relaciones con los grupos armados.

A partir del panorama ya expuesto, debemos considerar el valor político que tiene el hecho de borrar los nombres. Ese simple gesto manifestaba una posición en relación con el proceso, reclamando dignidad en memoria de las víctimas y también colocando en discusión la posibilidad de reconciliación entre los vecinos. Un gesto, que podría pasar desapercibido, cuestionó el proceso de negociación y el poder de esos grupos. Era una acción táctica que estaba consciente del desequilibrio de poder, sin oponerse públicamente, pero haciendo uso de acciones discretas para expresarse (Scott, 2000).

El mural con nombres es una representación afectiva, convincente y contundente de que Santo Domingo Savio vivió como comunidad. La dimensión de la tragedia está plasmada en el mural con los nombres, no hay fechas, ni circunstancias, ni responsables, ni siquiera un indicio de la historia de vida de cada uno de los que allí están inscritos. El mural representa la dimensión del sufrimiento y de la pérdida para un colectivo. Este revela la importancia del esfuerzo por recuperar la memoria del pasado de la violencia así como las formas de reacción y de resistencia frente a esta situación.

El mural expresa también la voluntad de hacer algo para establecer límites, la urgencia por dotar de sentido una realidad que superaba la capacidad de discernimiento. Los significados del mural son múltiples. La intensidad de las emociones en lugar de mostrar un acuerdo sobre lo pasado, proporcionó la clave para entender los diversos significados de memoria. Estos se expresan a través de una disputa política por la definición de ese pasado en el cual se dibuja la posibilidad o imposibilidad de reconocimiento, de reparación y de dignidad de las personas (Jimeno, 2010).

La violencia prolongada por décadas destruyó la confianza del colectivo. Kai Erikson (2011) afirma que la confianza es la conquista más difícil y la más frágil. El proceso de reconciliación y perdón promovido por el sacerdote Julián apuntaba a reconstruir esa confianza. Actividades deportivas y culturales en las calles para recuperar el espacio público, la inclusión de los integrantes de grupos armados en muchas de estas actividades, la realización de obras sociales para el beneficio del barrio, todo esto conformaban acciones que buscaban recobrar esa confianza. Aun así, para los vecinos resultaba esencial que la verdad fuera dicha, sólo así sería posible recomponer los lazos sociales. Como afirma Erikson, reconocer el daño es importante para sanar las heridas sociales. Las situaciones traumáticas que destruyen los vínculos sociales son aquellas provocadas por seres humanos que no reconocen su responsabilidad. Según Erikson, lo que causa el daño no es la naturaleza del acontecimiento sino la manera como las personas reaccionan a estos acontecimientos y el no reconocimiento del sufrimiento del otro.

¿Por qué en el caso analizado el reconocimiento sería central en la discusión pública sobre la memoria? Porque sin ese reconocimiento del daño no sería posible elaborar el duelo y construir una memoria sobre lo vivido (Gondar, 2012). En varios momentos Julían narro situaciones de madres indignadas, profundamente ofendidas por el hecho de las personas responsables por la muerte de sus hijos tuvieran una relación estrecha con la iglesia. Esas personas estaban ocupando espacios que eran cotidianamente habitados por aquellas madres y así la manifestación pública de perdón no parecía posible. Esto aumentaba la condición de vulnerabilidad en la que se encontraban.

Como afirma Jô Gondar (2012) en su lectura de Ferenczi, ''[...] reconocimiento es en primer lugar el reconocimiento de la vulnerabilidad de un sujeto'' (p. 202). Ese reconocimiento invoca el tema del perdón. Derrida reconocía en este gesto un acto político sin igual, como puede ser leído en la entrevista concedida a Aliette Armel (2004): ''Perdonar no es posible sino allí donde se perdona lo que es imposible perdonar [...]'' (p. 22, traducción nuestra). Es en este imposible que Derrida reconocería la expresión de un pensamiento político, esto es, aquel que crea nuevas condiciones de posibilidad, las cuales no serían dadas o reconocidas de antemano. Para él, un pensamiento político ''no realiza sino lo que los esquemas disponibles fracasan en anticipar'' (p. 22).

