SECCIÓN TEMÁTICA: ESTUDIOS DE PAZ Y RESOLUSIÓN DE CONFLICTOS ARMADOS EN COLOMBIA

 

Oportunidades y desafíos del uso del patrimonio cultural inmaterial en la construcción de paz en el posconflicto. Implicaciones para Colombia*

 

Opportunities and Challenges of the Use of Intangible Cultural Heritage in Post–conflict Peacebuilding. Implications for Colombia

 

 

Cécile Mouly (Francia)1; Jaime Giménez (España)2

 

1 Ingeniera en Matemáticas y Física. Magíster en Estudios Avanzados en Matemáticas. Magíster en Estudios Diplomáticos e Internacionales. Doctora en Estudios Internacionales. Profesora–investigadora del Departamento de Estudios Internacionales y Comunicación en la Flacso–Ecuador. Correo electrónico: camouly@flacso.edu.ec

2 Licenciado en Periodismo. Licenciado en Ciencias Políticas. Especialista en Información Internacional y Países del Sur. Magíster en Relaciones Internacionales con mención en Seguridad y Derechos Humanos. Investigador del Departamento de Estudios Internacionales y Comunicación en la Flacso-Ecuador. Correo electrónico: jaimegsb1@gmail.com

 

Fecha de recepción: agosto de 2016

Fecha de aprobación: octubre de 2016

 

Cómo citar este artículo: Mouly, Cécile y Giménez, Jaime. (2017). Oportunidades y desafíos del uso del patrimonio cultural inmaterial en la construcción de paz en el posconflicto. Implicaciones para Colombia. Estudios Políticos (Universidad de Antioquia), 50. DOI: 10.17533/udea.espo.n50a15

 


RESUMEN

Este artículo analiza cómo el patrimonio cultural inmaterial puede contribuir a los procesos de construcción de paz durante periodos de posconflicto. Asimismo, pretende enriquecer el debate alrededor del actual proceso de paz en Colombia. La investigación utiliza una metodología cualitativa con técnicas de recolección de información como observación, entrevistas a expertos, comunicaciones con personas relevantes y análisis documental. Se argumenta que el uso del patrimonio cultural permite el mayor involucramiento de la población en la construcción de paz y apropiación del proceso; puede ayudar a reconstruir el tejido social afectado por la guerra y reducir la violencia cultural y estructural presente en sociedades de posconflicto; más específicamente, puede promover la justicia transicional, la reintegración social de los excombatientes y la transformación pacífica de los conflictos. A pesar de este potencial, el patrimonio cultural también puede perpetuar prácticas de exclusión hacia ciertos grupos sociales o ensalzar el uso de la violencia directa. Las etapas de posconflicto son propicias para acometer reformas en el patrimonio cultural inmaterial y hacerlo más inclusivo.

Palabras clave: Patrimonio Cultural Inmaterial; Construcción de Paz; Posconflicto; Cultura de Paz, Colombia.


Abstract

This article analyses how intangible cultural heritage can contribute to peacebuilding processes during post–conflict periods. In so doing, it aims at enriching the debate about the current peace process in Colombia. The research uses a qualitative methodology with data collection techniques, such as observation, interviews with experts, communications with relevant people, and documentary analysis. It argues that the use of cultural heritage enables a greater participation of the population in peacebuilding and a greater ownership of the process. It can help rebuild the social fabric affected by the war, and reduce the cultural and structural violence present in post–conflict societies. More specifically, it can promote transitional justice, the social reintegration of former combatants and the peaceful transformation of conflicts. However, despite this potential, cultural heritage can also perpetuate exclusionary practices against certain social groups or extol the use of direct violence. Post–conflict periods are propitious to carry out reforms in the intangible cultural heritage and to make it more inclusive.

Keywords: Intangible Cultural Heritage; Peacebuilding; Post–conflict; Peace Culture; Colombia.


 

 

Introducción

La cultura, como elemento vertebrador de la identidad común de las sociedades humanas, puede ser un instrumento para construir la paz en territorios donde han tenido lugar conflictos armados. Prácticas culturales como la música, el teatro, la literatura oral y escrita, las festividades o los rituales pueden ser vehículos para unir a una población dividida por la guerra. No obstante, en ocasiones la cultura puede tener una incidencia negativa al promover comportamientos que marginan a ciertos grupos o exaltan la violencia. En algunos países, los periodos de posconflicto propiciaron cambios culturales que enriquecieron el patrimonio cultural, haciéndolo más inclusivo y menos violento.1 Partiendo de ejemplos de diferentes regiones del mundo, conocidos de primera mano o a través de entrevistas a especialistas y revisión de fuentes secundarias, en este artículo analizamos cómo el patrimonio cultural inmaterial puede contribuir a los procesos de construcción de paz en el posconflicto.

Se tomaron como referentes los casos de Guatemala, Nepal y Burundi, países en los que uno de los autores vivió después de la firma de acuerdos de paz y para los cuales contamos con insumos de personas relevantes adquiridos mediante comunicaciones personales. También se examinaron ejemplos de países como Sudán del Sur, Mali o Afganistán, a través de entrevistas a expertos que trabajaron para la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco) en estos países durante periodos de posconflicto. Además de las comunicaciones personales con un guatemalteco, un colombiano, un nepalés y un burundeño por correo electrónico, se realizaron entrevistas semiestructuradas mediante teleconferencias individuales con cinco expertos. Se eligieron a los entrevistados por sus conocimientos de la temática y su experiencia de trabajo en contextos de posconflicto en diferentes partes del mundo. Todos con una sólida experiencia profesional en la temática tanto con la Unesco como con otras instituciones. Todas las fuentes contestaron a todas las preguntas a título personal y están citadas con pseudónimos para mantener su anonimato.

