Pablo Montoya. Investigación, imaginación y poesía

Carmenza Uribe Bedoya*

Resumen


*Química, M.Sc. Profesora jubilada dela Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la Universidad de Antioquia



Tres pintores europeos del siglo XVI protagonizan la trama de Tríptico de la Infamia, novela con la que Pablo Montoya, profesor de la Universidad de Antioquia, ganó el prestigioso premio Rómulo Gallegos en 2015. En esta, como en sus demás novelas, el autor exhibe una inteligente mezcla historia-ficción y un diálogo permanente entre el pasado y el presente que le da un toque invaluable a su obra, porque solo se completa nuestra interpretación de la realidad presente si se conoce el pasado.

Las novelas de Pablo Montoya son el producto de horas de búsqueda y creación. La investigación realizada para escribirlas está lejos de la imagen estereotipada del investigador del siglo XXI porque se ha desarrollado en bibliotecas, museos y archivos históricos de ciudades europeas y americanas y se ha enriquecido con pasajes y personajes ficticios. De la mano de Pablo Montoya, el investigador, penetramos en la construcción de sus novelas, en las que además de historia e imaginación hay poesía.

Hay varias clases de novelas históricas. Algunas son un reflejo de hechos pasados, mientras otras tienen abundante ficción. ¿Dónde ubicaría usted sus novelas?

Hay dos formas de novelar históricamente, una es respetar el pasado y la otra es reinventarlo a partir de la imaginación literaria, que es lo que yo hago. No me atengo sólo a lo que pasó, sino que hago un filtro, porque en mis novelas construyo artefactos literarios, no artefactos históricos. Me apoyo en la verdad literaria, y como estoy rastreando el pasado, leo, investigo, trato de saber lo acontecido, para utilizarlo a mi modo; por eso en mis novelas hay un continuo diálogo entre pasado y presente.

Tríptico de la Infamia es una novela conmovedora en muchos sentidos, con un soporte histórico sólido, una versión de los hechos valiente, y hermosamente escrita. ¿Cómo construyó esta novela?

Uno hace una novela como hace un edificio, poniendo primero las bases; hay que ponerlas bien. Por eso, escribir una novela como esta, me significó un gran trabajo, esfuerzo y concentración, porque yo sabía que debía construir una sólida morada literaria. Tenía que darles unos pilares, una caracterización a los personajes, una propuesta de escritura poética y en cierta medida erudita; una escritura sometida a la exactitud de la palabra y a la perfección de la frase. Descubrí los pintores del Tríptico en París cuando era estudiante de doctorado en literatura: Jacques Le Moyne, cartógrafo y pintor de Diepa, François Dubois, pintor de Amiens y Théodore de Bry, grabador de Lieja.

Al leer sus obras se deduce que detrás hay una intensa búsqueda en el pasado. Hablemos de esta novela. ¿Por qué se llama Tríptico y cómo se desarrolló la investigación que la produjo?

La novela está dividida en tres partes y cada una está dedicada a los pintores que escogí. Se llama Tríptico aludiendo al tríptico pictórico: es posible observar cada parte independiente de las otras, o mirarlas en conjunto. La novela está escrita buscando ese guiño con el contexto pictórico: cada una de sus partes se puede leer como una novela breve, pero también pueden leerse en conjunto, porque las tres partes tienen hilos conductores entre ellas.

Jacques Le Moyne y Théodore de Bry poseen un vínculo muy fuerte con el descubrimiento del nuevo mundo y con la conquista, y por eso comencé a investigar sobre ellos desde la perspectiva académica. Encontré que son conocidos en el contexto francés, inglés o alemán, pero menos conocidos en el contexto hispanoamericano porque fueron protestantes. Leí abundante material bibliográfico en libros, bibliotecas y archivos y lo fui acumulando durante la década de los 90. Al principio no sabía muy bien qué iba a hacer con esto. En el año 2011 había viajado y leído suficiente como para sentarme y pasar toda esa información investigativa de índole académica por el filtro de la invención y de la imaginación literarias. Así nació Tríptico de la Infamia.

Impacta al lector el hecho de que cada parte del Tríptico tiene un narrador diferente. La segunda parte, la de Dubois, es la única narrada en primera persona. ¿Qué pasa con François Dubois?

Dubois es, de los tres, el que menos se conoce. Es el pintor más espectral, el más fantasmagórico. Encontré muy poca información sobre él. Se sabe que es el autor de un cuadro célebre, una tabla al óleo que ilustra una escena de la masacre de San Bartolomé; un detalle de este cuadro es la portada de mi novela en la edición de Random House. También se sabe que nació en Amiens, vivió en París, lo sorprendió allí la masacre de San Bartolomé en la cual perdió a su familia y luego se exilió en Ginebra donde trabajó aisladamente como dibujante. Además dejó un pequeño testamento de dos páginas que tuve la oportunidad de leer en el museo cantonal de Bellas Artes de Lausanne. A partir de esta poca información construí la parte de François Dubois. Me interesaba mostrar el gran desamparo de este pintor que estuvo estremecido por las guerras de religión, su vida vapuleada, su obra destruida, por eso escribí esta parte en primera persona, para hacer una fusión entre la vida del pintor de la que se conoce poco, y mi propia vida. Lo que le otorgué a François Dubois en la novela fue un cuerpo, una sensibilidad, una mujer, un hijo. La infancia de Dubois es mi infancia; en la relación con su madre, es mi madre la que está allí; la manera como él comprende el amor erótico, es mi comprensión.

