Naturalizar


“Naturalizar” la ideología neoliberal: educar en el habitus capitalista*

"Naturalize" the neoliberal ideology: educate in the capitalist habitus

“Naturalizar” a ideologia neoliberal: educar no habitus capitalista

Enrique Javier Díez Gutiérrez**

DOI: 10.17533/udea.esde.v76n168a09

*Artículo de reflexión. Título del proyecto de investigación del cual se deriva: Los valores transmitidos en la formación inicial del profesorado; Grupo de investigación: Educación, Ciudadanía, Inclusión, Igualdad e Interculturalidad ECIII; Investigador principal: Enrique Javier Díez Gutiérrez. Institución financiadora del proyecto: Universidad de León (España); Fecha de terminación de la investigación: 2014.

**Profesor de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de León, España; Doctor en Ciencias de la Educación. Licenciado en Filosofía. Diplomado en Trabajo Social y Educación Social. Maestro de Primaria. Su último libro publicado es Neoliberalismo educativo (Octaedro, 2018); Línea de investigación: Especialista en organización educativa, desarrolla su labor docente e investigadora en el campo de la educación intercultural, el género y la política educativa. al que pertenece el autor. Correo electrónico: enrique.diez@unileon.es ORCID: 0000-0003-3399-5318

Resumen

Este trabajo analiza cómo se está educando una nueva subjetividad neoliberal adaptada a la sociedad del capitalismo avanzado en que vivimos y el papel que juega la educación en dicha reconfiguración. Pasado el tiempo de la conquista por la fuerza, llega la hora del control a través de la persuasión. La dominación es más profunda y duradera en la medida en que el dominado es inconsciente de serlo. Razón por la cual, a largo plazo, para todo imperio que quiera perdurar, el gran desafío consiste en domesticar las almas. La eficiencia del sistema neoliberal reposa fundamentalmente en el proceso de interiorización colectiva que asume ampliamente la lógica del sistema, que se adhiere “libremente” a lo que se le induce a creer. La ideología neoliberal se instala en el sistema educativo mediante la lógica del emprendimiento que convierte el egoísmo en impulso vital y trascendental. Las reformas educativas que se están implantando en buena parte del mundo, siguiendo las directrices de organismos económicos internacionales de clara orientación neoliberal, introducen esta lógica en los actuales sistemas educativos. La última reforma educativa española, la LOMCE, es un buen ejemplo de ello. En este artículo se analizan algunas de sus claves.

Palabras clave: neoliberalismo educativo; uberemprendimiento; pedagogía del egoísmo; capitalismo emocional.

Abstract

This paper analyses how a new neoliberal subjectivity is being adapted to the society of advanced capitalism we live in as well as the role that education plays in this reconfiguration. Now that conquest by force is a thing of the past, control is exercised by means of persuasion. Domination is more deep-rooted and lasting when the person dominated is unaware of it. This is why, in the long-term, the challenge for every empire that desires to endure is to subjugate the people’s will. The efficiency of the neoliberal system lies primarily on a process of collective internalisation of the system’s logic, so that people “freely” abide by what they have been led to believe. Neoliberal ideology permeates the education system through the logic of entrepreneurship that transforms self-interest into an essential, transcendental drive. The educational reforms being introduced throughout much of the world, following guidance of clearly neoliberal international economic organisations, are inserting this logic into current education systems. The latest Spanish educational reform, the LOMCE, is a good example of this. The present article analyses some of its key aspects.

Key words: educational neoliberalism; uber-entrepreneurship; pedagogy of selfishness; emotional capitalism.

Resumo

Este artigo analisa a forma como está sendo educada uma nova subjetividade neoliberal adaptada à sociedade do capitalismo avançado onde vivemos e o papel que desempenha a educação em tal reconfiguração. Após o tempo da conquista pela força, chega o momento do controle através da persuasão. A dominação é mais profunda e duradoura na medida em que o dominado é inconsciente de sê-lo.  Razão pela qual, a longo prazo, para todo império que quiser perdurar, o grande desafio consiste em domesticar as almas. A eficiência do sistema neoliberal assenta fundamentalmente no processo de interiorização coletiva que assume amplamente a lógica do sistema, que adere “livremente” ao que é induzido a acreditar. A ideologia neoliberal instala-se no sistema educativo por meio da lógica do empreendimento que torna o egoísmo em impulso vital e transcendental. As reformas educativas que estão sendo implantadas em grande parte do mundo, seguindo as diretrizes de organismos econômicos internacionais com uma clara orientação neoliberal, introduzem esta lógica nos atuais sistemas educativos. A última reforma educativa espanhola, a LOMCE, é um bom exemplo disso. Neste artigo analisam-se alguns dos seus segredos.

Palavras-chave: neoliberalismo educativo; uber-empreendimento; pedagogia do egoísmo; capitalismo emocional.

Introducción

Lo que el capitalismo se dio cuenta en la era neoliberal, argumenta el filósofo Byung-Chul Han (2014), es que no necesitaba ser duro, sino seductor. El control y la vigilancia ya no se tienen que imponer, nos lo autoimponemos y lo difundimos. Se trata de “naturalizar” la ideología neoliberal. Convertirla en normalidad y disciplina cotidiana. Apple, Facebook o Instagram no nos lo impusieron, nos hicieron jugar ese papel nosotros mismos. “Por nuestra propia voluntad, ponemos toda la información concebible acerca de nosotros en Internet” (Han, 2014, p.63), de forma “libre” y voluntaria. La eficiencia de este sistema reposa fundamentalmente en este proceso de interiorización colectiva que asume ampliamente la lógica del sistema, que se adhiere “libremente” a lo que se le induce a creer.

