Relación literatura y realidad: aperturas hacia una didáctica de la literatura orientada a la generación de experiencias de lectura en los estudiantes 1

10.17533/udea.unipluri.18.1.06

INFORME DE INVESTIGACIÓN Y ENSAYO INÉDITO

Relación literatura y realidad: aperturas hacia una didáctica de la literatura orientada a la generación de experiencias de lectura en los estudiantes 1


Ruth Ángela Ortiz Nieves

Profesora titular de la Facultad de Educación de la Universidad de Antioquia. Candidata a doctor en Ciencias Humanas y Sociales Universidad Nacional de Colombia; Magister en Literatura Hispanoamericana, Instituto Caro y Cuervo; Licenciada en Filología e Idiomas, Universidad Nacional. Grupo de investigación “Somos palabra: formación y contextos” de la Universidad de Antioquia.
Correo: ruth.ortiz@udea.edu.co

Resumen

El presente artículo plantea la necesidad de desplazar el enfoque tradicional que caracteriza al maestro en formación como enseñante de la literatura, a la de mediador que propicia experiencias de lectura tendientes a desarrollar en sus estudiantes una formación literaria. Para ello se trazan varios planos de discusión implicados en el campo de la didáctica de la literatura que imparten los programas universitarios de formación de maestros. La reflexión destaca la necesidad de que el maestro en formación busque generar experiencias de lectura en sus estudiantes en las cuales la subjetividad de su mundo socio-cultural y personal, halle en la narración literaria un espacio que enuncia y abarca aquellos aspectos de la cotidianidad que constituyen sus experiencias reales y posibles, encuentro que conduce al desarrollo de su formación literaria. Lo anterior supone, entonces, modificar la concepción de estudiante que el maestro en formación asume, pues dejaría de ser la de aprendiz de literatura, para entenderse como un lector que experimenta el encuentro del mundo del texto con su propio mundo, comprensión que, necesariamente, modifica el papel mismo del maestro en este proceso.

La complejidad de los arcos de relaciones enunciados, motiva, entonces, que en este artículo se establezca, inicialmente, una discusión sobre las relaciones entre literatura y realidad, de manera que se inserte como elemento de análisis en los programas de Didáctica de la literatura, pues resulta imprescindible que el maestro en formación aborde las implicaciones de esta relación. Posteriormente, se presenta la manera como la literatura “toma a su cargo muchos saberes”, apartado en el cual se da cuenta de las relaciones interdisciplinares que emergen de los saberes que el texto literario moviliza y el maestro está llamado a contribuir a que sus estudiantes identifiquen. Por último, se aborda la necesidad de acercarse a búsquedas tendientes a desarrollar la lectura literaria como experiencia, condición que hace posible la formación literaria, en el reconocimiento de una didáctica centrada en el estudiante y no en el profesor.

Palabras clave: Didáctica de la literatura, Interdisciplinariedad, Lectura-experiencia, Mundo del texto literario, Mundo del lector.

Relation literature and reality: openings towards a didactic of literature oriented to the generation of reading experiences in students

Summary

This article raises the need to shift the traditional approach that characterizes the teacher in training as a teacher of literature, to the mediator that encourages reading experiences tending to develop a literary training in their students. To this end, several discussion plans are drawn up that are involved in the field of literature didactics taught by university teacher training programs. The reflection highlights the need for the teacher in training to seek to generate reading experiences in their students in which the subjectivity of their socio-cultural and personal world, find in the literary narrative a space that enunciates and covers those aspects of daily life that they constitute their real and possible experiences, a meeting that leads to the development of their literary training. The previous thing supposes, then, to modify the conception of student that the teacher in formation assumes, because it would stop being the one of apprentice of Literature, to be understood like a reader who experiences the encounter of the world of the text with its own world, understanding that, necessarily , modifies the role of the teacher in this process.

    In this article, then, initially, we reflect on the relationship between literature and reality, so that it is inserted as an element of analysis in the Didactics of Literature programs since it is essential that the teacher in training addresses the implications of this relationship. Subsequently, the way in which literature "takes charge of many knowledge" is presented, in which the interdisciplinary relationships that emerge from the knowledge that the literary text mobilizes and the teacher is called to contribute to his students identify. Finally, the need to approach searches to develop literary reading as experience is addressed, since doing so creates conditions of possibility tending to the development of literary training, in the recognition of a didactic focused on the student and not on the teacher.

Key words: Didactics of literature, Interdisciplinarity, Reading-experience, World of the literary text, World of the reader.


Introducción

La didáctica de la literatura en los programas de formación de maestros ha pasado por algunos desplazamientos en términos de los objetivos que la orientan. Un viraje tendiente a formar lectores atentos a la determinación de realidades que circulan en la obra y entran en diálogo con nuestros espacios sociales, culturales, familiares, personales, entre otros, permite que los horizontes que circulan en el mundo de la vida sean movilizados por aquellos que circulan en el mundo del texto, haciendo que el lector, en tanto salga alterado, logre una experiencia de lectura. Lo anterior constituye un nuevo reto a la Didáctica de la literatura que se ofrece en los programas de formación de maestros, puesto que permitirá que su objetivo pase de ser el de aprender a enseñarla como goce estético -otorgando al texto literario un valor canónico artístico-, al de aprender a desarrollar en los estudiantes una formación literaria, a partir de las relaciones que el texto establece con la realidad.
 