Adicionalmente, se examinaron experiencias recogidas en la literatura académica, como las de Uganda, El Salvador, Perú, Sierra Leona, Timor Oriental y Sudáfrica. La metodología de recopilación de datos, por tanto, abarca una combinación de observación, revisión de la literatura, comunicaciones personales con personas relevantes, que permite una triangulación.

Se construyó un marco de análisis novedoso al identificar tres grandes áreas en las que el patrimonio cultural inmaterial puede aportar a la construcción de paz en el posconflicto —mayor involucramiento y apropiación del proceso; reparación del tejido social; reducción de la violencia cultural y estructural—, y tres áreas más específicas —justicia transicional; reintegración social de excombatientes; transformación pacífica de conflictos—, y al analizar las limitaciones del uso de dicho patrimonio y las posibilidades de reformar este patrimonio en periodos de posguerra.

No se encontró en la literatura ningún esfuerzo similar, por lo que este artículo hace un valioso aporte a los estudios de paz y conflicto, y ofrece a los profesionales que trabajan en las áreas de construcción de paz o cultura insumos para potenciar el uso del patrimonio cultural inmaterial en la construcción de paz posconflicto, en especial en Colombia, preparándose para el escenario posterior a la firma de la paz con las principales guerrillas.

La Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial (Unesco, 2003) define el patrimonio cultural inmaterial como:

Los usos, representaciones, expresiones, conocimientos y técnicas —junto con los instrumentos, objetos, artefactos y espacios culturales que les son inherentes— que las comunidades, los grupos y en algunos casos los individuos reconozcan como parte integrante de su patrimonio cultural [los cuales] se manifiesta[n] en particular en los ámbitos siguientes: a) tradiciones y expresiones orales [...]; b) artes del espectáculo; c) usos sociales, rituales y actos festivos; d) conocimientos y usos relacionados con la naturaleza y el universo; e) técnicas artesanales tradicionales (Art. 2).

Por otra parte, la Convención sobre la Protección y la Promoción de la Diversidad de las Expresiones Culturales (Unesco, 2005) define la diversidad cultural como ''la multiplicidad de formas en que se expresan las culturas de los grupos y sociedades [y que se manifiesta] a través de distintos modos de creación artística, producción, difusión, distribución y disfrute de las expresiones culturales, cualesquiera que sean los medios y tecnologías utilizados'' (Art. 4). De esta forma, el término diversidad cultural da cabida también a nuevas expresiones culturales que no necesariamente están fundamentadas en un legado cultural tradicional. En este artículo nos referiremos al patrimonio cultural inmaterial. Sin embargo, se reconoce que esta no es una realidad inamovible y que existe una frontera borrosa entre el legado cultural del pasado y las nuevas expresiones culturales, las cuales también pueden contribuir a la construcción de paz en escenarios de posconflicto.

 

1. El potencial del patrimonio cultural inmaterial para la construcción de paz en el posconflicto

El patrimonio cultural inmaterial puede contribuir a la construcción de paz durante el posconflicto en al menos tres sentidos: primero, puede propiciar el mayor involucramiento de la población en el proceso y la mayor apropiación del mismo; segundo, puede ayudar a reparar las relaciones interpersonales destruidas por el conflicto armado y facilitar la reconciliación al promover una identidad común y fomentar la colaboración; tercero, puede ayudar a reducir la violencia cultural y estructural.

1.1 Mayor involucramiento y apropiación

Para ser exitosos, los procesos de construcción de paz en el posconflicto requieren que la población se apropie de los mismos (Donais, 2009; Lederach, 1997), esto permite que la población se comprometa con el proceso y lo sostenga a largo plazo (Funk, 2012). Ciertas prácticas culturales, como la música tradicional, tienen una amplia acogida y llegan a un gran número de personas por medio de la radio, la Internet o las fiestas, y pueden ser un vehículo clave para la paz ''al romper barreras sociales y enseñar habilidades para la participación social''. La Organización Teatral de Sudán del Sur, por ejemplo, usó la sátira en sus comedias para facilitar un debate público acerca de temas complejos como la situación política del país, que continúa siendo conflictiva a pesar de la firma de la paz entre el movimiento que dirige Sudán del Sur y el gobierno de Sudán en 2005 (Fanny, exconsultora de la Unesco, comunicación personal, julio 13, 2016). Además, el patrimonio cultural inmaterial, al ser un referente cercano, permite a los portadores usar herramientas familiares que sienten como propias y empoderarse para construir la paz. Por ser más accesible al público, su uso también posibilita que se involucren más personas (Funk, 2012).