A nadie parece molestarle, mostrando en la mayoría de las ocasiones una indiferencia cómplice o, en todo caso, desesperanzada. Han colonizado nuestro pensamiento, nuestros deseos y esperanzas. Parafraseando al teórico marxista Antonio Gramsci (1981), cuando la clase dominada asume la ideología de la clase dominante, no se necesitan ejércitos de ocupación, porque ya han conquistado nuestras almas: la ideología que sostiene y cohesiona a un determinado grupo social se hace hegemónica cuando sus valores y creencias pasan a formar parte del imaginario colectivo, logrando que su visión de la realidad y las soluciones que proponen sean consideradas de sentido común.

Las sociedades occidentales actuales han abandonado el modelo disciplinario (Foucault, 1975; Foucault, 2006) y, en contraste, han adoptado como principal herramienta de control social requiere la participación activa de los involucrados (Hardt & Negri, 2002). El sistema neoliberal nos educa para “elegir libremente”, incluso desear, pertenecer a su engranaje. La nueva explotación es amada. El “opio del pueblo” es el propio sistema.

Esta ideología neoliberal se ha convertido así en una “racionalidad” productora de cierto tipo de manera de vivir y de relaciones sociales, de cierta forma de comprensión del mundo y de un imaginario social, de un tipo, en definitiva, de subjetividad determinada (Foucault, 2004; Ong, 2007) que hace de la competencia una forma general de comportamiento personal y social que guiará todas las relaciones humanas (Laval & Dardot, 2013). Esta remodelación de la subjetividad “obliga” a cada persona a vivir en un universo de competición generalizada, organizando las relaciones sociales según el modelo del mercado y transformando incluso a la propia persona, que en adelante es llamada a concebirse y a conducirse como una empresa, un emprendedor de sí mismo.

Esto explica porqué a pesar de las consecuencias catastróficas a las que han llevado las políticas neoliberales desde hace 30 años, éstas son cada vez más activas, hasta el punto de hundir a los estados y las sociedades en crisis políticas y regresiones sociales cada vez más graves y que se haya profundizado en ellas sin tropezar con resistencias masivas que las impidan.

La tesis principal que se expone en este artículo plantea cómo la ideología neoliberal, “razón instrumental” del capitalismo contemporáneo, estructura y organiza, no sólo la acción de los gobernantes, sino que educa también la conducta, el comportamiento y las aspiraciones de los propios gobernados, a través de las nuevas reformas educativas (impulsadas por organismos internacionales de marcada orientación económica neoliberal) que contribuyen a construir una nueva subjetividad neoliberal mediante la interiorización de la lógica del sistema, que induce a “adherirse libremente” a él. Se impulsan para ello mecanismos y estrategias en el terreno de la educación que se desarrollan y analizan a continuación.

La Pedagogía del egoísmo

La sociedad nunca se hubiera "convertido" voluntariamente o espontáneamente al modelo neoliberal mediante la sola propaganda del modelo. Ha sido preciso pensar e instalar, "mediante una estrategia sin estrategias", los tipos de educación del espíritu, de control del trabajo, del reposo y del ocio, basados en un nuevo ideal del ser humano, al mismo tiempo individuo calculador y trabajador productivo.

El paso inaugural consistió en inventar el “ser humano del cálculo” individualista que busca el máximo interés individual, en un marco de relaciones interesadas y competitivas entre individuos. Esta subjetividad neoliberal está marcada por un discurso que alega que la búsqueda del interés propio es la mejor forma mediante la que un individuo puede servir a la sociedad, donde el egoísmo es visto casi como un “deber social” y las relaciones de competencia y mercado se naturalizan (Ginesta, 2013; Torres, 2017). La finalidad del ser humano se convierte en la voluntad de realizarse uno mismo frente a los demás. El efecto buscado en este nuevo sujeto es conseguir que cada persona considere que autorrealizarse es intensificar su esfuerzo por ser lo más eficaz posible, como si ese afán fuera ordenado desde el interior por el mandamiento imperioso de su propio deseo. Se desarrolla un habitus (Bourdieu, 1984), un esquema a partir de los cuales las personas aprenden a percibir el mundo y actuar en él. Son las nuevas técnicas de fabricación de "la empresa de sí".

La empresa se convierte así, no sólo en un modelo general a imitar, sino que define una nueva ética, cierto ethos, que es preciso encarnar mediante un trabajo de vigilancia que se ejerce sobre uno mismo y que los procedimientos de evaluación se encargan de reforzar y verificar. De esta forma cada persona se ha visto compelida a concebirse a sí misma y a comportarse, en todas las dimensiones de su existencia, como portador de un talento-capital individual que debe saber revalorizar constantemente (Laval & Dardot 2013). El primer mandamiento de la ética del emprendedor es "ayúdate a ti mismo". Y sus tablas de la ley se rigen por la competencia como el modo de conducta universal de toda persona, que debe buscar superar a los demás en el descubrimiento de nuevas oportunidades de ganancia y adelantarse a ellos. La gran innovación de la tecnología neoliberal consiste, precisamente, en vincular directamente la manera en que una persona "es gobernada" con la manera en que "se gobierna" a sí misma.

No se trata sólo de la conversión de los espíritus; se necesita también la transformación de las conductas. Esta es, en lo esencial, la función de los dispositivos de aprendizaje, sumisión y disciplina, tanto económicos, como culturales y sociales, que orientan a las personas a “gobernarse” bajo la presión de la competición, de acuerdo con los principios del cálculo del máximo interés individual.