No podemos olvidar que el altar incluye tanto a las víctimas como a los verdugos. Lo que significa que hubo madres, hermanos, amigos que inscribieron allí sus seres queridos a pesar de estos haber sido responsables por la muerte de personas o por cometer delitos y crímenes. Ellos también reclamaban su derecho de hacer duelo y manifestar públicamente su sufrimiento por la pérdida. Esta pérdida acaba por mostrarnos que lo común entre los habitantes de Santo Domingo Savio era su vulnerabilidad. Como Judith afirma Butler (2006), ''la pedida nos reúne a todos en un tenue nosotros'' (p. 46). Lo común en este colectivo era la pérdida y la vulnerabilidad ante la violencia, era sobre este fundamento que Julián encontraba posible crear una idea de ''nosotros'', aquello que él llamaba ''familia de Santo Domingo Savio''. En cuanto a esta familia, podríamos reconocer en ella la ''comunidad afectiva'' de Jimeno (2010) o el ''nosotros'' de Butler (2006), o bien la ''comunidad de los sin comunidad'' de Bataille, sobre la cual escribiera Nancy (2008), Blanchot (1983) y Agamben (1993). En todos esos ejemplos, lo que conectaría a sus integrantes sería más que una identidad positiva, un reconocimiento de la falta que los toca, la vulnerabilidad y la batalla con la finitud.

Entre todas las personas que llevaron flores y encendieron velas en el mural había familiares y amigos de estos jóvenes. ¿Qué reflexión debería suscitar un joven que hace parte de un grupo armado e inscribe a sus amigos o parientes en la lista de sus muertos? ¿Hay duelos legítimos y otros ilegítimos? Butler se pregunta en cuanto a los diversos casos de violencia: ¿Quién contaría como ser humano? ¿Cuáles son las vidas que cuentan? ¿Qué hace que la pérdida de una vida sea digna de ser lamentada? Es sobre la base de la pérdida que marca a todos, que es posible formar un ''nosotros''. No obstante, podría ser medida la vulnerabilidad de cada uno de nosotros de la misma manera?

Al hacer la pregunta acerca de quién merece un luto y quién no lo merece, cuáles vidas merecen ser lloradas y cuáles no, el mural destacó las pérdidas como base para la construcción de una comunidad que podría ser denominada como política. Si la violencia había destrozado los lazos sociales, hacer público el sufrimiento y que lo mismo fuera reconocido por todos, permitiría reparar el tejido social a través de la configuración de una comunidad (Jimeno, 2010). Pero, qué sería lo común de esa comunidad?

 

3. El luto, la memoria y lo común

Una líder comunitaria afirmaba en una entrevista a un periódico local en el 2006: ''[el mural] era el recuerdo de una guerra pasada y en algo superada, en la que todos perdimos a alguien o algo, pero perdimos'' (Henao, 2006). En esta afirmación puede estar la clave para comprender la posición de Julián y de todos aquellos que incluyeron en el mural a sus amigos y familiares.

El mural era una oportunidad para dar sentido y orientación política al luto colectivo. Inscribir los nombres de sus muertos, de todos sus muertos, era reconocer e identificar el sufrimiento propio en el rostro del otro. La expresión pública de este sufrimiento que les era común, suprimía las relaciones de poder y coacción y los igualaba a todos en una misma posición.

Butler (2006) señaló la importancia de fijarnos en el hecho de que nuestra vida esta ligada a la vida de los otros. Como consecuencia, la vida nos reclama la habilidad para narrarnos a nosotros mismos a partir de una posición que no es la propia sino la de un tercero. Podemos preguntarnos si el mural de Santo Domingo Savio no nos coloca en la exigencia de esta perspectiva, del tercero, a partir de la cual nuestra narrativa sobre nosotros mismos sería sensiblemente modificada.

Las negociaciones y disputas, inscripciones y tachaduras, la elección de dejar o no allí los nombres, los conflictos de los nos hablan esos esos movimientos, connotan la relación con lo otro y con las exigencias que se originan desde este horizonte. ¿No sería nuestra vulnerabilidad y la pérdida que allí está implícita lo que se destacaría del escenario en el cual Julián nos hace ingresar? No sería, como Butler (2006), enfatiza, la tarea de duelo la que permitiría la constitución de una comunidad?

¿Qué podemos entender por luto? Butler (2006) afirma que el ''luto tiene que ver con la concordancia de sufrir una transformación, cuyo resultado no se sabe de antemano'' (p. 21) y que ''el luto contiene la posibilidad de aprender un modo de desposesión, lo que es fundamental para definir quién soy yo'' (p. 28). Aquí, es esta desposesión la que se presenta como perspectiva del tercero ya mencionada.

Sin que se quiera colocar en riesgo la distinción entre víctima y verdugo, el mural de Santo Domingo Savio innegablemente constituye un campo propio que tendería a ubicarse al margen de estas distinciones, incluso cuando su existencia revele los conflictos y posiciones que se distribuyen entre esos dos ''lados''. Ese ''colocarse al margen'' marcaría una brecha por la cual podríamos concebir tal vez una forma de comunidad. Como Butler (2006) ya se preguntó: ''¿A qué costo establecí lo familiar como criterio por el cuál la perdida de una vida humana merece ser llorada?'' (p. 38).