Por otra parte, los procesos de construcción de paz no son monolíticos, deben reflejar la diversidad de la población afectada por la guerra. Efectivamente, la paz tiene diferentes significados para distintos segmentos de la población. En Guatemala, para los pueblos indígenas mayas, la paz significó en gran medida el reconocimiento de su identidad y de sus derechos como pueblo, tal como está estipulado en el Acuerdo sobre identidad y derechos de los pueblos indígenas (Gobierno de Guatemala y Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca, 1995), teniendo en cuenta que la discriminación racial fue una de las raíces del conflicto armado. Para los campesinos, la paz supuso, principalmente, una redistribución más equitativa de la tierra y el acceso a títulos de propiedad sobre la tierra que cultivaban (Mouly, 2004). Mientras tanto, en Colombia se habla de ''paz territorial'', es decir, de una paz que tome en consideración las diferencias locales (Jaramillo, 2014). En fin, la paz tiene una dimensión social y cultural, y debe abarcar a todos los integrantes de una sociedad afectada por la guerra con sus particularidades, por lo que es menester abarcar la diversidad cultural en los procesos de construcción de paz. El uso del patrimonio cultural inmaterial ayuda a alcanzar este propósito.

1.2 Reparación del tejido social

El patrimonio cultural inmaterial se compone de prácticas culturales y valores compartidos que pueden unir a la comunidad. Excepto en aquellos escenarios de fuerte división identitaria —como la que caracteriza a los conflictos etnopolíticos—, el patrimonio cultural inmaterial puede servir de ''conector'' entre las personas y contribuir a la construcción de una identidad común (Anderson y Wallace, 2013, p. 98). Puede ser un recurso fundamental para restaurar el tejido social y promover la reconciliación; en particular, puede facilitar la apertura de un diálogo entre las partes que se enfrentaron. Efectivamente, es más fácil ponerse de acuerdo en torno a la celebración de un festival o la preservación de un lugar sagrado, cuestiones que suelen gozar de un amplio consenso social y carecer de connotación ideológica. Este tipo de consensos puede abrir una puerta que lleve a la población a discutir y alcanzar acuerdos sobre temas más controvertidos (Martina, exfuncionaria de la Unesco en Mali, comunicación personal, junio 16, 2016).

Eventos culturales tradicionales han desempeñado este papel de ''conector'' en varias localidades colombianas y tienen el potencial de contribuir a la restauración del tejido social durante el periodo de posacuerdos. Uno de ellos es el concurso departamental de bandas musicales organizado cada agosto en Samaniego, Nariño (véase foto 1). Este municipio, fuertemente afectado por el conflicto armado, fue declarado territorio de paz en 1998. En 2004 el alcalde Harold Montúfar planteó el pacto local de paz que consistía en diez puntos que todos los grupos armados, estatales y no estatales, debían acatar. Entre estos puntos estaba el respeto del concurso de bandas musicales: ''El concurso de bandas musicales es un encuentro de paz'' (Lázaro, 2010). Otro ejemplo similar es el carnaval de negros y blancos que se celebra en enero en todos los municipios de Nariño. Durante los cuatro años del pacto local de paz se registraron treguas durante el concurso de bandas y el carnaval (Óscar, ciudadano de Samaniego, comunicación personal, marzo 21, 2016).

Foto 1. Mural Concurso Departamental de Bandas Musicales, Samaniego, Nariño.

 

 

Fuente: archivo personal.

El hecho de que los distintos grupos armados que operan en ese municipio —Ejército de Liberación Nacional (ELN), Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), grupos paramilitares, y luego neoparamilitares, y fuerza pública— hayan respetado estos eventos culturales permiten reflexionar sobre dos elementos: primero, se considera que este tipo de eventos culturales no favorece a ningún grupo en pugna y, por lo tanto, es difícil oponerse a su desarrollo; segundo, la población civil los valora mucho y, para ganarse su apoyo, los distintos grupos armados están dispuestos a hacer lo que estiman una concesión menor, no interferir en estas celebraciones; además, el amplio apoyo de los habitantes al concurso de bandas musicales, más allá de cualquier ideología, se puede aprovechar durante el posconflicto para contribuir a la restauración del tejido social dañado por la guerra.

De igual forma, en 2005 el corregimiento de Las Mercedes, Norte de Santander, fuertemente golpeado por la guerra, adoptó una Declaración de convivencia pacífica el 19 de diciembre que consistía en seis puntos que todos los grupos armados debían aceptar. En 2013 la comunidad, con el apoyo del sacerdote, acordó con las FARC —el grupo dominante allí— y la Policía que volverían a organizar anualmente la fiesta patronal en el parque central después de años sin poder realizarla. La plaza se había convertido en objetivo militar de las FARC después de que la Policía instalara allí un puesto temporal. La celebración de esta fiesta puede observarse como una forma de construcción de paz, al ser un espacio de convergencia entre todos los vecinos y al fomentar relaciones interpersonales sin violencia.

La organización anual del concurso departamental de bandas musicales en Samaniego y de la fiesta patronal de Las Mercedes sin interferencia de los actores armados ha dado esperanza a ambas comunidades y ha sido una poderosa señal de que quieren vivir en paz y continuar las prácticas culturales que valoran. En su estudio sobre comunidades de paz, Mary Anderson y Marshall Wallace (2013) argumentan que mantener estas prácticas sirve al menos para dos propósitos: a) mostrar la unidad de la población más allá de las divisiones generadas por el conflicto armado; y b) alentar a la población, mostrándole que la vida puede continuar como antes de la guerra.