De este modo se ordena al sujeto que se someta interiormente, que vigile constantemente sobre sí mismo, que trabaje sobre sí mismo con el fin de transformarse permanentemente, de conseguir una mejora de sí, de volverse cada vez más eficaz en conseguir resultados y rendimientos. La economía se convierte en disciplina personal.

Aparece el 'doer'. Ser ‘doer’ se convierte en tendencia.  El 'doer' es una persona luchadora que consigue lo que quiere y no le importa sacrificarse hasta límites insospechados porque su meta es lo primero. Es el nuevo héroe, la nueva heroína, de la “clase trabajadora” porque aguanta sin dormir y a base de cafeína para trabajar como si fuera el dueño de la empresa, pero cobrando como un becario, o incluso pagando por trabajar y adquirir la experiencia laboral. Una nueva forma de convertir la explotación y la pobreza en una manera de ser emprendedor y superarse a sí mismo (Cantó, 2017).

Estas técnicas de gubernamentalidad y control se apoyan en las disciplinas y corrientes del “cuidado de sí”, desde el coaching, al pensamiento positivo, pasando por la programación neurolingüística (PNL), el análisis transaccional y múltiples procedimientos vinculados a una escuela o un gurú, que le ayudan al emprendedor, al ‘doer’, a conseguir un mejor dominio de sí mismo y de adaptación de las propias emociones al estrés, la precariedad y los despidos. Saberes psicológicos, con un léxico especial, autores y autoras de referencia, métodos particulares, modos de argumentación de aspecto empírico y racional y un ingente negocio que se introduce en la educación.

Psicoeducación performativa

De esta forma, la biopolítica foucaultiana, el control panóptico exterior (Foucault, 2006), es continuada por la psicopolítica neoliberal, en la que el control pasa al interior y se gestiona desde la emoción. El panóptico (pos) moderno es voluntario, en donde los sujetos se desnudan y revelan su vida y su interioridad de forma global, en un ágora virtual poblada fundamentalmente de espectadores y consumidores. En esta sociedad de la transparencia (Han, 2013) todo el mundo conforma el panóptico. Se conforma de esta manera una sociedad fragmentada en una infinidad de unidades aisladas y narcisistas, que se autoexplotan pero se creen libres, incapaces de unirse para la acción colectiva, para la política efectiva, donde tecleamos como clickactivistas en lugar de actuar. La explotación asumida en lógica Facebook: “me gusta” (Beni, 2017). Triunfa el management emocional, la psicología positiva y los coach para afrontar el estrés, la precariedad e inseguridad laboral, conteniendo y encauzando así las protestas y las luchas colectivas.

El coaching emocional, el “sí se puede” de la psicología positiva y los manuales de referencia al “estilo” Paulo Coelho (2010), sirven para gestionar la frustración de grandes contingentes de población afectados por los despidos masivos derivados de los procesos de deslocalización y de reestructuración de las empresas y ayudan a autorregular la conciencia opresiva de ser un trabajador o trabajadora explotado y precarizado. El entrenamiento, mediado por la emocionalidad, impide reconocer los mecanismos de sometimiento, en los que las relaciones de explotación son obviadas, permitiéndole sentirse un colaborador libre y proactivo.

Son las nuevas competencias de biopoder y colonización mental demandadas a la educación: “Si usted vive en condiciones de miseria y no es feliz, la culpa es suya y lo que tiene que hacer es cambiar su actitud” (Galindo, 2017, p.119). Se trata de entrenarse para cambiar la percepción antes que intentar cambiar las condiciones de vida. Salir de nuestra “zona de confort” e interpretar nuestras dificultades como una oportunidad de realización personal, porque "si lo crees, lo creas". Como si el paro, la enfermedad o la exclusión pudieran esfumarse haciendo un pequeño esfuerzo de reelaboración emocional y gestión personal, porque "el problema de fondo es de actitud personal ante los problemas". Métodos que animan a la servidumbre voluntaria.

Se presentan como técnicas pragmáticas de transformación de las personas orientadas a resultados, empezando por el trabajo de auto-persuasión, en virtud del cual cada uno debe creer que los recursos necesarios para evolucionar se encuentran en sí mismo. La fuente de la eficacia está en el interior de uno mismo. Los problemas, las dificultades, se convierten de este modo en una ‘auto-exigencia’, pero también en una ‘auto-culpabilización’, ya que somos los únicos responsables de lo que nos sucede. De hecho, las “crisis” se convierten en auténticas oportunidades de demostrar la valía personal y la capacidad de recuperación.

La industria de la automotivación se ha ido así expandiendo, extendiendo el mantra de la capacidad de autosuperación y el desarrollo personal, aprendiendo a vivir la servidumbre como si fuera una actividad liberadora. La misión de la vida es tener éxito y demostrar constantemente que se es feliz; nada puede impedir conseguir los sueños; no hay excusas. Cada día es el último y se debe luchar como si no hubiera mañana, hay que deshacerse de todo lo que estorba, soltar lastre. Convertirse en un “doer”, sin tiempo siquiera para comer, descansar un instante, dormir o tomar un café, en una situación de asfixia continua, viviendo al límite, estando siempre ocupado. En un panorama laboral y social fragmentado y competitivo, con una precariedad que mantiene al borde del precipicio, la ideología de la automotivación, junto con el consumo de psicofármacos (su consumo se ha triplicado desde que comenzó la crisis económica internacional), hace hoy la función de lo que ayer era el capataz que vigilaba el destajo en la fábrica, exprimiéndonos y deseándolo incluso. Hoy es el propio deseo, acoplado al deseo del capital que, junto con el miedo a quedarse atrás y solo, coloniza la mente colectiva. Son “los juegos del hambre” revestidos con lenguaje de coaching, que nos han reconvertido en accionistas de nuestra propia fuerza de trabajo, somos nuestras propias marcas, vendiéndonos continuamente, en una constante reconversión industrial de nuestro propio yo (Moruno, 2015).