Por tanto, las discusiones alrededor de las relaciones entre literatura y realidad, en apertura a la comprensión  de distintas lógicas que son generadoras de saber, modifican la didáctica de la literatura, ya no centrada en el maestro que la enseña sino en el estudiante que desarrolla una formación literaria a partir de la experiencia de lectura que propicia, aspectos que, al modificar el objetivo de la didáctica de la literatura, alteran el hacer tanto del maestro en formación como de sus estudiantes. El anterior arco de relaciones supone mudar el centro de interés de la didáctica de la literatura, de un maestro enseñante, a un maestro que genere condiciones tendientes a lograr el desarrollo de una formación literaria en el estudiante-lector. Este propósito concede al maestro un lugar distinto pues lo ubica como mediador que propicia experiencias de lectura, lo cual acerca a los estudiantes a establecer diálogos posibles entre el mundo del texto y su propio mundo como lector.

Por lo anterior, el presente artículo presenta, inicialmente, discusiones alrededor de las relaciones entre literatura y realidad. Posteriormente, se establecen algunas reflexiones alrededor de las relaciones entre la literatura, particularmente novela y cuento, las ciencias humanas y sociales, en tanto allí residen las problemáticas que aborda la literatura como acontecimiento del mundo. Explicitar estas relaciones abre una ruta de carácter interdisciplinar a través de la cual el maestro está llamado a mediar y facilitar experiencias de lectura en sus estudiantes, quienes, lejos de tener que buscar un sentido a la obra, en un afán por hallar una verdad oculta, y con ella adjetivos que la describan, aprenden a generar diálogos entre el mundo del texto y el mundo del lector, de modo que establezcan relaciones, acaso inéditas, con su propia realidad.

Relación literatura y realidad

Alterados por el resto de su tiempo quedan los rasgos de quien se topa con el arte, dice bellamente el poeta Rainer Maria Rilke en “El lector”. Ese que bajó su rostro desde un ser hacia un segundo ser, se empapa de su sombra y levanta la vista siendo otro, irreconocible, o, por lo menos, otro; uno ya no es el mismo cuando se topa con la literatura. El ser del hombre alterado: “quien haya leído La metamorfosis de Kafka y pueda mirarse impávido al espejo será capaz, técnicamente, de leer la letra impresa, pero es un analfabeto en el único sentido que cuenta” (Steiner, 2003, p. 27). Si le tuviera que adjudicar un tiempo a la literatura, ese sería el presente continuo y, a algunas obras en un arbitrario particular, el presente perpetuo, por lo menos el de nuestra perpetuidad, pues el ser de la obra tampoco permanece impasible.

Las relaciones mutuas son posibles gracias a la comprensión de la literatura como acontecimiento estético hecho de escritura; la literatura designa, dice la vida, nombra mundo mediante la escritura. Nuestra certeza se desmorona, se agita, entra en cuestión al toparse con ella; alejada de las pretensiones de alcanzar verdad, la literatura  trae ante sí mundos que se acercan a la enrancia del ser, de la vida, de la oscuridad, del desconocido y de lo desconocido, y lo hace, precisamente, en el lenguaje pues “la obra literaria está hecha, después de todo, no con ideas, no con belleza, no, sobre todo, con sentimientos, sino que la obra literaria está hecha con lenguaje”, el cual está inserto en una “red de signos distintos” “que circulan dentro de una sociedad dada” (Foucault, 1996, p. 90). Ahora bien, dichos signos no son lingüísticos, son, más bien, de carácter económico, monetario, religioso, social (Foucault, 1996, p. 90).

El carácter del lenguaje literario, hecho de signos de la vida, de signos del mundo, reclama un lector crítico que asuma el papel de egiptólogo: que viva la literatura desde adentro, de manera que sea atravesada por sus diversos pliegues y matices, penetrando sus formas, intuyendo sus alcances, confrontando sus sombras, en la esperanza de no salir ni absuelto ni ileso, sino alterado. Asumir el carácter sígnico que se halla en la literatura, entenderla como acontecimiento del mundo, admite, entonces, reconocer que se encuentra en situación, esto es, en ella se abre un mundo en el que es posible identificar unos modos de existencia que hasta en sus formas más sublimadas están siempre ‘enredados’ (Said, 2004, p.54) con la circunstancia, el tiempo, el lugar y la sociedad. Entreverados en la dramaturgia de la vida de los hombres y de los objetos, dichos modos se hallan suspendidos en una suerte de hipertexto que inaugura formas a la repetición de la gregariedad del ser, e instala inquietudes en la paradójica quietud de un movimiento pendular que oscila entre la realidad y la ficción.

Hecha, entonces, del lenguaje del mundo, el abordaje del texto literario excede en mucho el alcance lingüístico-estructural, puesto que

[...] la literatura] ha aparecido dentro de un lenguaje encomendado al tiempo como el balbuceo, el primer balbuceo, de un lenguaje todavía muy largo, a cuyos comienzos estamos muy lejos de haber llegado (…) La literatura en el sentido estricto y serio de esa palabra (…) no sería sino ese lenguaje iluminado, inmóvil y fracturado, es decir, esto mismo que tenemos ahora, hoy que pensar. (Foucault, 1996, pp. 102-103).