Durante los conflictos armados, muchas prácticas culturales dejan de realizarse, ya sea por prohibición u otros motivos. Es importante que una vez finalizada la contienda se restauren esas prácticas para que las personas sientan que han vuelto a la normalidad. Por ejemplo, el final de la prohibición a las mujeres malienses del uso del peinado tradicional, impuesta por los rebeldes islamistas durante la guerra (2012–2013), ayudó a que los habitantes de la región septentrional del país superaran las secuelas de la guerra (Martina, exfuncionaria de la Unesco en Mali, comunicación personal, junio 16, 2016). Aun cuando sean específicas de una comunidad y no conciernan a una porción significativa de la población nacional, las prácticas culturales que trascienden las divisiones de los conflictos políticos y sociales desempeñan un rol esencial en los periodos de posconflicto al fomentar la unidad y la reconciliación. Se pueden aprovechar dichas prácticas para cimentar el proceso local de construcción de paz y darle mayor legitimidad. De acuerdo con el nepalés Suresh (comunicación personal, marzo 23, 2016), en su país, por ejemplo, los múltiples festivales culturales propios de cada grupo étnico, comunidad o religión con bailes y cantos, así como las bodas, ayudaron a acercar a la población dividida por su ideología política debido al conflicto entre la guerrilla maoísta y el Gobierno (1996–2006). Si bien el enfrentamiento incidió en estas prácticas —por ejemplo, al reducir la duración de las ceremonias de matrimonio—, se mantuvieron como un pilar fuerte de la sociedad que contribuyó a la restauración del tejido social. Como muestran los casos expuestos, los eventos culturales pueden contribuir a que la población se reúna y vuelva a interactuar, superando la desconfianza y los lazos rotos.

Al igual que los eventos culturales, la música tradicional puede acercar a las personas. En el norte de Uganda la música históricamente ha tenido mucha trascendencia. Al ser escuchada por casi toda la población, permitió acercar a grupos divididos por la guerra durante el infructuoso proceso de paz con la guerrilla del Ejército de Liberación del Señor (LRA) (2006–2008), así como a comunidades y élites. Por ejemplo, gracias a la música las vivencias de las comunidades llegaron a los oídos de los políticos y las partes en conflicto pudieron escuchar otras perspectivas sobre el conflicto armado. Esto facilitó la integración horizontal y vertical del proceso de construcción de paz (Lederach, 1997), es decir, el acercamiento entre sectores con visiones opuestas en la sociedad y entre las bases y el nivel más alto de liderazgo. Dicha integración es clave para el éxito del proceso.

Por otro lado, el patrimonio cultural inmaterial puede ayudar a las comunidades a encontrar una visión común del futuro basada en valores compartidos. El principio sudafricano de Ubuntu, que significa ''sentido de humanidad'', sirvió de guía para la reconciliación en Sudáfrica (Funk, 2012). El arzobispo Desmond Tutu, quien dirigió la comisión de la verdad sudafricana, definió el Ubuntu como la esencia del ser humano, el hecho de que ninguna persona vive aislada —todas están interconectadas— y que, por lo tanto, deben ser generosas (Tutu citado en Murithi, 2006). Igualmente, Nelson Mandela usó el término para enfatizar la necesidad de solidarizarse los unos con los otros durante el posconflicto (García, 2014). En general, las prácticas culturales tradicionales pueden facilitar el entendimiento entre grupos sociales, poner de manifiesto los rasgos comunes a toda la población y allanar el camino hacia la reconciliación (Fanny, exconsultora de la Unesco, comunicación personal, julio 13, 2016).

1.3 Reducción de la violencia cultural y estructural

El patrimonio cultural inmaterial también es un vehículo para abordar la violencia estructural, la cual se encuentra en las estructuras desiguales —formales e informales— de la sociedad, y la violencia cultural, que abarca los patrones culturales que legitiman y reproducen la violencia directa —física y psicológica— y la estructural. Abordar la violencia cultural y estructural es esencial para construir la paz, ya que coadyuvan la violencia directa (Galtung, 1990). Así, la paz no es solamente el fin de los enfrentamientos armados, sino un proceso de transformación de las estructuras sociales y los patrones culturales que propician la violencia.

Las prácticas culturales pueden contribuir indirectamente a la reducción de la violencia cultural, al ofrecer un referente de prácticas compartidas basadas en la convivencia pacífica y la colaboración, en lugar del enfrentamiento y la competencia que suelen prevalecer en tiempos de guerra (Anderson y Wallace, 2013, p. 98). En especial, la representación de la transformación pacífica de los conflictos por medio de las artes del espectáculo puede enseñar a la población cómo abordar conflictos sin recurrir a la violencia y así remediar la violencia cultural. En 2005, en un municipio burundés asolado por casos de linchamientos como forma de justicia popular, el grupo escénico Tubiyage, usando la metodología del teatro del oprimido y basándose en las tradiciones locales, presentó una obra que impactó fuertemente a un centenar de líderes de diferentes sectores sociales del municipio que asistieron a la misma, al mostrar cómo transformar un conflicto sin usar la violencia y lograr la reconciliación de las partes enfrentadas mediante la colaboración y el apoyo de la comunidad (véase foto 2). Al igual que se ha culpado a la exposición a programas de televisión violentos por la violencia cometida por niños, también se puede atribuir comportamientos más pacíficos a la exposición por prácticas culturales que apuntalan valores de paz. Análogamente, experiencias colombianas como la del teatro por la paz de Tumaco pueden transmitir valores de paz y transformar la mente del público.

Foto 2. Al final de la obra teatral de Tubiyage en Tangara, Burundi.

 

 

Fuente: archivo personal. * Obra presenciada por uno de los autores, quien observaba la implementación de la paz en esta área en misión con Naciones Unidas. Tomar cerveza de sorgo simboliza la reconciliación.