La explotación por otros queda así interiorizada. Ya no se trata solo de ejercer el poder mediante la coacción sobre los cuerpos, los pensamientos y los comportamientos, sino que debe acompañarse del deseo individual, donde cada persona se involucre y participe activamente en lo que Han (2012) llama la “explotación voluntaria de sí mismo” hasta la extenuación. Es incluso mucho más eficiente que la explotación ajena, porque va unida a la idea de libre elección, haciendo que las personas se “autoexploten” a la vez que se piensan como “libres”.

El emprendimiento se instala como modelo y horizonte de expectativas. Se pretende edificar un nuevo marco cognitivo alrededor de la concepción de que el emprendimiento, marcado por la lógica del interés propio y la competición, reedición del mito del “sueño americano”, pero un sueño convertido en pesadilla de autoexplotación, es el ideal a perseguir. La ideología neoliberal consagra los intereses privados como socialmente deseables, con el reiterado argumento indemostrado hasta ahora de que una parte de los beneficios del emprendedor que persigue sus intereses propios terminan redundando y goteando hacia el bienestar colectivo. El interés propio es así legitimado y defendido. Frente al bien público se alza el afán privado. La iniciativa privada y el emprendimiento se convierten casi en un deber social.

El emprendimiento se convierte simultáneamente en una tecnología de control del yo (Foucault, 2004) a través de la introyección subjetiva de la culpa, convirtiendo a las propias víctimas en culpables de la situación que sufren: “hay mucho desempleo porque faltan emprendedores”, “deja de perder el tiempo enviando currículos para encontrar trabajo, tú mismo puedes ser autónomo, crea tu propia empresa” (Hernández, 2017, pár.9). La falta de empleo se convierte en un problema personal de incapacidad. Quien fracasa es doblemente fracasado porque se busca convencerle que es culpable de su fracaso, si no es suficientemente emprendedor (Bolívar Botía, 2014).

Peor aún. Asistimos así a una completa inversión de la crítica social: mientras que hasta los años 70, el paro, las desigualdades sociales, todas las “patologías sociales” eran relacionadas con el capitalismo, desde los años 80 estos mismos males han comenzado a ser sistemáticamente atribuidos a lo público. Ronald Reagan hizo de ello un eslogan: “el Estado no es la solución, es el problema”. Según la ideología neoliberal, los servicios públicos mantienen la irresponsabilidad, la falta del aguijón indispensable de la competencia individual. La gratuidad de los estudios empuja a la vagancia. Las políticas de redistribución de los beneficios desincentivan el esfuerzo. El “estado providencia” desmoraliza y destruye el esfuerzo personal. Disuade a los pobres de tratar de progresar, desresponsabilizándoles, disuadiéndolos de buscar trabajo, de formarse, de ocuparse de sus hijos e hijas, haciéndoles preferir el ocio al trabajo, lo cual les lleva a perder la dignidad y la autoestima. No hay más que una solución: la supresión del Estado de Bienestar y la reactivación de la caridad, en último extremo, de la familia y las ONGs en todo caso, para aquellos casos más problemáticos, obligando a las personas, para evitar la deshonra, a asumir sus responsabilidades, a recuperar su orgullo.

Las ayudas proporcionadas a las personas más necesitadas generan dependencia de los demás y las alejan del cumplimiento de sus obligaciones. El Estado de Bienestar coloca a las personas ante un enorme riesgo moral, pues evita que tengan que asumir las consecuencias de sus actos. (Moya, 2014, 67)


Uberemprendimiento

Pero esta nueva ideología del emprendimiento (Ararat Herrera, 2010), se traduce en realidad en prácticas de explotación sin límites y sin fronteras. El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires impulsaba recientemente una reforma de educación secundaria en la que establece que, en el último año de formación, las y los estudiantes deberían trabajar gratis para empresas la mitad de su tiempo escolar, justificándolo como “prácticas profesionalizantes” y el otro 50% sería destinado al desarrollo del “emprendedurismo” (Pike, 2017).

En el actual escenario laboral de neoliberalismo salvaje, se avanza hacia la progresiva uberización del modelo emprendedor (Beni, 2017). La uberización empresarial (Nurvala, 2015; Constantine, Gebauer, & Bartsch, 2019) es la inculcación del modelo neoliberal de trabajo y precarización vital, promovido por multinacionales y plataformas, falazmente llamadas colaborativas, como Uber, Cabify o Deliveroo, en donde el capitalista ya no precisa ni arriesgar su capital, y en el que los trabajadores y las trabajadoras se aprestan a generar beneficios para estas plataformas, asumiendo todo el riesgo, felices y contentos de no ser ya “clase trabajadora”, sino avispados emprendedores (Valenduc, 2019).