Al confrontarnos con el otro que la inscripción en el mural propicia, se abre un margen en el cual se constituye lo común —estar en el mural—, subvirtiendo la idea usual de lo que es familiar, pues verdugos y víctimas están allí. Aquel espacio sería la dimensión de pérdida lo que tocaría a todos. Lo familiar no sería lo más cercano, sino la vulnerabilidad que me liga al otro. Esa ''concordancia en sufrir una transformación'' que Butler asocia al luto, implica igualmente una concepción de sujeto que lo tome en su evanescencia, sin puntos excesivamente fijos de identificación —el bueno y el malo, por ejemplo—. De este modo, se reconoce en el sujeto la dimensión de figura, máscara, fábula, representación: nada, por tanto, que se traduzca por sustancia o posición dada de antemano (James, 2002). Esto es nada próximo a una idea de identidad como fija, acabada o cierta, de modo tal que inviabilice el desplazamiento para la posición del tercero, conforme al sentido de Butler.

Los análisis de Jean–Luc Nancy (2008) acerca de la comunidad y de su antinomia en cuanto que a certezas identitarias pueden ser de gran valor aquí. La comunidad en Nancy se caracteriza exactamente por la relación entre uno ''en común'' y otro ''no asimilado en una sustancia común'' (p. XXXVIII). Por lo tanto, sería en torno a la falta de identidad que se anuncia de esta formulación donde Nancy concibe su comunidad. Es esa falta de identidad que instauraría la posibilidad del encuentro con lo otro, entre víctima y verdugo, por ejemplo. Es lo que Agamben (1993, p. 22) denomina comunidad inessencial. En cuanto al mural, estar inscrito allí implicaría ese aspecto de disolución de la identidad —o de la subjetividad— en el cual el trazo común sería la pérdida que la muerte proporcionaría y no exclusivamente las oposiciones entre víctima y victimario.

Lo común, en este tejido, apunta para un tipo de disolución de la identidad, lo que también aparece en Nancy como expresión para el testimonio. Testimoniar sería demostrar la falta de identidad que me habita (Fynsk, 2008, p. XVIII). Agamben (2008) apunta para algo en esta dirección, cuando afirma que el verdadero testimonio es siempre vicario: el testimonio habla por aquel que no puede mas hablar, por haberse rendido. El sobreviviente habla por aquel que murió en el campo de concentración, por aquel que tuvo la verdadera experiencia de la finitud y que por eso mismo, ya no puede hablar sobre eso.

Roberto Esposito (2007) cita esa idea de comunidad como lugar de disolución de la identidad, en posición equivalente a la de Nancy. Para Esposito, la discontinuidad entre ''común'' y ''propio'' es lo más importante para pensar esa idea de comunidad. En sus palabras, ''la comunidad [está] vinculada no a uno más y sí a un menos de subjetividad'' (p. 18). Subjetividad, identidad, puntos de identificación fijos... Esposito crea una línea entre esas nociones a fin de distanciarse de ella. Es decir, es por esta vía que Esposito disocia la idea de comunidad de un principio identitario común. Es por esta vía igualmente que podríamos notar las fuerzas en juego en el mural y que se irradian a partir de este como posibilidades de establecimiento comunal. Lo común sería despojarse de la identidad que la comunidad suscitaría o, una vez más en palabras de Esposito: ''Si el sujeto de la comunidad no es mas el 'mismo', será necesariamente un 'otro'. No otro sujeto, sino una cadena de alteraciones que no se fija nunca en una nueva identidad'' (p. 18).

Podríamos indagar entonces: ¿Qué sería un común que no se revista con el sentido de lo idéntico? Posiblemente, una ''[...] 'comunidad' sin origen común'', tal como escribió Nancy (2000, p. 23), en la cual ''[...] lo que está faltando es exactamente el origen común del común'' (Nancy, 2000, p. 25). En el Mural de Santo Domingo Sávio, es la falta del ''origen común del común'' aquello que permitiría en un mismo espacio la inscripción de aquellos que en realidad, habrían tenido, en principio, representaciones sociales absolutamente distintas. No se trata, por fin, de borrar las diferencias, sino de reunirlas en una comunidad.

Vislumbrar el campo así ofrecería un sentido insólito a la palabra común. Al desplegar lo común de este modo, se abren nuevas líneas de posibles asociaciones. Un diálogo a partir de la diferencia, un encuentro marcado por la distancia, un posible que tendría como de fondo lo imposible. Como escribió Esposito (2007):

[...] el ser de la comunidad es el alejamiento, el aplazamiento, que nos relaciona con los otros en un común no–pertenecimiento. En una pérdida de sí mismo que no llega nunca a transformarse en ''bien'' común: común es apenas la falta, no la posesión, la propiedad, la apropiación (p. 19, énfasis nuestro).