Además, el patrimonio cultural inmaterial puede permitir abordar la violencia estructural al dar voz a los sin voz. En la región peruana de Ayacucho, con un alto porcentaje de población indígena que sufrió las consecuencias del conflicto armado entre Sendero Luminoso y el Estado, un grupo de mujeres indígenas víctimas del enfrentamiento, que habían sido silenciadas durante la guerra, empezó a reunirse regularmente durante la posguerra y a usar su tradición oral para expresar su sufrimiento (Barrios y Suárez, 2016). Lo mismo sucedió durante el periodo de posconflicto posterior a la caída de los Talibán (2001) en Afganistán, cuando las mujeres aprovecharon su rol de portadoras de la tradición oral para hacer escuchar su voz como forma de resistencia frente a la violencia estructural (Martina, exfuncionaria de la Unesco en Mali, comunicación personal, junio 16, 2016). De igual manera, a través de representaciones artísticas como el teatro, la música o los murales los jóvenes de comunidades afectadas por la guerra han encontrado un camino para manifestar sus agravios de manera pacífica y ser escuchados, como recuenta Mario, quien trabajó con la Unesco durante el posconflicto en Guatemala (comunicación personal, agosto 10, 2016). Estas prácticas culturales han permitido a los sin voz contar su historia en sus propias palabras y encontrar sus soluciones. Así, el patrimonio cultural puede contribuir a empoderar a miembros de grupos tradicionalmente marginados, a cambiar las percepciones que otras personas tienen de ellos y a un mayor reconocimiento de grupos históricamente excluidos. Esta mayor visibilidad podría incluso propiciar medidas legales, institucionales o políticas a favor de estos grupos.

 

2. El uso del patrimonio cultural inmaterial en la justicia transicional, la reintegración de excombatientes y la transformación pacífica de conflictos locales

Tras revisar los aportes del patrimonio cultural inmaterial a la construcción de paz en general, en esta sección se examina cómo puede contribuir a tres procesos clave para la construcción de paz en el posconflicto: la justicia transicional, la reintegración de los excombatientes a la vida civil y la transformación pacífica de los conflictos locales. Abordamos cada uno sucesivamente.

2.1 Justicia transicional

El patrimonio cultural inmaterial puede ayudar a la población a superar las secuelas de la guerra y la pérdida de seres próximos y ha sido usado en procesos de justicia transicional. Según Fanny (exconsultora de la Unesco, comunicación personal, julio 13, 2016), las prácticas culturales utilizadas por la población durante generaciones permiten expresar más fácilmente los agravios sufridos y así buscar justicia. Los sierraleoneses realizaron rituales para ''limpiar'' los lugares donde ocurrieron atrocidades durante la guerra (1991–2002). Estos rituales permitieron superar las secuelas del enfrentamiento, reforzar los vínculos entre vecinos y lograr una mayor identificación ciudadana con el proceso de construcción de paz. Dicho esto, no todas las prácticas culturales desempeñaron un rol positivo durante la posguerra en Sierra Leona. En algunos casos los rituales reprodujeron patrones de violencia y exclusión, en particular hacia las mujeres (McIntyre, 2012), un punto que se desarrollará en la siguiente sección.

En Guatemala los rituales usados en procesos de justicia transicional reforzaron la cohesión social de las comunidades mayas impactadas por la guerra (Beristaín, Páez, Rimé y Kanyangara, 2010). Desde la firma de la paz en 1996, los pueblos mayas realizan ceremonias anuales en lugares sagrados para conmemorar a las víctimas del conflicto armado interno y recalcar que no puede repetirse lo sucedido (Nelson, comunicación personal, marzo 21, 2016). Algo similar ocurrió en Sudán del Sur, donde la música tradicional del pueblo dinka sirvió para dar testimonio público de algunas masacres y supusieron una forma de ''justicia transicional desde abajo'' (Impey, 2014, p. 4). En Timor Oriental la Comisión de la Verdad y Reconciliación usó mecanismos consuetudinarios de justicia restaurativa en los casos menos graves de violación de derechos humanos para fomentar la reconciliación y reparar a las personas afectadas (Wallis, Jeffery y Kent, 2016). En particular, la Comisión se apoyó en el lisan, un conjunto de normas legales, éticas, espirituales y ecológicas que han regido tradicionalmente el comportamiento social de los timorenses. A pesar de tratarse de un sistema normativo criticado por reproducir desigualdades de clase y género (Cummins, 2015), esta herramienta consuetudinaria facilitó la justicia transicional tras el conflicto armado (1974–1999).

En el caso de las mujeres indígenas de Ayacucho, el uso de la narración como forma ancestral de expresión oral colectiva permitió reivindicar la memoria de familiares asesinados o desaparecidos y contrarrestar aquellas vejaciones que argumentaban que las víctimas eran miembros de la guerrilla (Barrios y Suárez, 2016). En cuanto a Colombia, ciertas comunidades usaron su música tradicional —vallenatos o bullerengues— para contar las graves violaciones de derechos humanos sufridas por sus seres queridos durante la guerra (Sierra, 2016). Además, cuando el patrimonio cultural inmaterial ha sido blanco de los grupos armados, en especial en conflictos etnopolíticos pero también en el caso de las comunidades indígenas en Guatemala y Colombia (Madariega, 2016), la restauración de dicho patrimonio puede servir de medida de reparación colectiva simbólica para devolver la dignidad a las comunidades mancilladas (Sierra, 2016).

