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Ciencia Política: críticas y propuestas en el desarrollo del campo disciplinar

Jonathan Alejandro Murcia1

1Politólogo y Magíster en Derecho de la Universidad de Antioquia. Estudiante del Doctorado en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia. Profesor de la Facultad de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad de Antioquia. Integrante del Centro de Análisis en Políticas Públicas vinculado al grupo de investigación Gobierno y Asuntos Públicos de dicha facultad. Artículo de reflexión realizado en el marco del curso Fundamentos de Ciencia Política, del Doctorado en Estudios Políticos de la Universidad Externado de Colombia. Correo electrónico: jonathan.murcia@udea.edu.co

Citación de este artículo: Murcia, J. A. (2018). Ciencia Política: críticas y propuestas en el desarrollo del campo disciplinar. Diálogos de Derecho y Política, (21), pp. 63-73. Recuperado de http://aprendeenlinea.udea.edu.co/revistas/index.php/derypol/article/view/336600/20791963

Resumen

En el presente artículo se ofrecen al lector algunas reflexiones sobre el desarrollo de la Ciencia Política como campo disciplinar, abordando discusiones tradicionales en su historia, entre ellas, las críticas dirigidas a la Ciencia Política tradicional de corte estadounidense y su influencia en la forma de conocer científicamente la política; la relación entre Ciencia Política, Teoría Política y Filosofía Política; y algunas propuestas que se han formulado sobre el desarrollo de esta disciplina en el contexto latinoamericano.

Palabras clave: Ciencia Política; disciplina; crisis y propuestas; América Latina y Colombia.

Contorneando la discusión

El ingreso al mundo de la Ciencia Política tiene diferentes entradas. Se puede ingresar a través del interés por un tema o subtema en particular (el Estado, los sistemas electorales, la ciudadanía, las instituciones políticas, etc.). También se puede llegar a través del interés por la disciplina. Este último camino es el que regularmente recorremos quienes deseamos ser profesionales en este campo a nivel de pregrado o posgrado, o, para quienes tienen un particular interés en conocer de qué trata esta ciencia.

La literatura que inicialmente se dispone para hacer una introducción a la Ciencia Política son los libros tipo manual, que intentan responder al lector inquietudes como ¿Qué es la Ciencia Política? ¿Cómo surge? ¿Por qué es una ciencia? ¿Cuáles son sus escuelas, métodos, enfoques de teoría y principales conceptos? ¿Cómo se ha desarrollado como campo disciplinar?

Entre esta literatura generalmente nos encontramos con reconocidas obras como Una disciplina segmentada, Escuelas y Corrientes en las Ciencias Políticas de Gabriel Almond (1999), Teoría y Métodos de la Ciencia Política de David Marsh y Gerry Stoker (1997), ¿Cómo estudiar Ciencia Política? Una introducción en trece lecciones de Dieter Nohlen (2012), Ciencia Política: una introducción de Josep M. Vallés (2006), Nuevo Curso de Ciencia Política de Gianfranco Pasquino (2011), y, cómo no aludir al famosísimo Diccionario de Política de Norberto Bobbio (1997).

El listado puede ser mucho más extenso. Estas obras están dirigidas a orientar al lector en el desarrollo de una ciencia relativamente “joven” respecto a otras ciencias sociales. Adicionalmente contribuyen a definir un estado del arte de la disciplina. Estas obras son de gran valor, porque recogen importantes debates ontológicos, epistemológicos, metodológicos, teóricos y conceptuales de la Ciencia Política.

Es común que en esas obras también se aborden controversias que han marcado el desarrollo de la disciplina. Por ejemplo, debates tradicionales como la relación de la Teoría Política y la Ciencia Política (Isaac, 1987; Sartori, 2000). El ensayo de Elizabeth Kiss sobre El extraño silencio de la teoría política (1995) es esclarecedor, en cuanto cuestiona los alcances prácticos y transformadores de la teoría política; así como los efectos nocivos de los distanciamientos que se han generado entre la Ciencia Política y la Teoría Política, y que han derivado en un empirismo avalorativo de la primera y un normativismo por parte de la segunda, cayendo ambos recurrentemente en escenarios de irrelevancia práctica.