Un fragmento memorable en el Tríptico es el encuentro del narrador con Théodore de Bry. Hablemos de este grabador.

Yo tenía información sobre de Bry pero sabía que debía pulirla. Con una beca del DAAD me fui a terminar esta parte en Fráncfort, porque él había vivido allí, pero no encontré nada porque la memoria histórica se perdió en el bombardeo de 1944. Lo que encontré de de Bry está en la Biblioteca Nacional de Francia y en la Universidad de Lieja, en la Galería Wittert. En la tercera parte del Tríptico hay un narrador que va paseando por Europa buscando a de Bry, y a veces es el narrador quien le da la voz al artista. Es un diálogo permanente entre el siglo XXI y el siglo XVI el que origina los encuentros del narrador con de Bry en Lieja, ciudad donde nació el grabador, y en Fráncfort, ciudad donde murió. Pero es en Londres en donde de Bry conoce a Le Moyne, envejecido y enfermo. Conoce sus láminas sobre los indígenas, le propone usarlas y con ellas elabora grabados en cobre que ilustran sus libros.

En sus obras hay un ritmo especial: una dinámica que mantiene pegado al lector de principio a fin.
¿Cómo empieza y cómo termina sus novelas?

El Tríptico lo tenía hacía mucho tiempo en la cabeza y sabía dónde terminaba: con de Bry. Sabía que no podía empezar con Dubois, porque era la parte más intensa y desoladora. Tenía que empezar con Le Moyne en cuya historia está el viaje a América y podía atrapar más al lector. Cuando me siento a escribir ya tengo todo preparado, el cuerpo de la novela, sus divisiones, sus líneas narrativas. Empiezo escribiendo bocetos en libretas, estas primeras ideas están llenas de maraña, pero de pronto aparece la frase que va a jalonar toda la escritura y digo: “aquí está!”, entonces me aferro a esa frase, y paso en limpio el fragmento. Después viene un largo proceso de limpieza y guardo la novela en una gaveta por un tiempo. Luego la muestro a lectores amigos. Mi esposa Alejandra es la primera en leerla. Luego vienen amigos a quienes aprecio, como Ernesto Machler, a quien dedico el Tríptico. Ambosson correctores implacables, n o perdonan nada. Luego, con Tríptico, se la di a leer a Juan Carlos Orrego, escritor y antropólogo y, con su aprobación, la pasé al editor.

Hay poesía en su obra. En la primera parte del Tríptico se lee: “El cielo tenía una coloración perla que lo hacía ver como una continuación alucinada del mar”. ¿Cómo llega la poesía a sus novelas: para atrapar al lector, porque simplemente le gusta, o porque hay en usted un poeta del que no puede escapar?

Es muy posible que sea por todo eso. Creo que el motor de la literatura es la poesía. Sin poesía la literatura es mustia, aburrida. Algunos de los escritores colombianos, están despojados de poesía y por eso producen una literatura un poco marchita. Es una literatura vertiginosa que atrapa al lector pero a la que le falta encanto. El caso mío trata de ser diferente. Desde niño fui lector de poesía y las grandes novelas que me han estremecido están estimuladas por la poesía, por ejemplo El Extranjero de Albert Camus, Memorias de Adriano de Marguerite Yourcenar, Bomarzo de Manuel Mujica Lainez, El siglo de las luces de Alejo Carpentier, Cien años de soledad de García Márquez, Pedro Páramo de Juan Rulfo, Doctor Zhivago de Boris Pasternak. Es probable que en mí se haya encontrado un poeta extraviado.

Finalmente, hay un sentimiento de pesimismo en su obra. ¿Por qué?

Yo tengo una inclinación hacia la desesperanza que me ha acompañado desde que era niño hasta ahora y eso se nota en los libros. Mi obra está atravesada por lo que siento cuando veo la realidad del mundo, la de Colombia, lo que hemos hecho con el planeta. Mi manera de enfrentar todo esto es el arte, es escribir.

 

Ilustración Lina Moreno





Lejos de las luces que iluminan a los grandes escritores del momento, la obra de Pablo Montoya va ganando lectores debido a su solidez, a su coherencia y a esa ingeniosa manera de enlazar historia y ficción. Una obra sostenida en la investigación, enriquecida con imaginación y llena de poesía. Una obra difícil de olvidar.









































Fotografía cortesía Pariódico Alma Máter








































“La novela está dividida en tres partes y cada una está dedicada a los pintores que escogí. Se llama Tríptico aludiendo al tríptico pictórico: es posible observar cada parte independiente de las otras, o mirarlas en conjunto”.

-Pablo Montoya














































Ilustración Lina Moreno








































En esta, como en sus demás novelas, el autor exhibe una inteligente mezcla historia-ficción y un diálogo permanente entre el pasado y el presente que le da un toque invaluable a su obra, porque solo se completa nuestra interpretación de la realidad presente si se conoce el pasado.


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