Balbuceo de un lenguaje en devenir, la literatura, y el arte en general, son la única posibilidad de decir, de re-configurar los signos que residen y circulan en una sociedad determinada: “la literatura no se constituye a partir del silencio, no es lo inefable de un silencio, la literatura no es la efusión de lo que no puede decirse y nunca se dirá” (Foucault, 1996, p. 94); es el decir vida, acaso como uno quisiera decirla, como uno la diría, o como uno la vive. Para que entre en diálogo con el lector, su sentido se funda en la relación que mantiene con la realidad, condición que excede los horizontes finitos de las posibilidades dadas en la realidad misma.

La raíz profundamente humana de la literatura concede un sentido inédito a la realidad, al mundo, a la vida. El mundo del decir literario, el mundo del que nace y en el que permanece la obra en los horizontes del mundo del lector, en quien la obra se hace completa, constituyen las fusiones que conducen a reflexionar sobre las relaciones entre uno y otro; y es precisamente esta la tarea del maestro de literatura quien ha de posibilitar el acercamiento a estas exploraciones. La complejidad de estas afirmaciones se irá desdoblando a medida que avance esta escritura cuyo recorrido complejo supone entender que, enredada, la obra palpita en el tiempo, “…está en una relación compleja y provisional” (Steiner, 2003, p. 24), con el mundo que interpela, con el mundo al que hace hablar dada su filiación con la realidad.

Por lo anterior, es dable afirmar que el decir literario atañe nuestros decires del mundo. El reconocimiento de la existencia de otros decires que nos conciernen y el análisis de las relaciones que ligan el decir literario con el mundo, es un complejo ejercicio que pasa por el mundo del lector puesto que el texto permanece ajeno hasta que dicha apropiación acontece. Esto sugiere posibilidades que quedan en suspenso: el encuentro de estos dos mundos “un mundo del texto, a la espera de su complemento, el mundo de vida del lector, sin el cual es incompleta la significación de la obra literaria” (Ricoeur, 2004b, p. 627)3. Y es ese suspenso el que motiva el acercamiento de los mundos que la obra abre y es allí donde el papel del maestro pasa de ser enseñante a posibilitador de la explicitación de mundos posibles, que permita a sus estudiantes establecer relaciones entre el mundo del texto y su mundo propio.

Las tramas otras de sentido que la literatura alberga, tienen lugar en la actuación, en la imaginación, en los sentimientos, deseos e intuiciones, en las creencias, en las diferencias, en las tendencias, en las angustias, en los gustos, en las dudas, es decir, en el hecho mismo de la vida, en la condición mundana de estar vivos. Estas capas de realidad de que está hecha, resultan esquivas a los alcances de los métodos de indagación de las ciencias humanas y sociales; el reconocimiento de su existencia genera modos de significación que le resultan huidizos a las prácticas objetivas pero que se acercan desde otros modos de conocimiento, desde otras gramáticas que las hacen posibles: la narración, la ficción, la literatura los contiene, les da cabida, los funda y refunda. Su presencia, en el más estricto mundo de lo cotidiano, es precisamente la cercanía con la realidad,

[…] arte y realidad, como la estética y lo cotidiano, han estado y están totalmente imbricados, y no por la voluntad explícita o “compromiso social” del artista políticamente correcto, ni por hacer patente una ideología, sino porque no hay un más allá de la realidad ni una estética que no emerja en primera instancia de lo cotidiano (Mandoki, 2008, p. 27).

Al emerger de la realidad, la ficción de la literatura resulta relevante y transformadora en relación con el mundo real (Ricoeur, 2003, p. 865). Relevante, en tanto presenta aspectos inéditos, ya trazados en nuestra experiencia de praxis, y transformadora, en tanto concierne a la vida misma modificándola, desestabilizándola, haciéndola ser otra. Esta afirmación, en la línea de sentido expuesta por Rama (1982, pp. 75-80), según la cual, la novela es un género objetivo, conduce a las relaciones de la obra con la realidad. El crítico uruguayo señala que sea cual sea el camino utilizado, la novela demarca vías de acceso a la realidad objetiva: con la novela asistimos al enfrentamiento, al descubrimiento de lo real (Rama, 1982, p. 81).

Este diálogo es posible gracias a la relación entre el estatuto de realidad que el mundo del texto crea en su ficcionalidad, y la factualidad del mundo real, que, a manera de relación de verdad mediada por la ficción, se constituye en una forma de saber. La obra literaria, hecha de lenguaje, proyecta un mundo que, a manera de horizonte, es acogido por el lector: la lectura plantea, precisamente, “…el problema de la fusión de dos horizontes, el del texto y el del lector, y, de ese modo, la intersección del mundo del texto con el del lector” (Ricoeur, 2004a, p. 151). La explicitación de las posibilidades de que esta intersección se encuentra nutrida, hace parte del papel mediador que el maestro provoca en sus estudiantes como ayuda para que ellos deriven la lectura en experiencia.

El postulado subyacente en este reconocimiento es el de “una hermenéutica que mira no tanto a restituir la intención del autor detrás del texto como a explicar el movimiento por el que el texto despliega un mundo, en cierto modo, delante de sí mismo” (Ricoeur, 2004a, p. 153), de esta manera, lo que es susceptible de interpretación en un texto es, precisamente, la propuesta de un mundo, ese que yo podría habitar, o, aquel que habito, puesto que “la narración re-significa lo que ya se ha pre-significado en el plano del obrar humano” (Ricoeur, 2004a, p. 154).