Por otra parte, Jeffrey Isaac (1987) nos invita a cuestionar los esencialismos y a reconocer la capacidad de agencia del ser humano para transformar su historia, el cual está determinado por estructuras sociales que él mismo ayuda a construir y modificar. Para este autor, hoy más que nunca se requiere de una teoría política humanista y de una práctica política informada, para proteger las libertades y la democracia ante el resurgimiento del conservadurismo y del fundamentalismo religioso.

También podemos encontrar literatura que desarrolla álgidas discusiones que confrontan de una manera estructural las formas como estamos haciendo ciencia sobre la política. En ese sentido, hay otras vías quizá “menos tranquilas” de entrar a la disciplina.

Puede ser el caso del estudiante de primer semestre de Ciencia Política que, entre sus primeras lecturas, se tope o le recomienden ensayos como Adiós a la Ciencia Política: Crónica de una muerte anunciada de César Cansino (2007). Este neófito apenas está llegando y ya lo están despidiendo. Puede ser altamente impactante interesarse por una disciplina y encontrarse quien le diga que esta se encuentra herida de muerte.

Hay profesores que preferirían dejar que sus nuevos aprendices o los amigos interesados en la Ciencia Política tengan tiempo de entrar a la casa, saludar, ubicarse bien en la sala, antes de enterarse de asuntos que merecen tiempo, conversación y reflexión para ser bien entendidos.

Por ejemplo, para comprender por qué Cansino se despide con tanta vehemencia de la Ciencia Política, se debe estar al corriente de que a principios del siglo XXI un gran referente de esta disciplina venía afirmando que la Ciencia Política se había convertido en un “Gigante con Pies de Barro”, así como entender bien los planteamientos críticos a la Ciencia Política que rodean esta metáfora, y por ende, las reacciones de quienes estuvieron a favor o en contra de esta crítica.

Me estoy refiriendo por supuesto a la gran conmoción que generó el reconocido politólogo italiano Giovanni Sartori a comienzos del presente siglo cuando publicó ¿Where Is Political Science Going? traducido al español como ¿Hacia dónde va la Ciencia Política? (2004), que todavía retumba en nuestras cabezas, diciéndonos que uno de los principales compromisos de los politólogos es reflexionar sobre cómo estamos construyendo esta disciplina.

En este orden de ideas, me propongo en este artículo realizar un breve abordaje sobre esta controversia y sobre otros asuntos que debemos tratar si no queremos seguir caminando con pies de barro, analizando algunas críticas que se han generado al desarrollo de la Ciencia Política tradicional de corte estadounidense, sobre la relación Ciencia Política, Teoría Política y Filosofía Política y abordando otras cuestiones sobre el desarrollo de esta disciplina en nuestro contexto latinoamericano y particularmente el colombiano.

Intentaré cumplir con este objetivo en tres momentos. En el primero, retomar de manera muy general algunas de las tesis que Sartori presenta en su colección de ensayos Cómo hacer Ciencia Política. Lógica, Método y Lenguaje de las Ciencias Sociales (2011) y que nos invitan a cuestionarnos sobre cómo estamos construyendo nuestra disciplina. En un segundo momento, presentaré algunas reacciones que esta (auto)-crítica ha generado entre académicos latinoamericanos, valiéndome de literatura en la cual se plantean posiciones muy diversas, la gran mayoría optimistas y con carácter propositivo. Finalmente, en un tercer momento concluiré este artículo haciendo un balance a modo personal sobre este periodo crítico de la Ciencia Política, que nos invita, como toda crisis, a cuestionarnos, reflexionar, proponer y trazar nuevos rumbos.

Hacia dónde vamos y cómo hacer Ciencia Política

Giovanni Sartori, como él mismo se califica —quizá con algo de la ironía que caracterizaba su buen humor y su estilo de sátira—, es todo un “viejo sabio” y un gran precursor de la Ciencia Política. Sus textos han constituido un valioso aporte al desarrollo de la disciplina. Su obra La Política: Lógica y Método en las Ciencias Sociales (2002) ha sido un faro para muchos politólogos en medio de la bruma que rodea los debates sobre la Filosofía Política, la Teoría Política, la Ciencia Política y sus interrelaciones.