Es el nuevo modelo de emprendedor: en todo caso con contratos de prestación de servicios, en jornadas sin fin, sin cotización ni vacaciones, ni baja por enfermedad, ni ascensos. Constituye una economía informal que no paga impuestos, ni se hacen declaraciones de IRPF, ni hay pagos a la Seguridad Social; donde los jefes son algoritmos y la clase trabajadora deja de tener un salario, para pasar a funcionar emitiendo, con suerte, sus propias facturas; donde la protección frente a contingencias como la enfermedad o la discapacidad quedan excluidas, pero tampoco son contemplados los necesarios periodos de descanso o vacaciones, la conciliación de la vida laboral y familiar y cada “falso autónomo” se hace responsable de poner todos los recursos, materiales y medios necesarios para realizar el encargo, pero aun así la empresa o plataforma (Uber de transporte por conductores, Deliveroo de entrega de comida a domicilio, o Airbnb de alojamiento turístico) cobra su parte. Se produce así una transferencia total del riesgo a la clase trabajadora. Bienvenidos a la explotación 3.0, utilizando la tecnología para la hiperprecarización laboral: gestionar repartos, sin tener en nómina a un solo repartidor. "Consigue ingresos adicionales, sé tu jefe y define tu horario", así se anuncian este nuevo emprendimiento 3.0.

Parece tomar cuerpo la distopía que narraba Isaac Rosa (2017) de forma a la vez irónica y dramática: “¡Pon a trabajar tus horas de sueño!”, donde se propone aprovechar como “colaborador libre” los miles de horas que pasamos durmiendo para trabajar en un sueño colaborativo, mediante la aplicación Udream, consiguiendo de paso un dinero extra. Udream, lo último en la revolución de la economía colaborativa, asegura sarcásticamente.

En la línea de todas aquellas plataformas digitales que en numerosos sectores y empresas han reformulado las rígidas relaciones laborales de antaño, cuando un hospital tenía médicos (¡contratados todo el tiempo, y con un sueldo fijo!), un colegio profesores, un avión azafatas, o un banco empleados (¡y sucursales, qué locura!), con lo natural que hoy nos parece que un enfermo contacte directamente con un médico y fijen libremente el precio de la consulta; o que todo el que esté capacitado para enseñar pueda compartir sus conocimientos con todo el que esté interesado en aprender; o que sean los propios pasajeros de un avión los que den las instrucciones de evacuación y ofrezcan la venta a bordo (a cambio de un irresistible descuento en el billete); o que un banco cuente con telecolaboradores como los tiene hoy cualquier empresa que necesite un servicio de atención al cliente (que antes obligaban a costosas oficinas o teleoperadores contratados). (Rosa, 2017, pár.7)


La avaricia y la explotación, transformadas en empleo precario y neoesclavitud, se cobija bajo estas empresas cínicamente denominadas de “economía colaborativa”. Este último escalón para conseguir extraer el máximo beneficio apropiándose del trabajo ajeno, ha supuesto una especie de “mercantilización del comunismo” (Han, 2014). La economía colaborativa, una fórmula originalmente casi altruista, de vuelta al sentido solidario del trueque de bienes y servicios, surgida como una opción de la ciudadanía ante el mercantilismo para ampliar la oferta, ahorrar y conseguir un desarrollo sostenible1, ha sido transformada en el nuevo cuerno de la abundancia, por un capitalismo emprendedor 3.0 que ya no nos somete, sino que se nos ofrece como una nueva vía de libertad individual y voluntaria (Beni, 2017). Esta es la esencia oculta del “emprendedurismo”.

La presión se está convirtiendo en insoportable: si no emprendes, no eres nadie. Eres responsable de construir tu propio futuro. En un entorno de coworking, rodeados de frases positivas y glamurosas al estilo Paulo Coelho —quien le teme al fracaso, le teme al éxito—, buscan “cumplir su sueño” y emprender. Convertirse en el arquitecto de los propios sueños y éxitos (Sefa Dei, 2019). El objetivo no es otro que descargar en la persona toda la responsabilidad de su futuro laboral. Ante el derrumbe del modelo de empleo estable y la precariedad organizada como sistema, se desplaza el riesgo y la responsabilidad a cada individuo, que debe hacer de su capacidad de empleabilidad una premisa frente a un mercado de trabajo inestable e inseguro por sistema.

De esta forma ya no se trata de cambiar el modelo laboral de precariedad y temporalidad instaurado por las reformas laborales de los gobiernos conservadores y neoliberales al servicio del sector empresarial y las corporaciones multinacionales, sino que cada uno ha de convertirse en “inversor y accionista” de su propia fuerza de trabajo y como tal debe actuar, haciendo de su vida un proceso de reconversión industrial continuo (Beck, 2000; Pérez Tapias, 2008; Moruno, 2015). Quizá sea la frase de la canción del rapero Nega —Perdedor, ¿por qué no emprendes? — la radiografía más certera de la sociedad neoliberal que se está construyendo con este modelo educativo.

La ubereducación emprendedora

Hacer una reforma educativa con la idea de formar trabajadores competitivos en el mercado local y global, no es simplemente una forma estrecha de entender la educación (Plaza, 2014), sino que es una inversión completa de los principios y valores en que se fundamenta todo sistema educativo: formarse como profesional es algo necesario, pero subordinado a la prioridad fundamental de cualquier sistema educativo, formarse como persona y ciudadano o ciudadana crítica para avanzar en la construcción de una sociedad más sabia, justa y cohesionada.

Pero las reformas educativas que se están implantando en buena parte del mundo (Darder, 2019) se orientan al servicio del mercado, siguiendo las directrices de organismos económicos internacionales de clara orientación neoliberal (Banco Mundial, FMI, OMC, OCDE, etc.). La última reforma educativa española es un buen ejemplo de ello.

