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Manuel Cruz. Adiós, historia, adiós. El abandono del pasado en el mundo actual. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica, 2014, 237 pp.

Francisco Javier Sibaja Madera*

El subtítulo de Adiós, historia, adiós señala la tesis que orienta toda la obra: “el abandono del pasado en el mundo actual”. Manuel Cruz parte de la convicción generalizada que la historia ya no ilumina el presente y que ha dejado de funcionar como fuente de recursos para entender el tiempo actual y orientar el futuro. Esta convicción, basada en la tesis hegemónica de Francis Fukuyama, es revisada y cuestionada a lo largo del libro. Cruz plantea que la historia no ha terminado, sino que nosotros nos hemos encargado de abandonarla. Un abandono propio del mundo actual en el cual el presente o el “presentismo” parecieran ser nuestro único horizonte. Escrito de manera compleja y densa, al mejor estilo de la filosofía de la historia, este libro retoma el debate sobre el fin de la historia y proporciona elementos para examinar el carácter repetible o irrepetible, continuo o discontinuo de la historia y de los acontecimientos humanos. Manuel Cruz aborda una variedad de temas, problemas y debates alrededor de la historia en relación con las dimensiones del tiempo: pasado, presente y futuro.

El discurso sobre la despedida de la historia comienza con la pregunta ¿qué hacemos cuando recordamos? A modo de hipótesis, Cruz responde: “lo que hacemos es fundar el pasado” (p. 13). El autor se vale de un lenguaje metafórico para dar fuerza a su argumentación, como al acuñar la expresión “fronteras del tiempo” para entender el devenir de los acontecimientos humanos y las fracturas que se van produciendo en la historia. Las “fronteras del tiempo” deben ser entendidas, entre otras cosas, como las grandes revoluciones, las fundaciones de los Estados, el surgimiento de imperios, las guerras y todo lo que la humanidad va dibujando con su propio obrar. Por tal razón, condena al fracaso las pretensiones cientificistas que anticipan conductas y predicen el futuro, puesto que no tienen en cuenta la capacidad humana para interrumpir los procesos y para inaugurar nuevas temporalidades.

Manuel Cruz plantea que la vida se nos va en recordar y que uno de los signos característicos de nuestro tiempo es precisamente su remisión al pasado. Pero advierte que esta permanente remisión a no olvidar ciertos sucesos entraña una profunda incapacidad para afrontar realmente lo ocurrido. Esto implica la transformación de los hechos en acontecimientos, lo cuales se convierten a su vez en puntos de referencia para nosotros y las generaciones futuras, en algo inaugural y fundacional, en un acontecimiento “memorable”, digno de ser recordado. Acontecimientos históricos que en lugar de inaugurar el futuro, fundan el pasado. En este sentido, no es la historia la que se repite sino que “somos nosotros mismos quienes nos empeñamos en repetir sus episodios”, a través de la imitación y de la ejemplaridad (positiva o negativa) desde una perspectiva posmoderna, cuyo rasgo más característico es justamente esa emulación sin entusiasmo y la incapacidad para admirar (pp. 36-37).

Francis Fukuyama ha planteado el fin de la historia como resultado de las ideas de la modernidad, el desarrollo del capitalismo liberal y el ideal de progreso. En consecuencia, la historia nada puede enseñarnos porque ya ha alcanzado su fin último. Contrario a esto, Cruz enfatiza en la fragilidad y consumación del sistema capitalista. Así, ese capitalismo que parecía insuperable, ahora constituye la causa de buena parte de los males que nos azotan, ya que el modelo económico-político en el que pensaba Fukuyama resulta quebradizo. Lo anterior relacionado con lo que el mismo Manuel Cruz ha llamado el ocaso de las utopías, el colapso del pensamiento emancipador, el debilitamiento de la idea de progreso y la incertidumbre del futuro.

