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Renán Silva. Lugar de dudas. Sobre la práctica del análisis histórico. Breviario de inseguridades. Bogotá: Universidad de los Andes, 2015, 228 pp.

Yirla Marisol Acosta Franco*

“El pasado es un país extraño” es el título de uno de los apartados del libro de Renán Silva y del libro de David Lowenthal, que hace referencia a ese carácter que tiene el pasado y que la historia quiere acercarse a comprender, pues aunque es extraño no es incognoscible. A partir de esa frase se sustentan varios de los argumentos que presenta el autor y que exponen los problemas que enfrentan los historiadores a la hora de hacer un análisis. Hay errores frecuentes en la disciplina que dificultan y alejan la posibilidad de comprender el pasado y cualquier objeto de estudio de la historia o de las ciencias sociales. El libro es un llamado de atención sobre los errores más problemáticos en el análisis histórico. Entre estos está el anacronismo y el etnocentrismo como los más recurrentes.

La propuesta de Renán Silva resulta pertinente, como él bien lo señala, en un momento en el que la historiografía nacional se enfrenta a un escenario en que los partidos y grupos políticos querrán hacer de la historia un arma para legitimar sus posiciones en el proceso de paz. Es por ello que las anotaciones del autor sobre los problemas del análisis histórico son necesarias para tener una consciencia de estos y buscar una superación de los mismos, con el propósito de que el análisis sobre un objeto de estudio no pierda su naturalidad y sea comprensible bajo los parámetros de una buena investigación.

Al respecto, Silva retoma el debate acerca de la autonomía del conocimiento científico y la capacidad que el investigador debe tener para alejarse de los juicios de valor. Este punto es crucial en la discusión sobre los usos políticos de la historia y sobre la capacidad que tenga el historiador para identificar esos problemas del anacronismo y de las valoraciones que el investigador realice sobre el pasado; resalta la necesidad de un conocimiento cercano a las corrientes historiográficas y la importancia del análisis al documento original.

Gran parte de la discusión planteada por el autor está relacionada con la situación que enfrentó la historiografía colombiana con la adopción de propuestas historiográficas, en especial los estudios postmodernos, en la que el oficio o práctica del historiador se redujo a la escritura, es decir, “una reducción de la realidad social a las realidades lingüísticas”. Así mismo, plantea que a pesar de que en las décadas de 1960 y 1970 la historiografía nacional había adelantado estudios rigurosos y metódicos, no se había fundamentado una tradición historiográfica fuerte, y la llegada de postmodernismo frenó y desestructuró la práctica. Se dejó de lado el análisis de un lugar social y el carácter social de la actividad del historiador propuesto por Michel de Certeau. Es en este nivel en el que el historiador debe realizar una crítica y asumir una postura frente a estas corrientes historiográficas, pues la adopción sin filtros, sin hacer una reflexión acerca de su método, teoría y pertinencia en la aplicabilidad de estas para la comprensión de aspectos de la sociedad, perjudica por completo el análisis riguroso que debe tener la disciplina.

En la misma línea, Silva se refiere a la historia del tiempo presente y la manera cómo hace suya un pasado a partir de una posición unilateral del investigador, ya que la medida para estudiar y juzgar ese pasado reciente es el presente del historiador. Para el autor, no hay necesidad de crear especializaciones historiográficas en este sentido, puesto que es una ambigüedad hablar en esos términos porque la historia hace referencia al pasado.

En esa perspectiva, el problema de los juicios de valor está vinculado a la cuestión de la memoria y su apropiación por parte de los historiadores. La crítica a las corrientes historiográficas que están dedicadas al estudio de recuperación de la memoria, lo étnico, lo ancestral y las victimas no desconoce la importancia de estos estudios, mas sí la manera de hacerlos. Los investigadores asumen posiciones imparciales que impiden la correcta comprensión del pasado de las sociedades e intentan encubrir sus posturas en un discurso reivindicativo. Lo cual conlleva a que las investigaciones desconozcan ese carácter diverso y diferente, no exótico, de las sociedades del pasado.

El autor plantea la necesidad de ver la diversidad en el pasado, de alejarnos de lo que conocemos hoy y creemos que siempre ha existido de la misma manera. Esta postura la extiende a otras disciplinas de las ciencias sociales como la antropología y la sociología, para no caer en la naturalización expuesta por Marx, la cual despoja a los procesos de su propia historia. Es necesario definir, en la investigación, “el saber histórico como un saber de las diferencias” (p. 58). No en la forma de alteridades, sino a través de reconocer los cambios sociales en una perspectiva de larga duración.