2.2 Reintegración social de los excombatientes

El patrimonio cultural inmaterial puede facilitar la reintegración de excombatientes a la vida civil. En Sierra Leona las comunidades usaron rituales para reintegrar a los excombatientes (McIntyre, 2012). Mientras tanto, en el norte de Uganda varias canciones ayudaron a reducir la estigmatización de los desmovilizados: Okwera Nono —Me rechazas por nada— fue una de las que tuvo mayor impacto en este sentido. Narra la historia de los niños reclutados forzosamente por el LRA y obligados a cometer atrocidades y pide al público ponerse en los zapatos de estos niños que son tanto victimarios como víctimas. Esta canción permitió romper con las narrativas dominantes y facilitó la reintegración de los niños combatientes al promover un mejor entendimiento de su situación (Opiyo, 2015) (véase foto 3).

Foto 3. Jeff Korondo cantando Okwera Nono.

 

 

Fuente: tomada de Music for Peace Uganda (s. f.).

En Kenia también se usó el patrimonio cultural para facilitar la reintegración de jóvenes que acudieron a luchar en el conflicto de la vecina Somalia y que luego regresaron al país. El Gobierno delegó en los ancianos locales, ''los guardianes de la cultura'', este proceso de reintegración (Peter, funcionario keniano de la Unesco, comunicación personal, julio 6, 2016). El ejecutivo promovió una amnistía para aquellos excombatientes que pidieran perdón públicamente y solicitó a los ancianos, con más legitimidad que el Estado a ojos de las comunidades, liderar el proceso. En el caso colombiano, canciones de rap y vallenato creadas por víctimas del conflicto permitieron a excombatientes sentir empatía con las víctimas, facilitando su reintegración social (Pinto, 2014). Así, el patrimonio cultural puede ser ''una herramienta muy poderosa para integrar a la gente, especialmente a aquellos que han participado en un conflicto'' (Peter, funcionario keniano de la Unesco, comunicación personal, julio 6, 2016).

2.3 Transformación pacífica de los conflictos

Las instituciones tradicionales, como los ancianos, también pueden contribuir a la transformación pacífica de los conflictos locales. El burundeño Émile (comunicación personal, marzo 21, 2016) explicó que en su país los bashingantahe, líderes tradicionales, desempeñaron un rol esencial en el posconflicto, dirimiendo conflictos de tierras y disputas entre vecinos. Ayudaron a iniciar procesos de intermediación y fungieron como testigos de los acuerdos logrados para evitar tergiversaciones posteriores.2 Ruanda, igualmente, usó los bashingantahe en el proceso de justicia transicional después del genocidio, mediante tribunales consuetudinarios —gacaca—(Rettig, 2008).

Casos similares se han dado en otros países africanos como Mali con los griots o Sudán del Sur con los consejos de ancianos, figuras que aluden a líderes tradicionales con una fuerte legitimidad para abordar conflictos locales. En ambos países, estos desempeñaron papeles clave en la transformación pacífica de los conflictos, fomentando una justicia restaurativa que favoreció la reconciliación después de la guerra. No obstante, también afrontaron desafíos para adaptar la tradición a nuevas realidades (Martina, exfuncionaria de la Unesco en Mali, comunicación personal, junio 16, 2016).

Tradicionalmente en Burundi, después de tener una disputa, las personas involucradas o las comunidades debían compartir algo para reconciliarse. Esta costumbre evolucionó, y actualmente compartir cerveza de sorgo en un ánfora de barro se ha vuelto una práctica común de reconciliación para superar las secuelas de la guerra y abordar los múltiples conflictos locales que surgieron tras la firma de la paz (Émile, comunicación personal, marzo 21, 2016) (véase foto 2). De forma parecida, durante el posconflicto en Sierra Leona, compartir nueces de kola se convirtió en un símbolo de acuerdo logrado entre partes en conflicto (McIntyre, 2012).

Aun cuando no existan referentes de mecanismos de transformación pacífica de los conflictos en la cultura local, esta puede servir de base para la creación de herramientas con este propósito, ya que en la cultura se pueden encontrar valores comunes y principios que guían a las comunidades hacia la transformación pacífica de los conflictos, la paz y la justicia. Ejemplo de ello es el Ubuntu mencionado en el caso sudafricano. En Colombia existen experiencias exitosas de mediación que se apoyan en la cultura local, como las del Consejo Regional Indígena del Cauca o del Consejo Comunitario Mayor de la Asociación Campesina Integral del Atrato (ACIA) (Hernández, 2013).

 

3. Posconflicto: ¿una oportunidad para reformar el patrimonio cultural inmaterial?

Los contextos de posconflicto son propicios para cambios culturales (McIntyre, 2012) y para reformar prácticas tradicionales. Así, la posguerra en Nepal permitió a las mujeres empoderarse y desempeñar un rol más activo en las ceremonias de matrimonio (Suresh, comunicación personal, marzo 23, 2016). En el pueblo zande en Sudán del Sur los jóvenes se empoderaron y comenzaron a decidir con quién contraer matrimonio, rompiendo con la práctica tradicional en la que los padres elegían las parejas de sus hijos (Fanny, exconsultora de la Unesco, comunicación personal, julio 13, 2016). El fin de la guerra en Guatemala cambió el carácter militarista de las celebraciones por el Día de la Independencia: hasta la llegada de la paz, los jóvenes salían a las calles cada 15 de septiembre para marchar al son de bandas castrenses; después, nuevos ritmos como la samba se adueñaron de las celebraciones, transformando los antiguos desfiles marciales en bailes cívico–festivos (Mario, comunicación personal, agosto 10, 2016).