¿Qué tiene que ver el repliegue de las sociedades modernas sobre sí mismas con esa atemorizada manera de relacionarse con su propio pasado? Según Manuel Cruz, con la desaparición de la idea de futuro, otro de sus argumentos centrales. El futuro, como un concepto más allá de una dimensión y división clásica del tiempo, ha dejado de existir irreversiblemente como ese territorio imaginario donde depositamos las emociones, ilusiones, esperanzas, sueños y transformaciones, para convertirse en el espacio de la reiteración incesante de más de lo mismo. Es decir, el futuro como ese último momento del tiempo que parece ir quedando atrás y cuya imagen no significa la de un mundo mejor. En esta perspectiva, el autor, antes que el fin de la historia, propone el fin del futuro en un mundo donde dicha idea parece ser “obsoleta”, puesto que hoy toda posibilidad se ve realizada por los avances técnico-científicos y por la naturalización de la realidad en la que vivimos. En pocas palabras, el futuro es el presente que ya habitamos, el futuro como porvenir es solo eso, una palabra compuesta que remite a lo que todavía no ha llegado, la desaparición del futuro está en el origen del regreso al pasado y este es su único lugar de acceso.

Por otro lado, Cruz define, asocia y argumenta, de manera concisa, una serie de conceptos objeto de discusión y re-significación en el discurso de la historia y la modernidad. Aporta elementos para el debate conceptual de términos problemáticos como universalidad, exclusión, progreso, identidad, relativismo, perdón, marginación, posmodernidad, pluralismo, naturalización, política, rabia, autoridad y tradición, entre otros. Conceptos, cuya “virtud ilustrativa” caduca y cambia, por definición, a gran velocidad. En esta lógica, el autor afirma que en el proceso de repetir un término, un concepto o un relato nunca producimos simplemente una réplica de su uso original y su significado intencionado, más bien cada repetición es una forma de variación. De esta manera, los acontecimientos —a primera vista inesperados, distintos, inéditos y, en ese sentido, nuevos— son interpretados a la luz de conceptos, esquemas, categorías y discursos perfectamente conocidos, en los que predomina la función de ocultar la persistencia de viejas realidades simplemente nombradas con nuevas palabras. Así pues, los términos y discursos heredados de la modernidad no están en el mismo lugar ni conservan sus antiguas determinaciones.

Para problematizar y contextualizar el abandono de la historia, Manuel Cruz aborda temas tan dispares como el acontecimiento y la trama narrativa; el pluralismo y su vinculación directa con la democracia; la racionalidad de la iglesia y las creencias religiosas; la indignación y el movimiento de los indignados, como valor político de las emociones; la vinculación entre las esferas emocionales y racionales; el ocaso de las ideologías y la extrañeza ante el pasado; la memoria, las víctimas y victimarios; la identidad, la felicidad y el papel del cuerpo; el amor, la juventud y el envejecimiento; la multiplicidad de los “yoes” en la narrativa y en el relato; la moda, el internet, entre otros. El discurso de Cruz está inspirado y fundamentado en autores como Hannah Arendt, Walter Benjamin, Immanuel Kant, Michel Foucault, Paul Ricoeur, Reinhart Koselleck, Jacques Derrida, Tzvetan Todorov, François Hartog y Martha Nussbaum.

De acuerdo con Manuel Cruz, es obvio que seguimos permaneciendo en la historia —entendida como esa temporalidad intersubjetiva en la que todos estamos inmersos—, entre otras cosas, porque no es posible salir de ella. Venimos de donde venimos y ese lugar de procedencia, el pasado, nos constituye, de la misma manera que el proyectarnos hacia lo que aún no es configura nuestra propia condición. Así, aun sin ser historiador, la intención de Cruz es clara al defender los territorios de Clío del sonado final de la historia. En efecto, el abandono de la historia es un argumento pesimista, desalentador y copado de incertidumbre, sin embargo, desvirtúa la concepción de que la historia ha llegado a su fin.


* Estudiante de la Maestría en Historia en la Universidad de Antioquia.

DOI: dx.doi.org/10.17533/udea.trahs.n8a18

Resumen : 898

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