El uso del lenguaje y de los conceptos marca definitivamente la calidad del análisis, su coherencia, su fortaleza interna en la comprensión y en el estudio de una sociedad. Llevar términos y categorías de nuestro tiempo para explicar fenómenos sociales acontecidos años o siglos atrás es un grave error que puede cambiar todo el análisis. Esta es la marca del anacronismo de la que los historiadores procuramos librarnos. Sin embargo, este error es mucho más sutil y delicado, como lo demuestra el autor, ya que hay relaciones entre lenguaje y sociedad que debemos reconocer. También es interesante notar que en las especialidades de los estudios del tiempo presente, los postcoloniales y subalternos está presente el problema del anacronismo cuando se utilizan las realidades del presente para explicar fenómenos del pasado o, simplemente, para mostrar las grandes permanencias que pretenden señalar los estudios ancestrales.

Lo propio sucede con los estudios postcoloniales cuando se llevan a cabo para sociedades y realidades ajenas a ese origen y contexto, con lo que se desnaturaliza la sociedad objeto de estudio. En esa medida, Renán Silva llama la atención sobre el lenguaje como “una de las primeras superficies con que nos encontramos cuando queremos conocer una sociedad” (p. 106). El llamado es a realizar una reflexión sobre el lenguaje como parte fundamental del trabajo del historiador; tener presente que las palabras, conceptos y categorías son susceptibles de historizar y pueden desorientar el análisis si no se es consciente de esa característica.

Al respecto, el autor exhibe la dificultad que tenemos los historiadores para historizar nuestros instrumentos de trabajo, con los que procuramos producir esas investigaciones y aceptamos, de manera confiada, conceptos y categorías sin realizar un ejercicio de crítica. La propuesta de Silva está orientada, entonces, a avanzar a formas complejas del análisis histórico, análisis enfocado en las nociones de tiempo y espacio, en la documentación y en las épocas históricas.

El autor hace un llamado para que los historiadores y quienes se dediquen al estudio del pasado comprendan que el oficio de historiador no es una práctica espontánea, sino que requiere de una formación académica, del conocimiento de teoría y métodos particulares. Esa es la manera de reducir los constantes errores en los que se cae en el análisis histórico.

El libro está apoyado en una numerosa bibliografía que le permite al autor abrir el debate y poner a conversar a los autores. Las notas de pie de página son un complemento excepcional en las que no solo se referencia autores, sino que se amplían las explicaciones y se sugieren lecturas; el autor se acerca al lector para aclarar sus posiciones y hacer una invitación para que profundice en sus argumentos. Sin estas notas, el lector perdería el contexto y el propósito mismo del debate y del llamado de atención que hace el autor, pues el público objetivo son los estudiantes de historia y de otras disciplinas sociales.

Todos los problemas que enuncia el autor están unidos, llevan consigo la impronta de las reflexiones sobre el anacronismo, el etnocentrismo y el uso imparcial de nuestra memoria para explicar y acercarnos a momentos del pasado que podemos comprender si hacemos un buen análisis histórico de ellos, a partir del uso riguroso de los criterios de la disciplina, pues como lo señaló, esta no surge de manera espontánea. Este llamado de atención que hace es muy pertinente en tanto que señala la necesidad de atender a estos asuntos en el contexto actual de Colombia. En ese sentido, el papel del historiador es de suma importancia y debe de reconocer los problemas del análisis histórico, como la cuestión de llevar el presente para explicar el pasado y “generalizar la experiencia propia”, para plantear propuestas y soluciones a la situación actual de la historiografía colombiana.

Para eludir los errores frecuentes en el análisis histórico, Silva plantea la necesidad de una formación rigurosa en las ciencias sociales, el conocimiento de las obras clásicas, bajar el tono militante en beneficio de una reflexión sobre los problemas del análisis, de la construcción conceptual y del trabajo en archivo. Esta propuesta, aunque reiterada por muchos autores y docentes, resulta necesaria en la historiografía nacional y en la formación de futuros historiadores, lo cual se evidencia en la acogida que ha tenido el libro en el público académico.


* Estudiante de la Maestría en Historia en la Universidad de Antioquia.

DOI: dx.doi.org/10.17533/udea.trahs.n8a17

Resumen : 1767

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