En su publicación Cómo hacer Ciencia Política. Lógica, Método y Lenguaje de las Ciencias Sociales (2011), Sartori reúne una colección de ensayos sobre diversos temas: comparación, terminología conceptual, democracia, etc. que tienen como base la preocupación del autor por el papel de la lógica en el método científico, o, por decirlo de otra forma, sobre la metodología. Cada ensayo reúne una serie de tesis, explicaciones y propuestas, para atender asuntos que él considera problemáticos en el desarrollo de la Ciencia Política.

Una de estas tesis tiene que ver con lo que él denomina el “estiramiento conceptual” y la “mal formación de conceptos”. Para Sartori, una de las grandes particularidades que ha tenido la Ciencia Política es el hecho de ser heredera de conceptos ya construidos en otros campos de conocimiento, como la Filosofía Política y la Teoría Política. Según Sartori, esto generó inicialmente que el politólogo fuera inconsciente, en el sentido de no tener la responsabilidad de pensar en la teoría, ya que otros ya habían pensado por él (2011, p. 11).

Sin embargo, la Ciencia Política ha tenido la necesidad de embarcarse en re-conceptualizaciones, debido a la expansión de la política (ampliación de sus significados) y a la necesidad de comparar globalmente. Según Sartori, ante esta necesidad, la forma más frecuente para los politólogos de “viajar” por el mundo de la política ha sido estirar los conceptos, generando como consecuencia que estos cada vez abarquen una mayor variedad de realidades, generando ambigüedad (múltiples significados/ampliación connotativa) y vaguedad (menos precisión denotativa/referente empírico), con todas las consecuencias que esto tiene a la hora de comparar, o, mejor dicho, de comparar mal.

En ese escenario, las investigaciones de la Ciencia Política se han sumergido en conceptos vaporosos, falsas equivalencias, entre otros problemas a la hora de abordar sistemas democráticos, Estados, gobiernos, sistemas políticos, partidos políticos, movimientos sociales, entre otros objetos de estudio.

Otra vía por la cual hemos optado para viajar ha sido dejar atrás la preocupación por el significado de los conceptos y trasladar todos nuestros esfuerzos hacia la cuantificación de las realidades políticas: ya no definir, sino medir, hacer estadísticas y formalizar matemáticamente. Esto, según Sartori, nos ha llevado a querer cuantificar fenómenos de los cuales aún no sabemos bien qué son. Aquí radica la gran preocupación sobre el afán que se ha generado en la Ciencia Política por abarcar un mayor número de casos, comparar, proporcionar estadísticas, que nos ha llevado a olvidarnos de la lógica o a caer en una mala lógica. De ahí que, en estos afanes de medir, medir y medir, Sartori se pregunte ¿medir qué? “no podemos medir sin no sabemos antes lo que estamos midiendo” (2011, p. 20).

Esta inquietud de Sartori en torno a los caminos recorridos por la Ciencia Política tradicional, caminos de racionalización formal y matemática de las realidades políticas, nos cuestiona sobre qué tanto nos cuestionamos por la lógica del método científico que empleamos, de discutir cómo conocemos lo que conocemos, cuestionarnos sobre si las herramientas conceptuales y los métodos que estamos empleando son los adecuados o no.

En ese escenario Sartori nos invita a pensar que cada vez tenemos más teorías, modelos de análisis, herramientas informáticas, acceso a datos, pero no sabemos muy bien para qué nos sirve todo eso, lo que él diagnostica como el desarrollo de la relación teoría-investigación a costa de la reflexión sobre la relación teoría-práctica. Por ese camino, estamos viajando de manera inconsciente; donde la corriente dominante de hacer Ciencia Política, preocupada por su desarrollo, está quedando tan vulnerable y expuesta como aquel gigante con pies de barro del sueño del rey Nabucodonosor.