Las afirmaciones precedentes, tanto la de Ricoeur como la de Rama, constituyen una exigencia a los maestros en formación que se preparan para ser enseñantes de literatura, en tanto están llamados a desplegar de la ficción aquello que traza nuestra experiencia de praxis, aquello que resulta esquivo a los estudios de la realidad social y que, en la narración, en cambio, parece contarse solo, pues en ella se deja hablar a la vida (Ricoeur, 2003, p. 870), en consecuencia, escucharla es ponerse en camino orientado por el texto, proceso que compete a sus estudiantes, inicialmente, y que el maestro acompaña.

El arte dice realidad del mundo, es capaz de contener la vida misma, lo real halla un lugar, un mostrar-se en la literatura. Este complejo fenómeno de interacción posibilita los diálogos entre el lector y la obra puesto que aquello que es posible en el texto tiene una cuota de relación con lo que es real en el mundo del lector, y esa es, precisamente, la labor que el mediador posibilita, pues facilita al estudiante acceder a la compleja luz que el texto despliega y el lector desdobla.

Conceder a la ficción el poder de decir verdad, de decir el mundo, es otorgarle un sentido de realidad, de hacer versiones de mundos, no aquellos fantásticos3 fuera de toda conexión posible con los aconteceres, sino aquellos –estos- de los que formamos parte. La ficción remite al mundo de donde emerge y a donde regresa transformada por el lector, deformándolo, creándolo, diciéndolo pues “el arte es conocimiento y la experiencia de la obra de arte permite participar en este conocimiento” (Gadamer, 2005, p. 139).

Los múltiples sentidos de la realidad emergen del detalle, de los gestos, de las palabras, de los silencios, de los matices mínimos en apariencia insignificantes que la narración registra y que, puestos en la vida real, pasan inadvertidos, pero puestos en el lenguaje de la narración, constituyen la verdad que la lectura atenta permite comprender y mostrar. La narración hace inteligible la vida, transforma los hechos de la experiencia en acontecimientos; los hechos –independientemente de su naturaleza real o ficticia –, pasan a ser experiencia en tanto están mediados por la narración. En ella convergen y se confunden en el lenguaje y “el lenguaje verdadero, cuando se introduce realmente en una obra literaria, está puesto ahí para horadar el espacio del lenguaje, para darle en cierto modo una dimensión sagital que, de hecho, no le pertenecería naturalmente” (Foucault, 1996, p. 69).

Contribuir a que el estudiante aborde la obra literaria a partir de las relaciones que moviliza en la realidad del lector, lo acerca a crear las fusiones entre el mundo del texto y su propio mundo, mediante las cuales, ni el uno ni el otro salen ilesos, por el contrario, el lector queda alterado en su propio mundo, dialéctica que “nos recuerda que el relato forma parte de la vida antes de exiliarse de la vida en la escritura (Ricoeur, 1996, p. 166).

La literatura toma a su cargo muchos saberes4

La pretensión de las ciencias ha sido acercarnos a la realidad del mundo, descubrirla para describirla y explicarla desde su propia coherencia o, quizás, le ha sido concedida una coherencia para crearla. La ciencia parte de la existencia de una realidad o de realidades, fenómenos o hechos por escudriñar, para explicar. Realidad y conocimiento han constituido un maridaje no solo excluyente, sino suficiente en sí mismo, como si la vida existiera en un ahí afuera, como si la realidad estuviera ahí para descubrirla y no para crearla, para narrarla, como si nosotros no hiciéramos parte de ese ahí, como si nosotros no fuéramos ahí. La narración literaria tiene una realidad otra: la nuestra. Estos aspectos del como si instalan otras realidades, acercan el reconocimiento de la existencia de otros discursos que dicen el mundo, que lo viven en modo narrativo y que son tan cercanos a las realidades del lector, a las realidades que circulan la cotidianidad de nuestros estudiantes.

Estas otras lógicas se alejan de la certeza de lo que se comprueba, de lo demostrable, de lo objetivo y científico, de su evidencia inmediata y verificable y se acercan al amparo de lo que se contempla, de lo que se aprecia, de lo que se aprehende, con una visión, sí, pero no la del sentido externo sino la de un sentido sensible, experiencial, emotivo e intelectual: la del mostrar. Es, precisamente, ese mostrar el que llama la atención a Foucault (2005) “como encanto exótico de otro pensamiento” (p. 1) cuando lee un texto de Borges, que desestabiliza todo lo que resulta familiar a nuestro pensamiento, a nuestro modo de conocer y de relacionar y trastorna “todas las superficies ordenadas y todos los planos que ajustan la abundancia de seres, provocando una larga vacilación e inquietud en nuestra práctica milenaria de lo Mismo y lo Otro” (p. 1).

Al retomar esta vacilación emerge la pregunta por el saber que la obra alberga, por su capacidad para alterar, para modificar, en últimas para ayudar al ser en devenir. Este interrogante halla cabida en el decir literario: el mundo del texto, pues la narración literaria afecta, invade, genera mutaciones, no se es el mismo al atravesarla. La narración es la única posibilidad de vivir cosas nuevas: me enfrento a ella, me topo con ella y mi mundo cambia, se hace distinto, queda alterado. La narración cambia con el tiempo y con el otro, ella también es alterada por el otro. Aquello que deviene y que delira, que atraviesa el ser mismo del lenguaje y de los seres, es la palabra poética que el acontecimiento literario alberga. ¡Qué gran poder el de la palabra pues puede contener la poesía!