La nueva ley educativa española, la LOMCE, en su preámbulo inicial o exposición de motivos, que sintetiza la ideología que subyace a la ley, establece que la educación deberá estar especialmente al servicio del sistema productivo, de la competitividad y de la empleabilidad. La educación se plantea así, en esta ley, como un factor dependiente de los procesos económicos y enfocada a potenciar esos procesos, anteponiendo las necesidades de los mercados.

Esta ley incluye entre sus objetivos “afianzar el espíritu emprendedor para el desempeño de actividades e iniciativas empresariales”. Un “espíritu emprendedor” que se inculcará tanto de forma transversal (todas las asignaturas deben fomentarlo) como específicamente mediante asignaturas de Iniciación a la Actividad Emprendedora y Empresarial en ESO y Economía de la Empresa en Bachillerato.

En los contenidos establecidos por el Ministerio de Educación se muestra también, de forma rocambolesca, este inusitado interés por meter a calzador el “emprendimiento educativo” sea donde sea. Así, en la asignatura de Filosofía de 1°de Bachillerato, la nueva ley educativa LOMCE propone estándares de evaluación que parecen sacados de la antología del disparate metafísico hispano: “Conocer el modo de preguntar radical y mayéutico de la metafísica para diseñar una idea empresarial y/o un plan de empresa utilizando habilidades metafísicas y gnoseológicas para conocer y comprender la empresa como un todo, facilitando los procesos de cuestionamiento y definición clara de las preguntas radicales y las respuestas a las mismas, como ¿qué somos?, ¿qué hacemos?, ¿por qué?, ¿para qué sirve esta empresa?, ¿cuál es nuestra misión?, ¿cuál es su sentido, su razón de ser? o “Conocer las técnicas del diálogo filosófico, la retórica, la filosofía del lenguaje y la metafísica para la resolución de negociaciones y de conflictos empresariales”.

El profesorado se siente desbordado buscando “fórmulas” de satisfacer los requisitos exigidos por la administración educativa para introducir el emprendimiento en su labor docente cotidiana. Incluso en las edades más tempranas de la educación infantil se ven compelidos a ir más allá del desarrollo de destrezas psicomotrices elaborando figuras de arcilla o plastilina. Tienen que buscar una estrategia para darle un carácter “emprendedor” a cualquier actividad (Kumar, 2019). De tal manera que se anima al alumnado infantil a crear un circuito comercial de venta de las figuras elaboradas, iniciándoles “pedagógicamente” en el “libre mercado” y la competición mercantil. De esta forma, niños y niñas se encuentran convertidos en vendedores que van de familiar en familiar, hasta agotar el producto que venden o agotar a los familiares y comenzar por la vecindad, como aquellos famosos productos que se vendían de puerta en puerta.

Incluso los juguetes se reconvierten: la empresa Mattel lanzó en 2014 la Barbie Emprendedora. Su emprendimiento se concreta en “vestir un traje sofisticado rosa, llevar una tablet y un Smartphone” (Sturm, 2014). Se crea un neologismo para denominar al nuevo modelo propuesto de profesor-empresario: profesario, en el programa “Emprender” de la televisión pública española (Carbonell, 2018).

Lo más preocupante, además, es que mientras se recorta en necesidades básicas en la educación pública, los ingentes recursos que se están destinando a esta “metafísica emprendedora” están dando resultados. Un macroestudio sobre una muestra de más de 12.000 jóvenes españoles (Llaneras & Pérez Colomé, 2017) refleja que la imagen de éxito social se centra de forma unidireccional en el “emprendedor”, el nuevo término talismán. En esta macroencuesta sobre cómo se imaginan su futuro profesional, sentencian: “yo de mayor quiero parecerme a Amancio Ortega”, el empresario propietario de Inditex y de la marca Zara, modelo patrio de emprendedor acusado de fraude y evasión fiscal y de hacer su fortuna explotando el trabajo esclavo de niños y niñas en empresas de países del sur.

Los contenidos transversales que deben impregnar todas las asignaturas ya no son educación para la igualdad, o educación para la paz, o educación intercultural. Ahora el contenido transversal estrella, para el que se destinan cientos de miles de euros en programas para desarrollarlo, sobre todo en las Comunidades Autónomas gobernadas por los conservadores, es la introducción del espíritu empresarial y financiero en el sistema educativo.

Parece como si para las administraciones educativas gobernantes la solución a todos los problemas es hacerse emprendedor. Impulsando su promoción a través de un discurso que reviste esta categoría de “emprendedor” dentro de un hálito mágico que supone una representación ideológica del mismo, provisto de cualidades extraordinarias, creativos líderes innovadores y visionarios, personas “hechas a sí mismas”, que cimientan el cambio social que requieren las sociedades actuales. Es la refundación del populismo empresarial convertido en individualismo emprendedor (Ararat Herrera, 2010; Maestre, 2016).

La ideología emprendedora es una apuesta ciega y sin ambages a favor del triunfo individual (Ginesta, 2013). Bajo el paradigma neoliberal los intereses privados pasan a ser el eje central, puesto que el ser humano solo se debe a sí mismo y su responsabilidad es para con sí. Se busca así crear ciudadanía “liberada” de cualquier obligación moral vinculada al sentimiento de solidaridad colectiva. Similar a lo que ha ocurrido en el ámbito económico con las reformas laborales que se extienden a lo largo del planeta, donde es el trabajador o la trabajadora individualmente quien tiene que negociar con su empleador las condiciones de su contrato, eliminando el respaldo colectivo que se consiguió hace años a través de organizaciones sindicales.