En efecto, el patrimonio cultural no es una realidad inamovible, sino cambiante, siendo producto de una evolución histórica (Vera, comunicación personal, julio 5, 2016). Según la Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial (Unesco, 2003, Art. 2), este ''se transmite de generación en generación [y] es recreado constantemente por las comunidades y grupos en función de su entorno, su interacción con la naturaleza y su historia''. Es importante ser consciente de ello para sacar provecho del mismo sin quedarse atado al pasado.

En particular, algunas prácticas tradicionales marginan a ciertos grupos sociales, como mujeres, indígenas o jóvenes, quienes deben ser incluidos en el proceso de construcción de paz para lograr una paz incluyente y duradera. Whitney McIntyre (2012) encontró que en Sierra Leona varias prácticas tradicionales eran excluyentes, especialmente hacia las mujeres, pero observó que muchas prácticas tradicionales cambiaron durante la posguerra y que las mujeres adquirieron mayores espacios de participación. De manera parecida, ciertas expresiones culturales legitiman la violencia directa, como los himnos guerreristas de algunos países o ciertos eventos culturales. Por consiguiente, el patrimonio cultural inmaterial tiene que ser visto como un recurso expuesto a potenciales críticas y la construcción de paz a menudo requiere ''un equilibrio entre la innovación cultural y la continuidad cultural'' (Funk, 2012, p. 400).

Adicionalmente, los periodos de posconflicto pueden fomentar la creación de prácticas culturales que llegan a formar parte del patrimonio cultural inmaterial de un país o una comunidad con el tiempo. En Guatemala, varias prácticas surgieron tras la firma de la paz. Desde entonces, por ejemplo, cada día en el Palacio Nacional de la Cultura se designa a una persona por sus méritos para colocar una rosa blanca, la ''rosa de la paz'', en un monumento que representa dos manos entrelazadas, recordando el conflicto armado y aspirando a que no se repita. No obstante, la cultura militarista continúa implantada en la mentalidad guatemalteca, como muestra el hecho de que cadetes armados custodien la rosa de la paz (Mario, comunicación personal, agosto 10, 2016; Nelson, comunicación personal, marzo 21, 2016) (véase foto 4).

Foto 4. Cambio de la rosa de la paz en Quetzaltenango.

 

 

Fuente: tomada de César Cruz (2014, diciembre 29).

Durante la posguerra, el gobierno salvadoreño promovió elementos culturales comunes, como la bandera, el himno y otros símbolos de la identidad nacional, para ayudar a la sociedad a superar los efectos de la división producida por el conflicto. Sin embargo, debido a los abusos cometidos anteriormente por el Estado mucha gente desconfiaba del Gobierno, por lo que el Ejecutivo se alió con la Unesco para promover valores ciudadanos de paz. Esta alianza generó una combinación de elementos culturales tradicionales y externos, potenciando una reflexión de la sociedad sobre sus prácticas culturales y unas modificaciones de las mismas. Los maestros de escuela salvadoreños, que debían transversalizar los valores del programa gubernamental apoyado por la Unesco, no relacionaban la identidad nacional con valores universales que subyacen a una cultura de paz, sino con elementos del pasado salvadoreño, incluyendo su historia prehispánica y colonial, que tenían más resonancia. Además, en un país pequeño como El Salvador, donde las superpotencias se inmiscuyeron en la guerra, durante el periodo posterior muchas personas temían la interferencia de actores externos y tenían recelo a aceptar ideas foráneas (DeLugan, 2005).

Este caso, por consiguiente, es útil para reflexionar sobre la importancia de los valores y prácticas culturales heredados, las posibilidades de interacción con normas internacionales que pueden aportar al patrimonio cultural inmaterial, así como sobre los obstáculos para generar cambios profundos debido a legados del pasado. También muestra que no se puede imponer un modelo de paz desde afuera, sino que la paz debe cimentarse en la cultura local. A pesar de los esfuerzos internacionales para promover valores ''universales'', la población tiene como referentes sus propios valores y prácticas culturales que inciden en cualquier intento externo de promover un modelo liberal de paz, modelo que suele guiar las intervenciones internacionales de apoyo a la construcción de paz en el posconflicto (Richmond, 2011; Mac Ginty, 2010; 2011).

Sudán del Sur ofrece otro ejemplo de las fricciones entre patrimonio cultural local y normas universales. Tras la firma del acuerdo de paz que puso fin al enfrentamiento entre Norte y Sur de Sudán y que resultó en la independencia de Sudán del Sur en 2011, muchos habitantes de las regiones fronterizas vieron cómo se trazó una línea divisoria en las tierras que tradicionalmente habían usado para alimentar a su ganado. El nacimiento de la frontera internacional impidió que pueblos dedicados al pastoreo pudieran migrar junto a su ganado como era su costumbre. No obstante, más tarde se buscaron nuevos acuerdos dirigidos a que la población rural de la frontera norte de Sudán del Sur pudiera moverse con libertad a lo largo de la frontera, en un esfuerzo por construir una paz que reconociera el patrimonio cultural de los pueblos de la zona (Fanny, exconsultora de la Unesco,comunicación personal, julio 13, 2016).