Perder cualquier esperanza de un nombre propio a ser compartido, de una esencia que nos identifique, sea víctima o sicario, es en este punto que ''la comunidad [...] se torna toda común, sin barreras identificables, raciales o de otro tipo, que corresponden, al contrario, a la lógica de la idea, del discurso de la idea, o a la ideo–logía'' (Tarizzo, 2007, p. 34–35). Lo único común, aquí, sería apenas la falta, el no pertenecimento, la vulnerabilidad, tal como fue sintetizado por Esposito y por todos los demás autores congregados en este escrito.

 

Consideraciones finales

Los procesos de luto, muerte y memoria son culturalmente constituidos y socialmente compartidos, expresando una diversidad de valores sociales y significados culturales. En nuestro caso, el mural con los nombres de Santo Domingo Sávio problematiza la separación entre el sufrimiento de la persona directamente afectada y el sentimiento de luto colectivo; entre la memoria individual y la memoria colectiva; entre lo privado y lo público.

Al crear el mural, aquellas personas encontraron una manera de hacer público su dolor, crearon una narrativa de luto que buscaba brindar a las emociones un espacio en la esfera pública. La consideración de la muerte como injusta, el sentimiento de vulnerabilidad compartido por todos, hace que esa memoria que se construyó después de la muerte violenta hable tanto del individuo que sufre la pérdida como también de los otros, de un sentimiento que liga los unos a los otros.

Los rituales de luto, como formas de memoria y de conmemoración, dan lugar a formación de comunidades que tienen en común la identificación por la vía de la vulnerabilidad. Es en este sentido que las asociaciones hechas por Butler entre luto y desposesión o luto y transformación son de valor en la investigación realizada. Se trata de valorar el luto no en lo que este delimita en cuanto a puntos precisos de una identidad, sino más bien en aquello que permite reconocer la vulnerabilidad en cada uno de nosotros.

Es en esta vulnerabilidad en la que podemos reconocer uno de los nombre del ''común'', lugar de identificación horizontal, la idea de ''nosotros'' o de un tercero que refleja lo que reiteradamente se muestra fuera de un ''sí mismo'', ''individuo'', ''yo''.

Como fue visto, la formación de esta comunidad no está exenta de conflictos. La posibilidad o no de su creación está en el centro del debate. La memoria como espacio de luchas para narrar el pasado y definir el futuro también revela los conflictos por definir el ''nosotros'', quién merece ser recordado y quién no, lo que debe ser recordado y silenciado; qué narrativas pueden ser expresadas y cuáles no.

 

Notas

* El artículo es el resultado de la tesis de doctorado en Memoria Social, Universidad Federal del Estado de Rio de Janeiro (Unirio), Brasil: O que resta da adoção? O comum e o testemunho sobre a busca das origens, defendida en 2013, y Os vaga–lumes da memória: altares espontâneos e narrativas de luto em Medellín–Colômbia, defendida en 2014.

1 Sobre el conflicto armado en Colombia son muchos los textos y autores especializados. Sobre el tema sugerimos la lectura de Gozález Gil (2009) que logra de manera clara, suscinta y apoyada en una extensa bibliografía, presentar las complejidades e implicaciones del conflicto armado colombiano. También recomendamos el informe del Centro Nacional de Memoria Histórica (2013).

2 El Cartel de Medellín era una estructura criminal liderada por Pablo Escobar Gaviria que surge en la década de 1980, teniendo como actividad principal el narcotráfico. Sin embargo, el Cartel tuvo participación directa en el conflicto armado colombiano por la creación de grupos de autodefensa en aquel período. Su guerra contra el Estado colombiano, para evitar a extradición de los líderes del Cartel para los EUA, tuvo como consecuencia el incremento sustancial de la violencia y de las acciones terroristas en las ciudades. El Cartel corrompió sectores del gobierno, de los partidos políticos, de las fuerzas de seguridad y de la policía en el país. Con la muerte de Pablo Escobar en 1993, el Cartel de Medellín no desaparece, solo se modifica el mando y la forma de acción, para transformarse en La Oficina de Envigado (Salazar, 2001; Salazar y Jaramillo, 1992; Caycedo, 2012).

 

Referencias bibliográficas

1. Agamben, Giorgio. (1993). A comunidade que vem. Lisboa: Presença.

2. Agamben, Giorgio. (2008). O que resta de Auschwitz o arquivo e a testemunha: homo sacer III. São Paulo: Boitempo.

3. Alonso Espinal, Manuel; Giraldo R., Jorge y Sierra, Diego. (2006). Medellín el complejo camino de la competencia armada. En: De Gamboa, Camila (ed.). Justicia Transicional: teoría y praxis (pp. 435–465). Bogotá: Universidad del Rosario.

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