Se está así educando fundamentalmente en principios y valores “pragmáticos” de adaptación al mercado, asumiendo prácticas, metodologías, prioridades y propuestas que se adaptan cada vez más a los principios y filosofía del capitalismo: competir, ser el primero, aprovechar la oportunidad, someterse y adaptarse flexiblemente al poder constituido, asumir la desigualdad, excluir la diferencia, controlar la disidencia, tolerar la indiferencia ante la injusticia. De ahí que Tenti Fanfani (2003) haya denunciado reiteradamente que la educación se está convirtiendo en un campo de formación en el habitus capitalista.

Educando al nuevo sujeto neoliberal

Bajo el pretexto de las “opciones de elección en libertad”, el funcionamiento del sistema lo que tiende a generar es cálculo y egoísmo. Ya no se trata de mejorar lo colectivo con el esfuerzo común pensando en el bienestar de la comunidad, buscando el bien común, sino en la capacidad y el “talento” individual de elegir con acierto la mejor oportunidad para que cada uno se asegure más posibilidades de triunfar. Se ha impuesto socialmente así el principio neodarwinista en esta competición a la que nos empujan constantemente, donde “el ganador se lo lleva todo”. Por eso vemos, como un escaso contrato social, conseguido tras la segunda guerra mundial con la lucha de la clase obrera en una zona muy restringida de Europa y durante un brevísimo período de tiempo, está siendo rescindido, sin siquiera preaviso. Están desapareciendo de forma fulgurante los mecanismos de protección colectiva, que denominamos Estado Social o de Bienestar, sin apenas alarma social o protestas colectivas significativas.

Esta nueva moral establece la "obligación de elegir" como la única "regla lógica del juego" de la vida, regida por las pautas del mercado. De esta forma cada persona asume la necesidad de hacer un cálculo de interés individual, si quiere aumentar su capital personal en un universo donde la acumulación y el obtener ventajas sobre los demás, parece la ley generalizada de la existencia y de la posible empleabilidad y supervivencia. Se sustituye la equidad colectiva, por la elección personal, un tema fundamental de las nuevas formas de conducta de este sujeto neoliberal.

No se trata de exigir que todas las personas tengan garantizado el acceso a los mejores centros educativos, sino de seleccionar el mejor para “los míos”, aquel que les dé las mayores posibilidades de obtener las máximas ventajas en la competencia con los otros. Según esta lógica neoliberal, la función del Estado es la de reforzar la competencia en los mercados existentes y crear la competencia allí donde todavía no existe, ayudando, apoyando y financiando opciones privadas y ampliando así la posibilidad de “libre elección” de los consumidores. El espacio público se construye así siguiendo el modelo del “global shopping center” con el apoyo y financiación del propio Estado (Díez Gutiérrez, 2007).

Este modelo convierte a las personas y a las familias en “clientes” y “consumidores” que buscan aprovechar y maximizar sus oportunidades, generando competencia entre los establecimientos escolares con el fin de que se esfuercen por alcanzar un alto puesto en los rankings, aplicando modelos de gestión por objetivos y pago por rendimiento. La competencia se convierte así en una forma de interiorización de las exigencias de rentabilidad a la vez que se introduce una presión disciplinaria en la intensificación del trabajo, el acortamiento de los plazos, la individualización de los salarios, reduciendo todas las formas colectivas de solidaridad en las comunidades educativas.

Esta tecnología de control disciplinario se acompaña simultáneamente de la expansión de toda una “tecnología evaluativa”, entendida como medida del rendimiento y eficacia. Dado que cuanto más “libre” se es de elegir en el mercado, más se necesita conocer la “calidad” de los productos que nos ofrecen, para elegir con eficacia, a fin de aumentar las posibles ganancias individuales y competir con más probabilidades de éxito en la jungla de la competencia de todos contra todos. El rendimiento de cuentas, la accountability, una forma de evaluación basada en los resultados medibles, se ha convertido en el principal medio para orientar los comportamientos, incitando al “rendimiento” individual.

La ideología neoliberal se plasma así en un nuevo tipo de persona, una persona formada en la lógica de la competición: una persona de empresa, calculador y competitivo (Ball, 2016). El nuevo sujeto neoliberal se convierte en el nuevo empresario de sí mismo (Foucault, 2004), forjado para la competición y el rendimiento, hecho para triunfar, para ganar. “We are the champions”, tal es el himno del nuevo sujeto empresarial, con música de fondo de psicología positiva. Con una advertencia: en este nuevo mundo no hay lugar para los perdedores. El conformismo se vuelve sospechoso, porque este neosujeto emprendedor está obligado a “trascenderse”, comprometido con ser un auténtico ‘doer’, con generar capital simbólico para construir su propia “marca” personal, en el entorno laboral, en las redes, en las interacciones sociales... El éxito se convierte en el valor supremo. La voluntad de triunfar, a pesar de los fracasos inevitables, y la satisfacción que proporciona haberlo logrado, al menos por un momento en la vida, tal es el sentido de la misma.

Una vez que se ha aceptado entrar en la lógica de este tipo de responsabilización, ya no puede haber una verdadera protesta, ya que el sujeto ha llevado a cabo lo que de él se esperaba mediante una coacción autoimpuesta. La incertidumbre y la brutalidad de la competición son soportadas bajo la forma de fracaso, vergüenza y desvalorización personal.

Se deslegitima, por tanto, el conflicto social, ya que las exigencias autoimpuestas no tienen responsable ajeno, no tienen autores, ni fuentes identificables externas. El conflicto y la respuesta social están bloqueados porque las fuentes de poder se vuelven ilegibles desde este enfoque. Esto es, sin duda, lo que explica una parte de los nuevos síntomas de “sufrimiento psíquico”. Revela por qué, en épocas de crisis, en vez de llenarse los sindicatos con trabajadores y trabajadoras que se unen para luchar por sus derechos, son las consultas de los psiquiatras las que están a rebosar de personas con depresiones, ansiedad, insatisfacción y sentimientos de fracaso personal ante su situación de paro y precariedad (Rendueles, 1998).