La oposición entre verdad y ficción, sus zonas de contacto, están mediadas por la narración que desvanece la desconfianza que la ciencia ejerce sobre la literatura como modo de conocimiento. Si bien sus dominios son distintos, es posible acercar sus relaciones desde el relato, esto es, desde el lenguaje, el cual no solo dice sino hace, incide, genera mutaciones. Por tanto, las pesquisas en torno a los fenómenos que conciernen al ser del hombre hallan terreno fértil en la literatura y corresponde al maestro generar posibilidades de diálogo de los contactos posibles entre el texto y el lector. Lejos de dejarla al servicio de una demostración, o de adjudicarle un privilegio epistemológico, las reflexiones de este artículo reconocen su complejidad estético-discursiva que va más allá de concebirla como fuente de deleite y de placer, y hallan en ella otros delirios, otras formas para proponer nuevos sentidos que también permiten acceder a fenómenos de la realidad, aquellos que contribuyen a develar realidades circundantes de los estudiantes, y les ayuda a ver los mundos posibles que la literatura configura. Esto es posible en la medida en que se asume la realidad como construcción social, metáfora que, aunque desgastada, (Lahire, 2006, p.p. 93-108) permite entenderla en la pluralidad de las formas en las que los seres actúan e interactúan, las cuales no son de carácter ni natural ni espontáneo, por el contrario, dependen y mutan con las circunstancias y con las condiciones sociales e históricas de un contexto determinado.

La reconocida tendencia a oponer realidad y fantasía, igual que objetividad y subjetividad que derivan en la también taxativa contraposición entre discurso científico y discurso literario, empiezan a moverse ahora en terreno estéril hacia búsquedas de relaciones no solo posibles sino fecundas de la realidad en la literatura. El rostro oculto de un lector que da cuenta de una lectura ajena, empieza a modificarse en la medida en que el lector atraviesa los espacios de la literatura como propios, se mimetiza en ellos en aras de lograr encuentros mediados por su propia realidad puesto que todo su mundo está puesto como parte constitutiva del texto, premisa que asiste la experiencia de lectura; ahora bien, “el artista y el observador hablan del mismo mundo, aunque el artista diga cosas más profundas y sintetizadoras” (Steiner, 2003, p. 39).

Las prácticas académicas vigentes en cuanto el acercamiento al texto literario, otorgan un papel protagónico a la metáfora en tanto se la concibe como sustituta o posibilitadora de mundos análogos. No obstante, la limitan a extrapolaciones del mundo ficticio al mundo real, desconociendo que

[...] la metáfora no refleja la cosa que busca caracterizar, brinda direcciones para encontrar el conjunto de imágenes que se pretende asociar con esa cosa. Funciona como un símbolo, más que como un signo; lo que quiere decir que no nos da una descripción o un icono de la cosa que representa, pero nos dice qué imágenes buscar en nuestra experiencia cultural codificada en pos de determinar cómo nos deberíamos sentir acerca de la cosa representada. (White, 2003, p. 125-126).

Por tanto, el papel de la metáfora no es decorativo o embellecedor del discurso literario, más bien, genera una compleja imagen que conduce el pensamiento al lugar del límite al acercar la imagen a su experiencia vital hecha precisamente de ella, por ello siempre nos resultará familiar. La metáfora, entonces, habla:

[...] es pura posibilidad, pero no una materia etérea, sino que se concreta, es realización discursiva, visual y hasta musical… [tiene] una dimensión epistémica, ya que la búsqueda de la semejanza y a su vez, de la tensión que emerge de la diferencia de los elementos, es lo que nos hace comprender su potencial cognoscitivo…” (Rojas López, 2012, p. 99).

La narrativa hecha de lenguaje es rica en metáfora, espacio que propicia un encuentro con el mundo del lector -aunque no se agota allí- quien, al trascender la inmediatez de los hechos de la narración, la llena de vibración y sigue sus pistas a manera de cuento policiaco, permitiendo la intervención de la imaginación, de la metáfora y de la pluralidad de voces de que está hecha para acercar los mundos: el del lector y el del texto, aspecto que conduce a hacer de la lectura una experiencia, terreno que lo conduce a desarrollar su formación literaria.

Hacia una formación literaria visible en la lectura como experiencia


Apropiarse del mundo que el texto desdobla delante de sí, de aquello que devela, de aquello que la lectura hace emerger como posibilidad referencial de la metáfora, implica también adentrarse en la referencialidad a la que el texto alude, y esta es, precisamente, la tarea de la lectura como experiencia, la cual se hace posible en la medida que el maestro propicia el acercamiento. El andamiaje que esto implica, estriba en el proceso mismo de lectura que no es otra cosa que emprender búsquedas desde el interior del texto mismo y desde aquello que se ubica delante de él; en el interior y delante constituyen lugares de lectura que circulan a lo largo de los abordajes de la obra y de su contexto. Por tanto, el papel del profesor es propiciar una lectura orientada a develar el mundo que el texto despliega –mundo del texto– y el mundo del lector que es afectado por el acontecimiento literario.