Evidentemente, estas críticas de Sartori apuntan a la tradición estadounidense que ha modelado fuertemente el desarrollo de la Ciencia Política. Ese “gran hermano” como él le denomina —reconociendo de todas maneras sus buenas intenciones—, ha llevado a la Ciencia Política por caminos que él considera equivocados por diversas razones, como el hecho de tomar a la Economía como ejemplo a seguir o el interés por centrarse en un enfoque conductista, cuantificador y descuidando la relación teoría-práctica. Para Sartori, este camino nos ha llevado a desarrollar una “ciencia inútil” (2011, p. 318).

En sus planteamientos sobre hacia dónde va la Ciencia Política, su balance es claro y contundente, y se erige de manera explícita como una crítica a la Ciencia Política estadounidense

Desde mi punto de vista, la ciencia política de impronta estadounidense (por entendernos, la «ciencia normal», dado que los estudiosos inteligentes logran siempre salvarse gracias a su inteligencia) no va a ninguna parte. Es un gigante con pies de barro. La alternativa, al menos a la que personalmente tiendo, es la de resistirse a la cuantificación de la disciplina. Por decirlo en pocas palabras, piensa antes de contar y, al mismo tiempo, cuando pienses usa la lógica. (2011, p. 324)


Sin duda alguna, las reacciones no se hicieron esperar. Hubo tanto manifestaciones de apoyo a las tesis de Sartori, como expresiones moderadas y otras de abierto rechazo. Este artículo no las puede abordar todas en detalle, pero sí es posible mencionar algunas de ellas.

Una reacción moderada, con apoyo a algunas tesis de Sartori y rechazo a otras, fue la respuesta de Josep Colomer en su artículo La ciencia política va hacia adelante (por meandros tortuosos). Un comentario a Giovanni Sartori (2006). Según Colomer, Sartori tiene toda la razón cuando plantea que la Ciencia Política ha descuidado su dimensión práctica y de investigación aplicada, ya que se ha concentrado en cuantificar. También manifiesta acuerdo con el hecho de que se ha descuidado la tarea de definir bien los conceptos. Sin embargo, rechaza otros planteamientos. Entre las acusaciones más directas está el hecho de considerar que Sartori se equivoca de enemigo al responsabilizar de manera tan directa a la Ciencia Política estadounidense. Colomer también manifiesta desacuerdo con la crítica a la cuantificación.

De otro lado, y ya no como reacción sino como acusación previa, se encuentran las tesis de autores italianos como Danilo Zolo, quien ya en la década de los ochenta del siglo XX venía planteando que la Ciencia Política, particularmente la Ciencia Política estadounidense, se encontraba en crisis y acusó a Sartori de ser uno de los precursores de una Ciencia Política única.

En la “ciencia política” de Sartori y de algunos de sus discípulos existe no sólo la ambición de presentarse como la única forma de conocimiento político controlable y confiable, sino también una no menos ambiciosa polémica política, que aspira a ser puramente científica, en las confrontaciones con toda concepción “holística”, comenzando por el socialismo. En mi opinión, ha llegado el momento de reconsiderar, también en Italia, los fundamentos y el “rendimiento” de la “ciencia política” y sobre todo de volver a poner a discusión la que es su auténtica camisa de fuerza: el dogma positivista de la separación entre “juicios de hecho” y “juicios de valor” y, en relación con ello, el principio de la “avaloratividad” ético-ideológica (Wertfreiheit) de las teorías científicas. (2007, p. 53)


En este escenario que plantea Danilo Zolo, la crisis de la Ciencia Política no se debe sólo a las formas estadunidenses de hacer Ciencia Política, sino a la idea de una ciencia de la política como empresa de unificación y homogeneización del conocimiento de la política, responsable de separar, por un lado, el conocimiento científico de la política, y, por otro lado, el conocimiento derivado de la Filosofía Política.

Solo estos dos ejemplos, el de la respuesta de Colomer a Sartori y el de las críticas de Zolo a Sartori, nos muestran lo complejo de la discusión sobre el estatuto científico, ontológico y epistemológico de la Ciencia Política y de la diversidad de posturas en torno al estudio de la política. En toda esta historia, la Ciencia Política también ha sido objeto de debate en América Latina, así como de reflexión sobre su posible crisis. Veamos algunas de las posiciones que se han esgrimido al respecto.

