crónicas de la guerra

Crónicas de la guerra y de la paz: resistencias y desafíos en la negociación salvadoreña (1980 – 1992)*

Chronicles of war and peace: Resistances and challenges in Salvadoran negotiation (1980-1992)

Crônicas da guerra e da paz: resistências e desafios na negociação salvadorenha (1980 - 1992)

José David Moreno Mancera**

* Artículo de investigación. Investigador principal: José David Moreno. El presente artículo es fruto de la tesis doctoral en historia que el autor está realizando en la Universidad Nacional de Colombia: “De las balas a los votos: proceso de paz y conversión de grupos armados en partidos políticos en Colombia y El Salvador (1989 – 2000)”. Este proyecto está patrocinado y financiado por la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Bogotá Jorge Tadeo Lozano en la cual el autor es catedrático de historia y política latinoamericana. Fecha de terminación de la investigación: noviembre 2019.

** Historiador Universidad Nacional de Colombia; Magíster en Historia Moderna Universidad Lyon 2; Magister en Relaciones Internacionales Universidad Lyon 3; estudiante de doctorado en historia Universidad Nacional de Colombia. Profesor Asociado departamento de Ciencia Política Universidad Jorge Tadeo Lozano, Investigador del Observatorio de paz Facultad de Ciencias Sociales Universidad Jorge Tadeo Lozano; Correo electrónico: josed.morenom@utadeo.edu.co

Resumen

En enero de 1992 los miembros de la guerrilla salvadoreña del FMLN firman un acuerdo de paz con el gobierno de dicho país. Llegar a este acuerdo demandó un camino por demás complejo y resistido. Este artículo pretende hacer un análisis detallado de ese proceso que se ha convertido en un ejemplo para América Latina y en especial para Colombia. En sus páginas se analiza –a través de herramientas de historia oral y narrativas de algunos de sus protagonistas– los escenarios de la guerra civil previa a las negociaciones y se profundiza en detalle la mayoría de los aspectos políticos y militares que implicó la negociación de la paz.

Palabras clave: El Salvador; guerra civil; restablecimiento de la paz; solución de conflictos.

Abstract

In January 1992 the leaders of the Salvadoran guerrilla the FMLN signed a peace agreement with the government of that country. To achieve that goal, the principal actors navigated a very complex and contested path. This article intends to make a detailed analysis of that process, which has become an example for Latin America and especially for Colombia. In its pages, I analyze the civil war context before the negotiations and the political and military aspects involved in the negotiation of the peace agreement. For this I use oral history methods, and the narratives of some of the conflict protagonists

Keywords: El Salvador; civil war; peace making; conflict resolution.

Resumo

Em janeiro de 1992 os membros da guerrilha salvadorenha do FMLN assinam um acordo de paz com o governo desse país. Chegar a este acordo exigiu um caminho extremamente complexo e resistido. Este artigo busca fazer uma análise detalhada desse processo que se tornou um exemplo para a América Latina e em especial para a Colômbia. Nas suas páginas analisa-se - através de ferramentas de história oral e narrativas de alguns dos seus protagonistas - os cenários da guerra civil prévia às negociações e se aprofunda em detalhe na maioria dos aspectos políticos e militares que implicou a negociação da paz.

Palavras-chave: El Salvador; guerra civil; restabelecimento da paz; solução de conflitos.

Introducción:

Alain Rouquié señala en su obra que 1979 fue el año explosivo para América Central (Rouquié, 1994, p. 204). La revolución sandinista que llevaba a los hermanos Ortega al poder en Managua tendría un efecto devastador no solo en los países de la región centroamericana, sino también en el resto de países de América Latina (Pizarro, 2017, p. 98)17. En El Salvador, durante ese mismo año se fue consolidando una guerra de “baja intensidad” entre las fuerzas del Estado, grupos paramilitares y escuadrones de la muerte contra los movimientos sociales en sus diversas fuentes. La configuración de guerrillas de diversa escala fue orientando al movimiento armado hacia una confederación guerrillera a finales de 1980. Este es pues el origen de la guerra civil que va representar una década de violencia sin cuartel y costara la vida de decenas de miles de muertes, en su mayoría población civil.