Lo anterior implica hacer una lectura lenta, de ida y vuelta en una suerte de operación contraria a los hábitos de agilidad y prisa con que rápidamente pasamos a otra lectura, a otro hacer en un veloz movimiento que en su afán sólo encuentra el mismo cuento, la misma historia. La lectura referida, entonces, busca escuchar las formas, los ritmos, las cadencias, los códigos y técnicas que estructuran la obra puesto que allí residen las condiciones ficcionales que dejan leer nuestras propias condiciones de relación con ella y que entablan diálogos con el contexto al cual la obra misma remite. Ahora bien, no se trata de estar

[...]dispuesto a entrar en un juego de predicados normativos […] pues el texto no puede arrancarme sino un juicio no adjetivo: ¡es esto! Y todavía más: ¡es esto para mí! Este para mí no es subjetivo ni existencial sino nietzscheano […] en el fondo, ¿no es siempre la misma cuestión: qué significa esto para mí? (Barthes, 2011, p. 21).

El abordaje de la obra en esta propuesta de lectura, en este adentrarse en “la lista abierta de los fuegos del lenguaje (fuegos vivientes, luces intermitentes, rasgos ubicuos, dispuestos en el texto como semillas” (Barthes, 2011, p. 25), parte de que en la literatura gravitan otras formas, otros mundos que son, precisamente, los nuestros, los de nuestros aconteceres, pero puestos en unas nuevas tinieblas, en otros delirios, aquellos propios del arte de narrar.

El acto de narrar recuerda a Scheherezade, quien pospone su ejecución contándole historias al rey Schahriar en las que mantiene a su verdugo en suspenso, en otra vida, en otro mundo, en un paréntesis, en otras realidades, en la fantasía de la ficción, en la realidad de la fantasía, y en cada uno penetra las sombras de su propio universo; ella dilata la vida hasta la noche siguiente y hasta Las mil y una noches. El rey le perdona la vida, la narración la salva, la narración salva. Narrar es prolongar la existencia, es hacerla otra, es transgredir la realidad, es buscar completarla pues esta, quizás, ya no tiene nada que agregar.

La simbiosis de las leyes del accionar narrativo y las de la naturaleza, plasma en la escritura estados existenciales que el enunciado literario traduce en la profundidad de aquello que resulta común al hombre y a la vida gregaria del ser natural. El recorrido por este arco de relaciones, transita en un ejercicio hermenéutico de desplazamiento por las esferas de la comprensión de lo que es lo real, de aquello que la literatura significa y de su relación con el mundo real, con lo que se construye un problema de lectura situado entre planos: el espacio de producción de lo real, y lo real imaginado como lugar de la narración.

Estos complejos ámbitos de reflexión conducen al establecimiento de una experiencia con la narrativa, con la obra de arte en tanto

[...] la experiencia de la obra de arte implica un comprender, esto es, representa por sí misma un fenómeno hermenéutico y desde luego no en el sentido de un método científico. Al contrario, el comprender forma parte del encuentro con la obra de arte, de manera que esta pertenencia sólo podrá ser iluminada partiendo del modo de ser de la obra de arte (Gadamer, 2005, p. 142).

Penetrar el modo de ser de la obra implica mimetizarse en el mundo que ella despliega hacia un encuentro entre el mundo del texto y el mundo del lector. El recorrido reflexivo de esta tarea implica desentrañar los diálogos, los vínculos, las relaciones que se establecen como tejidos hacia el mundo, presentes en la obra, y que de allí emergen como proyección, siguiendo a Ricoeur (2004a), quien plantea que

[...] la estética de la recepción no puede comprometer el problema de la comunicación sin hacer lo mismo con el de la referencia. Lo que se comunica, en última instancia, es, más allá del sentido de la obra, el mundo que proyecta y que constituye su horizonte (p. 148).


El anclaje en una lectura experiencia, permite estar alerta a los diversos matices y rasgos que resultan oportunos y que están allí, latentes, en aparente estado de ocultamiento. Por tanto, se trata de hacerlos emerger, de traerlos ante esta lectura, esto es, mostrarlos reconociendo que tienen lugar en el lenguaje. Adentrarse en el lenguaje de una obra literaria, escudriñarlo para salir siendo otro y, en esa transformación, para decir el mundo hallado, requiere el uso del lenguaje de la vida, el del conocimiento; la dialéctica entre estos dos lenguajes es el diálogo posible entre dos mundos, a saber, el del que crea ficción y, con ella, su propio estatuto de realidad, y el del que recrea su propio mundo real desde aquel. En consecuencia, hablar del lenguaje de la literatura es intentar desdoblarlo para que emerjan los sentidos, para hacer brotar un segundo lenguaje por encima del primero, para bajar el rostro hacia un segundo ser y al empaparse de la sombra de ambos, levantar la vista siendo otro, alterado; y, de este modo, hacer una segunda escritura con la primera, la de la obra, hacia los márgenes que suscita, que alteran, que no son verdaderos ni falsos, que, más bien, nos instalan en los territorios del generar una experiencia de lectura, de esta manera se logrará “…reconstruir el conjunto de las operaciones por las que una obra se levanta sobre el fondo opaco del vivir, del obrar y del sufrir, para ser dada por el autor a un lector que la recibe y así cambia su obrar” (Ricoeur, 2004a, p. 114).