Ubicando la discusión en América Latina

La Ciencia Política, y su desarrollo en Latinoamérica, no han sido ajenos a estas discusiones. Las facultades y departamentos, las revistas académicas y libros, los congresos y otros espacios de construcción y socialización de la politología, han sido testigos de ello. Allí se han propuesto debates, argumentos y posiciones sobre aspectos como: el estatuto científico de la Ciencia Política; las influencias procedentes tanto de la tradición estadounidense, como de la teoría política y la filosofía política clásica europea continental; la construcción de una Ciencia Política más situada en las realidades latinoamericanas, entre otros.

En ese escenario, se ha producido importante material bibliográfico, tanto en respuesta a la pregunta de Sartori sobre hacia dónde va la Ciencia Política, como otras reacciones que han pretendido abordar de manera crítica y reflexiva el desarrollo de esta disciplina en nuestra región.

En América Latina encontramos diversas posiciones. Algunas, en mi opinión, son fatalistas y un tanto exageradas, como la de César Cansino (2007), quien afirma que la Ciencia Política “está herida de muerte” por excesos empiristas y cientificistas que la alejaron de la macro política (p. 27). Otras lecturas menos dramáticas y más optimistas como la de Martín Retamozo, plantean que “Esta situación, lejos de ser una tragedia, es una oportunidad para el replanteo de los estudios políticos en América Latina, superando las constricciones temáticas, teóricas y metodológicas difundidas por el paradigma con pretensiones hegemónicas” (2009, p. 2) y propone pasar “De la crítica de la Ciencia Política a la Ciencia Política Crítica” (p. 10).

Trabajos como el de José Luis Orozco (2012), quien, sin despedirse de la Ciencia Política, realiza una crítica a la Ciencia Política Norteamericana en su libro La Pequeña Ciencia. O los escritos de José Francisco Puello Socarrás (2010) quien señala diversos obstáculos que ha tenido la Ciencia Política en su desarrollo habitual y propone la necesidad de construir una disciplina renovada, alternativa y liberadora.

Otras perspectivas como la de Barrientos del Monte (2009), plantean varias críticas a reacciones como la de Cansino, señalando que el panorama es más complejo de lo que parece, identificando cómo incluso en Estados Unidos se encuentran posturas críticas a la tradición cuantitativista norteamericana y concluye que la Ciencia Política está más viva que nunca.

Los diagnósticos parecen apuntar a un mismo asunto: la influencia de la tradición estadounidense en el desarrollo de una Ciencia Política obsesionada por medir, por definir su estatuto de cientificidad y su autonomía disciplinar, y por universalizarse como ciencia, se ha olvidado de sus raíces filosóficas y teóricas, ha caído en estudios cuantificadores inútiles, ha perdido de vista las dimensiones culturales, sociales y económicas de la política, así como los lazos con otras ciencias sociales que le ayudan a comprender lo político, y, en un contexto de enormes desigualdades socioeconómicas y persistentes crisis políticas como América Latina, la Ciencia Política se ha descuidado en su dimensión práctica y transformadora, lo cual, para muchos, es ontológica y epistemológicamente reprochable.

Las alternativas formuladas para responder a ese diagnóstico común son diversas. Algunos autores proponen construir una Ciencia Política que encuentre su riqueza en la interdisciplinariedad (Llera Ramo, 1996; Muñoz Patraca, 2009) o en la transdisciplinariedad (Rivas Leone, 2003; Pérez y Guzmán, 2010). Otros autores plantean la necesidad de desarrollar un enfoque integrador (Restrepo, Tabares y Hurtado, 2013), caracterizado por la interdisciplinariedad, la mixtura de enfoques teóricos y un caleidoscopio metodológico, para abordar objetos de estudio de la política en contextos marcados por la violencia.

Aunque algunos autores reconocen que se deben evitar posturas rígidas y compartimentaciones positivistas, plantean que sí es necesario fortalecer los presupuestos epistémicos y epistemológicos de la disciplinariedad de la Ciencia Política, así como establecer la teoría política como la “columna vertebral normativa” de la Ciencia Política, incluso, como una forma de llevar a cabo un mejor diálogo interdisciplinar y superar el paradigma tradicional positivista que rechaza la valoratividad (Mejía Quintana, 2006).