Este artículo propone recorrer de forma breve, los momentos históricos más relevantes de esta guerra. No obstante, el trabajo busca explorar cómo después de la guerra se llegó al camino de la paz y cuáles fueron los actores y el contexto que impulsaron a la firma de la paz en 1992. Comprender por qué se llegó a este acuerdo es el principal propósito de este trabajo. Para lograrlo nos hemos basado especialmente en el trabajo de historia oral, fruto de dos trabajos de campo realizados en 2014 y 2016 en El Salvador. Estos relatos se apoyan en una extensa literatura sobre esta problemática que, a pesar de ser muy estudiada dentro de la academia norteamericana, resulta muy ajena a los países suramericanos y en especial a Colombia, país al que las enseñanzas del proceso salvadoreño se conviertan en lecciones aprendidas y caminos recorridos que puedan dar continuidad al propio camino que se quiere construir luego de la firma de los acuerdos con la guerrilla de las FARC. Este trabajo comporta tres partes básicas, una primera etapa de la consolidación y desarrollo de la guerra, posteriormente una crónica del proceso de paz llevado a cabo entre 1990 y 1992 y finalmente unos análisis alusivos a responder a la pregunta central de este texto.

1.    La guerra civil en El Salvador: consecuencias directas de un modelo político de orden elitista y conservador

Intentando hacer un ejercicio de orden historiográfico, podemos señalar el año de 1972 como uno de los puntos focales para centrar el inicio del conflicto salvadoreño (Juárez, 2014, p.166). La razón de esta fecha es el fraude electoral que se llevó a cabo para esos comicios y que fue manejado desde los más altos niveles del Estado por los militares, que desde 1932 manejaban los hilos de la política en el país (Almeida, 2010, p. 55). En los años 70 El Salvador es un país que demanda en sus diferentes esferas una modernización de su economía y su política. Se trata de un país más urbano, con una clase media más amplia y con nuevos criterios políticos procedentes de las diversas corrientes ideológicas e intelectuales en el mundo. El fraude del 72 simplemente se convierte en el epílogo de una suerte de acciones deliberadas de orden autoritario que llevan a una importante corriente de jóvenes salvadoreños a la conclusión de que por la vía democrática no serán posibles los cambios de los cuales adolece el país. Es así como la vía de las armas se perfila, al igual que en muchos países de la región, como la respuesta a un modelo político cerrado y excluyente (Moreno, 2016, ps. 101-110).18

Podemos decir que la guerrilla del FMLN (Farabundo Martí para la Liberación Nacional) se estructura como una suerte de confederación guerrillera a finales de 1980, en el mes de octubre (Harnecker, 1991, p. 114). Varias son las razones para determinar esta unión, que no resultaría un ejercicio novedoso pues en Guatemala, según Rouquié, se había producido el mismo fenómeno con la UNRG (1994, p. 149)19. Algunos dirigentes del mismo FMLN señalan que la unidad guerrillera surgió como respuesta a una solicitud planteada desde la Habana y el régimen de Fidel Castro:

Las diversas agrupaciones guerrilleras habían solicitado ayuda logística al régimen de Fidel Castro para apoyar nuestra causa. Sin embargo, la respuesta que él nos dio fue que teníamos que unirnos pues no podía ayudarnos de forma individual a cada organización. Así que tuvimos que crear el FMLN como respuesta a un impulso internacional pero también una necesidad interna. (Guardado Facundo, 9 de diciembre de 2014, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador).