El reverso del discurso de la “realización de sí” y del “éxito en la vida”, supone una estigmatización de los “fallidos”, de la gente infeliz, o sea, incapaz de acceder a la “norma social” de la prosperidad. El fracaso social es considerado como una patología.

El culto del rendimiento, del emprendimiento neoliberal, conduce a la mayoría a experimentar una sensación de inutilidad e insuficiencia y a que aparezcan formas de depresión a gran escala. El diagnóstico de depresión se ha multiplicado por siete en las últimas décadas (Sáez Rueda, 2017). La depresión es, en realidad, el reverso de este modelo de rendimiento, el inválido de esta guerra interiorizada (Han, 2012), una respuesta del sujeto a la obligación de realizarse y ser único responsable de sí mismo, de superarse cada vez más, como ‘doer’, en esa continua e inacabable “aventura” como emprendedor de sí. El prozac toma el relevo, su consumo suple al Estado Social, con sus instituciones públicas debilitadas y la solidaridad social cuestionada.

Ante este desgaste provocado por la elección y el riesgo permanente, el remedio más extendido es un dopaje generalizado. En todo caso, si algo es demasiado intolerable se tiende a optar por la apatía o por la indiferencia, previa denuncia testimonial en las redes. Esta “moral-coartada” del clickactivismo virtual, que nos vuelve casi indiferentes, es estructural, lo cual la hace invisible, permitiéndonos conciliar el sueño a cambio de la renuncia a que la realidad sea otra (Fuentes, 2018).

Este modelo corroe el carácter (Sennett, 2000). La erosión de los vínculos sociales se traduce en el cuestionamiento de la generosidad, de las fidelidades, las lealtades, las solidaridades, de todo aquello que participa de la reciprocidad social y simbólica en los espacios comunes. La ideología del éxito, de la persona “que no le debe nada a nadie”, genera la desconfianza, incluso el resentimiento o el odio hacia los pobres, “que son perezosos”, hacia los viejos y los refugiados “que son improductivos y una carga” (Han, 2018) o los inmigrantes “que quitan el trabajo”. Aunque también tiene un cierto efecto boomerang, dado que cada cual siente la amenaza de volverse algún día ineficaz e inútil, como “ellos”.

El deterioro de toda confianza en las virtudes cívicas tiene, sin lugar a dudas, efectos performativos sobre el modo en que los nuevos “ciudadanos-consumidores” consideran su contribución a las cargas colectivas y el “retorno” que obtienen a título individual. Ya no son llamados a valorar las instituciones y las políticas de acuerdo desde el punto de vista del interés de la comunidad social y política, sino en función tan sólo de su interés personal.

La reestructuración neoliberal convierte a la ciudadanía en “consumidores” que nunca tienen que asumir a otra cosa más que su satisfacción egoísta. En este modelo neoliberal la empresa es promovida a la categoría de modelo de subjetivación: cada cual es una empresa a gestionar y un capital que hay que hacer fructificar, autoexplotándose hasta el máximo. La clase trabajadora ya no necesita derechos porque… ¡ahora son emprendedores! Lo que así resulta radicalmente transformado es la definición misma del sujeto político.

Todo discurso "responsable", "moderno" y "realista", o sea, que participa de esa racionalidad, se caracteriza por la aceptación previa de la economía de mercado, de las virtudes de la competencia, de las ventajas de la globalización de los mercados. Este capitalismo neoliberal se niega a sí mismo como ideología, porque se considera la “razón” misma. La dogmática neoliberal se propone como una pragmática general indiferente a sus orígenes partidarios. La “modernidad” y la “eficacia” no son de derechas ni de izquierdas, de acuerdo con la fórmula de quienes "no hacen política". Se ha pasado del período militante del neoliberalismo político de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, al período de gestión, en el que ya se trata únicamente de "buena gobernanza", de “buenas prácticas” y de “adaptación a la globalización”. En suma, la gran victoria ideológica del neoliberalismo ha consistido en "desideologizar" las políticas que lleva a cabo, hasta tal punto que ya no deben ser ni siquiera objeto de debate. Incluso se asumen de forma “proactiva”, asumiendo la explotación o autoexplotación con alegría.

El problema es que es más fácil evadirse de una prisión física que salir de una racionalidad, ya que esto supone liberarse de un sistema de normas instauradas mediante todo un trabajo de técnicas de interiorización y control del yo. De esta forma, la penetración con apariencia neutral de la lógica neoliberal va asentándose en el inconsciente colectivo de la generación presente y las generaciones futuras. Porque, como dice Chan (2016) educar en el emprendimiento es mucho más que enseñar determinadas técnicas y conocimientos, es aprender a tener muy claras las reglas del capitalismo para ser ganadores en este juego.

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Notas:

1La “economía colaborativa” hacía referencia inicialmente al intercambio generoso entre personas físicamente próximas de recursos —tiempo, conocimientos, espacios, servicios, etc.— sin que hubiera remuneración o bien que éstas fueran de escasa cuantía o en especie, o bien que la aceptaran porque no estaban en condiciones de renunciar a ella. Todo ello se ha pervertido radicalmente en el actual sistema de plataformas de intermediación que combinan la tecnología y una economía globalmente desregulada.


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