Otras perspectivas proponen recuperar la relación entre la Ciencia Política y la Filosofía Política (Fernández Ramil, 2005), o, en otros términos, sugieren a la Ciencia Política “dejarse contaminar” de la filosofía para enriquecerse en sus estudios y superar su pretendida neutralidad positivista (Molina, 2007). También están quienes, más allá de las tradiciones, plantean que la Ciencia Política debe guiarse por la autocrítica y la pluralidad (Bautista Lucca, 2008).

En Colombia, hemos presenciado diversidad de debates y se han recorrido múltiples caminos. En variadas producciones se han registrado no solo las misceláneas influencias que hemos recibido en el desarrollo de la disciplina, sino, también, las trayectorias tan diversas que hemos transitado en la institucionalización de la Ciencia Política (Murillo y Ungar, et. al. 1999; Casas y Losada, 2008; Leyva, 2013; Obando, 2013; Casas, 2015; Caicedo, Baquero y Cuéllar, 2015).

Los estudios de Javier Duque Daza (2014a; 2014b) sobre los pregrados y posgrados de Ciencia Política en Colombia, detallan la existencia de programas, facultades e institutos, que, en su fundación, decidieron enmarcarse en la Ciencia Política, mientras que otros se conciben más en la línea de los Estudios Políticos, o se concentran en temas específicos como el Gobierno o las Relaciones Internacionales. La diversidad de enfoques, subcampos disciplinares, influencias teóricas, son una muestra palpable de la variedad de identidades, enfoques e instituciones que han caracterizado el desarrollo del conocimiento científico de la política en Colombia, ya sea que se haya concebido en algunos escenarios como Ciencia Política o no.

Algunas consideraciones a modo de cierre

La alarma sobre la crisis de la Ciencia Política también ha retumbado en Colombia. Hemos hecho propio el debate sobre si desarrollamos una disciplina guiada por la tradición estadounidense (mayoritaria); si sería mejor hablar de Ciencias Políticas; si lo más conveniente es establecer un campo amplio de Estudios Políticos; o, si estamos construyendo una forma de hacer Ciencia Política particular y heterogénea en sí misma.

Cualquiera de estos caminos es válido. La coexistencia de diversas apuestas, como hasta ahora se ha dado, también lo es. Desde mi punto de vista no es necesario llegar a un lugar común. Lo que sí es indispensable es desarrollar los espacios de discusión académica y profesional para exponer y confrontar todos los argumentos y posiciones existentes. Construir un campo de conocimiento de la política en el cual nos reconozcamos, tanto en las similitudes como en las diferencias. Asumir la responsabilidad epistemológica de generar un conocimiento de la política y de lo político en sentido amplio y con orientaciones prácticas, para el mejoramiento y fortalecimiento de las instituciones y de los acuerdos colectivos, para la cualificación de las ciudadanías, para la formación de sujetos políticos críticos, para la garantía de los derechos, en un contexto que lo requiere y lo demanda.

La Ciencia Política colombiana no puede ser solamente espectadora de lo que sucede con la política en nuestros contextos. Desde mi perspectiva, el conocimiento científico de la política debe jugar un papel importante en la construcción de bases democráticas para la participación en la política partidista y electoral, en los movimientos sociales, en la educación política más allá de las aulas universitarias, en el mejoramiento de las decisiones políticas y de las políticas públicas.

Si entendemos el vocablo crisis, no como problema o dificultad, sino en su raíz etimológica latina como “situación de cambios”, habría lugar para que consideremos si estamos en crisis. Esta perspectiva nos exige discutir cómo vamos a seguir construyendo nuestra disciplina y nuestros conocimientos de la política y lo político; y cómo estos pueden contribuir a fortalecer nuestras instituciones democráticas y aportar a lograr un mejor país. Evitar los lugares comunes y acríticos. No podemos ser politólogos inconscientes como diría Sartori. La crisis es momento de crítica, de construcción, de transformación y de evolución. La Ciencia Política en Colombia debe atender a esta perspectiva de crisis, generar los espacios para discutirnos gnoseológica, ontológica y epistemológicamente, y afrontar el doble reto de desarrollar tanto la relación teoría-investigación como la relación teoría-práctica.

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