Topar-se, entonces, con una obra de arte literaria es una experiencia, un acontecimiento que concierne en mucho al lector, y la posibilidad de lectura ocurre porque el texto no es cerrado, está abierto a otra cosa: leer es, sobre todo, encadenar un discurso nuevo al discurso del texto (Ricoeur, 2002, p. 127-147). El encadenamiento permite actualizar la obra en una suerte de aventura de la experiencia, puesto que, como lectores, podemos permanecer en el “suspenso del texto” y desde allí adentrarnos en la estructura del mismo, o, más bien, podemos “quitar el ‘paréntesis’ del texto, acabar el texto con palabras, restituyéndolo a la comunicación viva; entonces lo interpretamos” (Ricoeur, 2002, p. 127-147).

El ponerse en camino orientado por el texto invita a “buscar, más allá de la operación subjetiva de la interpretación como acto sobre el texto, una operación objetiva de la interpretación que sería el acto del texto” (Ricoeur, 2002, p. 133). Con esta licencia, los mundos que la narrativa concita devienen experiencia en la lectura. Las búsquedas en las esferas de la narrativa literaria derivan en la configuración de lo textual literario en función de desentrañar aquello que el texto interroga, conecta, provoca, moviliza en el pensamiento y en el sentir del lector. Los modos de sentido existentes en la obra hallan actualizaciones fuera de ella,  esto es, la verdad que dice la obra y el mundo que contiene son puestos en relación con la verdad que expresa el mundo5, en una fusión de horizontes de sentido (Gadamer, 2005).

Este encuentro tiene lugar en una experiencia que se erige a manera de “arco hermenéutico que se alza desde la vida, atraviesa la obra literaria y vuelve a la vida” (Ricoeur, 2003, p. 865). Encuentro posible gracias a que la producción literaria es terreno fértil de indagación de nuestra forma de vivir y la de los personajes; la iteración y permanencia de estos estados en la vida social aporta un abundante material de referencias que estos campos recomponen en cuerpos narrativos y constituyen tarea del maestro mediador entre el texto y la lectura del estudiante.

Se trata, entonces, de “la dialéctica de la experiencia [que] tiene su propia consumación no en un saber concluyente, sino en esa apertura a la experiencia que es puesta en funcionamiento por la experiencia misma” (Gadamer, 2005, p. 432). La fecundidad de esta pesquisa se halla precisamente en la experiencia hecha lectura, la cual pretende arrancar certezas e instalar otras, así sean provisorias, pues la narración continúa.

Es innegable, como veíamos, la relación que existe entre los textos literarios y los entornos de la vida, del mundo, de la existencia. Si bien el compromiso de la literatura es en ella y con ella misma, no niega que emerge de la realidad y la modifica en la creación de nuevos mundos. La obra literaria no es inocente ni neutral, no está exenta de cargas sociales y culturales. Por tanto, los acercamientos a las maneras y a las formas del decir literario y sus connotaciones, implican una escritura crítica-interpretativa sobre la escritura creadora-original (Said, 2004, 77). En este sentido, Mabel Moraña (2004) señala que

[…] en un salto no mayor que el que realizó la crítica literaria en su paso de la estilística a la socio-historia, el desafío de los nuevos tiempos exige una revalorización del discurso literario como una de las formas simbólicas y representacionales que se interconectan en la trama social, sin llegar a adjudicarle por eso un privilegio epistemológico – ni a ésta ni a otras formas representacionales que serán, a su vez, opacas, ideológicas, contradictorias, polivalentes. (p. 193).

Escritura y mundo, lector y vida, parecen ser relaciones en las cuales el maestro funge a manera de hiato que incursiona en las posibilidades del mundo de la vida que la obra interpela en el estudiante. Los sujetos y los  objetos excepcionalmente sustraídos del mundo común, no representan una conciencia particular ni reproducen una imagen objetivada de los individuos y de la vida misma, pero tampoco establecen un vínculo intencional dialéctico con la conciencia y la intención del autor como si pretendieran reflejar algo homófono; más bien, crean un espacio orgánico de las polifonías en la arquitectura de las conciencias y de los psiquismos sociales diferenciados en sus individualidades y personalidades, adquiriendo así el carácter de “idea-sentimiento”, de “idea-fuerza” (Thayer, 2010, p. 11). Por tanto, asumir un papel de lector que se interroga en la vida, y con ella acude a desplazarse por la lectura de la obra, deriva en una experiencia cercana a la enunciación de preguntas que atañen al ser del hombre y de la sociedad mismos.

Para finalizar este apartado, podríamos señalar que, como hemos visto, la interpretación deja fluir el movimiento interno de la obra literaria, escucha sus voces en una suerte de sinfonía que rebasa los límites de la escritura sin dejar de asumirlos y permite el tránsito de lenguajes: los del texto, los del contexto y los del lector; de esta manera, el mundo del texto espera por el mundo del lector para lograr su completud. Así, la obra nos sumerge en sus sentidos para experimentarlos, sentirlos y atravesarlos, tarea en la cual el maestro posibilita dichos encuentros que son propiciados, necesariamente, desde una lectura atenta a los mundos que suscita. De esta manera, entonces, se logra modificar el papel tanto del profesor como del estudiante, a partir de la revisión de los objetivos que movilizan los programas de didáctica de la literatura en los espacios universitarios de formación de maestros.
 