Por otro lado, puede resultar difícil superar patrones culturales heredados y erradicar la violencia cultural arraigada en prácticas culturales tradicionales. En este sentido, ciertos elementos del patrimonio cultural obstaculizan el cambio. Volviendo al caso salvadoreño, el legado del pasado repercutió en la efectividad del programa gubernamental apoyado por la Unesco. A pesar de los esfuerzos colosales por inculcar valores democráticos en las escuelas del país como aportes a una cultura de paz, varios años después de la firma de la paz el apoyo de los salvadoreños a la democracia estaba disminuyendo (DeLugan, 2005). Por tanto, el patrimonio cultural inmaterial evoluciona, pero frecuentemente se trata de un proceso lento en el que la guerra y otras formas de violencia dejan sus huellas.

 

Conclusiones e implicaciones para el caso colombiano

En este artículo se expuso cómo los procesos de construcción de paz durante el posconflicto en varios países se apoyaron en el patrimonio cultural inmaterial, incluyendo festividades, rituales e instituciones tradicionales, permitiendo el mayor involucramiento y la mayor apropiación por parte de la población local. En este patrimonio se rescataron principios y valores de paz, así como elementos que contribuyeran a reforzar los lazos entre ciudadanos y transformar los conflictos de manera pacífica. El patrimonio cultural también ayudó a las poblaciones afectadas por la guerra a superar las secuelas de los enfrentamientos armados y la pérdida de seres queridos, así como a reintegrar a excombatientes. En cierta medida, sirvió para abordar la violencia cultural y estructural que subyace a la violencia directa.

Sin embargo, ciertas prácticas culturales tradicionales son excluyentes, legitiman la violencia y pueden obstaculizar la construcción de paz. Por otro lado, los periodos posteriores a la firma de la paz son propicios para reformar estas prácticas y hacerlas más incluyentes. Esto no significa hacer borrón y cuenta nueva: ''los procesos de reforma en cualquier cultura casi siempre implican escrudiñar las tradiciones en búsqueda de valores fundacionales que pueden ser entendidos y aplicados de manera nueva, proveyendo un puente entre pasado y futuro'' (Funk, 2012, p. 406). En consonancia, en este artículo se expusieron ejemplos en los que la población fue moldeando sus prácticas culturales y valores como resultado del proceso de construcción de paz en el posconflicto, así como de la interacción con ideas externas en el caso salvadoreño.

Colombia tiene un rico patrimonio cultural inmaterial. En este artículo se señalaron algunos ejemplos de ello. Convendría rescatar prácticas culturales que promuevan la paz y den a la población oportunidades de expresarse. En particular, la música tradicional puede desempeñar un papel clave en la construcción de la paz (Luján, 2016). La experiencia del Norte de Uganda apunta a al menos cuatro papeles fundamentales que dicha música podría desempeñar en el posconflicto: a) educación, al promover valores de convivencia pacífica, no violencia y respeto que contribuyan a una cultura de paz; b) voz, al dar voz a grupos tradicionalmente silenciados y al expresar el sentir de las comunidades; c) memoria, al recordar los agravios ocurridos para que no se repitan y los elementos positivos que fomentaron la cohesión de la población y acercan a grupos divididos por la guerra; y d) sanación, al ayudar a la población a superar las secuelas de los enfrentamientos y animarlos a construir un futuro mejor (Opiyo, 2015).

Por otra parte, el patrimonio cultural inmaterial de comunidades específicas es un recurso clave para la construcción de paz, al menos por dos razones: primero, su uso permite acercar la paz a las comunidades y abarcar la diversidad territorial y cultural del país, de tal modo, la paz puede ser construida entre todos y la población puede sentirla suya; segundo, este patrimonio muchas veces incluye valores de paz o prácticas que fomentan la unidad, reconciliación y transformación pacífica de los conflictos, se podría sacar provecho de ello para la construcción de paz.

Finalmente, la construcción de paz en el posconflicto ofrece oportunidades para reformar el patrimonio cultural inmaterial en Colombia. Este patrimonio no debe ser considerado permanente. Es posible enriquecerlo al incorporar nuevas voces y perspectivas para que más personas se reconozcan en él. Así podrá desempeñar un mejor papel en la construcción de la paz y acercar la paz a la población, facilitando su apropiación y, por tanto, haciéndola más sólida y sostenible.

 

Notas

* El artículo se deriva de una ponencia presentada en el Cuarto Encuentro sobre Patrimonio Cultural, organizado por la Fundación Gavia y la Universidad de los Andes con el apoyo de la Confederación Suiza, el 28 de abril de 2016 en Bogotá. Es producto de una investigación apoyada por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso)–Ecuador y se enmarcan en el grupo de investigación en Paz y Conflicto, al que ambos autores pertenecen.

1 En este artículo se utiliza el término posconflicto o su sinónimo posguerra por su uso predominante en los estudios de paz y conflicto. Con esto nos referimos al periodo posterior a la firma de la paz por parte de los principales grupos armados involucrados en una guerra o al periodo posterior a la victoria de alguno de los grupos beligerantes que resulte en el cese del enfrentamiento armado. En Colombia muchos académicos se refieren a un periodo de posconflicto futuro como periodo de posacuerdo o posacuerdos.

2 Uno de los autores presenció la transformación pacífica de un conflicto local por medio de los bashingantahe después de la firma de la paz, en 2005.

 

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