Conclusiones

El presente artículo presentó algunas reflexiones tendientes a establecer diálogos fecundos con los programas de didáctica de la literatura ofrecidos en los programas universitarios de formación de maestros. Los abordajes realizados señalan una ruta de discusión posible de ser adelantada alrededor del campo de la didáctica de la literatura, con el propósito de centrar su objetivo en una concepción de maestro que, antes que enseñante, se conciba como mediador, como posibilitador, como generador de experiencias de lectura tendientes a desarrollar en sus estudiantes una formación literaria.

El artículo establece algunas reflexiones alrededor de las relaciones entre literatura y realidad y la naturaleza del hecho literario en el contexto del lenguaje como hechos que emergen del mundo de la vida. Estas relaciones hallan terreno fértil no solo en lo que atañe a los estudios literarios, sino, como deriva del presente artículo, en lo referente a la formación de maestros atentos a afinar su mirada no tanto como enseñantes de literatura sino como posibilitadores de una formación en este campo.

Realidad y ficción se materializan en la escritura, aquella, la de la vida, con la riqueza del lenguaje, y esta, la de la literatura, con la complejidad de la imagen de la realidad hecha palabra literaria. A manera de otra ruta de comprensión del hombre y su relación con la sociedad es oportuno asumir los diálogos posibles entre literatura y realidad y con ello, reconocer los diálogos de la literatura en el hecho social. Esto invita a que el maestro dedique su atención, inicialmente, a las relaciones posibles entre literatura y realidad, para, posteriormente, propiciar encuentros mediante la lectura de ejercicios de interpretación textual de parte de los estudiantes, ligados a las reflexiones que los textos imparten en tanto contenedores de experiencias que han emergido, también, del mundo que concierne al lector. Se trata, entonces, de optar por un enfoque literario centrado en el establecimiento de las relaciones que el texto entabla con la realidad, lo cual, a su turno, posibilita que el lector se inmiscuya en la realidad que el texto provoca, propiciando una interacción entre el texto de la obra y el texto del lector.

Lo anteriormente planteado permite otorgar a la literatura un valor de fuente de acercamiento a los problemas que la realidad misma comporta y atañen al lector, aspecto que debe ser atendido, primordialmente, por quien se prepara para ser maestro de literatura desde el campo de formación didáctica en los programas universitarios de formación de maestros. La interpretación de la realidad y la construcción social del individuo son posibles en el hecho de propiciar espacios de una formación literaria basada en los intereses del estudiante que hallan eco en la lectura de la obra literaria y que esta, a su turno, provoca en él.
Lo anterior supone reconocer en el acontecimiento literario un complejo campo de tensiones que atraviesa procesos humanos, sociales, políticos y estéticos, entre otros, como manera natural de decir el mundo, de nombrarlo, y al hacerlo, de preguntarse por él, de indagarlo, de sentirlo o de avizorarlo. Por tanto, el diálogo entre el mundo del lector (mundo del hombre) y el mundo del texto (mundo de la obra), es posible gracias al reconocimiento de la relación literatura-realidad. La literatura penetra la condición humana; revela cosas nuevas no necesariamente como imitación de la realidad, más bien, revelando su anverso, o, al menos, un trozo de él. Por ello la literatura crea palabras del tamaño de nuestra realidad, que, frecuentemente, no cabe en ellas y la lectura experiencia hace posible develar.

 Dado, entonces, que la literatura entabla relaciones con la realidad, la función del profesor ha de ser la de provocar y expandir las experiencias que la lectura del texto literario hace emerger, antes que auscultar reacciones en torno a categorías objetivas de análisis. Que el maestro se conciba como mediador entre el texto y el estudiante, permite advertir que antes que enseñar literatura, su papel fundamental es propiciar la construcción de experiencias significativas entre el mundo del texto y el mundo del lector, ruta posible para acompañar a los estudiantes en las posibilidades de lectura de manera que logren iniciar y desarrollar su propia formación como lectores de literatura.


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1 El presente artículo deriva de la investigación de tesis doctoral titulada “La quietud: experiencia estética del tiempo en la construcción narrativa de la ciudad onettiana”, dirigida por el doctor Beethoven Zuleta Ruiz, en el marco del programa de Ciencias Humanas y Sociales de la Universidad Nacional de Colombia, sede Medellín.

2El trabajo de Ricoeur se centra en el análisis del relato y sus implicaciones ontológicas y epistémicas, para lo cual distingue entre relato histórico y de ficción. Su amplio estudio le permite extrapolar algunas de las categorías propias de la narratología y de la teoría literaria con el fin de insertarlas en el campo de la identidad. Para el trabajo, me baso fundamentalmente en las obras de Tiempo y Narración I, II y III de 2003, 2004a y 2004b, respectivamente.

3 Diego Bermejo señala en En las fronteras de la ciencia (2008) que no existe el mundo real tanto como, estrictamente, el ficticio y se pregunta qué es la ficción (pp. 25-28).

4Este subtítulo es tomado del texto de Roland Barthes, 2011, titulado El placer del texto y lección inaugural de la cátedra de semiología del collége de france. México: Siglo XXI Editores, p. 98.

5Para el tema de la verdad, así como el de sus relaciones con racionalidad e historia, remitimos al texto de Rojas Osorio, C. (2006). Genealogía del giro lingüístico. Medellín: Editorial Universidad de Antioquia.

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