Resulta una evidencia que la influencia internacional tanto por parte de Fidel Castro en Cuba como de los hermanos Ortega en Nicaragua termina por alentar la creación y consolidación del FMLN (Bataillon, 2003, p. 233). Ahora bien, es importante decir que no se trataba de una fuerza homogénea y que al interior se presentaban como hegemónicas dos fuerzas muy claras: las Fuerzas Populares de Liberación, (FPL) y el Ejército Revolucionario del Pueblo, (ERP). Lo cierto es que después de consumada la unión guerrillera, el 10 de enero de 1981 (Grenier, 1994, p. 188), el FMLN lanza la denominada “ofensiva final”, que se tradujo en una gran acción de orden militar en contra de las fuerzas del Estado y cuyo objetivo era la toma del poder en San Salvador. Esta ofensiva marca en cierta medida el inicio formal de la guerra civil que se extendería por algo más de una década: “por primera vez en todo el país hubo una maniobra sincronizada por parte de las fuerzas guerrilleras utilizando armas largas y armas de combate y estructuradas en columnas guerrilleras con mandos medios y con un comando central” (Galéas Marvin, 7 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador).

Inicia de esta forma una guerra sin cuartel entre las fuerzas armadas de El Salvador y la guerrilla del FMLN. El desarrollo de la acción bélica a gran escala va a producir a su vez enormes impactos del orden político. Tal vez lo más significativo de apreciar es que el inicio de la guerra acabó con cuatro décadas de dictaduras militares y planteó una reflexión general, inclusive en los sectores más ortodoxos, acerca de la necesidad de partidos políticos fuertes y gobiernos del orden civil apoyados en los sectores de la fuerza armada (Montobbio, 1999, p. 53)20. De allí va a resultar consolidado un partido como el Demócrata Cristiano (PDC), liderado por José Napoleón Duarte. Este partido había nacido en los años 60 y había sido determinante en la transición que se tradujo en las tres juntas cívico militares que gobernaron El Salvador entre 1979 y 1983 (Artiga-González, 2014, ps. 116- 120). De este ejercicio nace también la Alianza Republicana Nacional ARENA, liderada por el carismático Roberto D’Aubuisson, mayor retirado del ejército y miembro cercano de las élites económicas salvadoreñas21. Serán justamente estos dos partidos los que tomen la tarea de redactar una nueva constitución en 1983 y nombrar un nuevo presidente civil. Esta dinámica se fue agudizando conforme el FMLN avanzaba militarmente, pero especialmente en el campo diplomático:

El FMLN tenía más embajadas en el mundo que el mismo Estado, nosotros defendíamos una causa única y mostrábamos como el Estado era un gran violador de los derechos humanos en nuestro país. Llegamos incluso a tener embajada en Washington, el país al cual le estábamos haciendo la guerra (Sancho Eduardo, 10 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador).


Dicho trabajo diplomático le dio enorme visibilidad a la guerra y, obtuvo especialmente, simpatía de importantes sectores de la izquierda tanto en Europa como en América Latina. El FMLN decidió lanzar una guerra contra todo el aparato económico del país a mediados de la década de los años 80. En temas de infraestructura la voladura de puentes fue una de las acciones más reconocidas. En una geografía compleja de El Salvador, los puentes eran la principal fuente de comunicación. Estos actos de sabotaje retrasaban y en muchas ocasiones impedían la circulación de mercancías y otros productos. Sin embargo, estas acciones eran reconocidas como una estrategia por parte de la guerrilla para impedir la llegada de refuerzos militares a las zonas de combate que comenzaban a controlar el FMLN. Eduardo Sancho, líder de Resistencia Nacional, sugiere que los atentados a la infraestructura, el control de carreteras y el sabotaje en general hacían parte de la estrategia guerrillera de aquella época que se sumaba y se combinaba al combate del día a día contra las fuerzas del Estado (Sancho Eduardo, Testimonio). Esto sin mencionar los profundos daños causados en términos de transporte común, comunicaciones telefónicas, así como los suministros de agua y de electricidad, los cuales se sumaban al pesado balance de afectación a la infraestructura nacional, bastante atacada a finales de los años 1980. A esto responde uno de los líderes de la guerrilla: “atacar la economía del enemigo en una guerra es siempre un recurso que se usa en la guerra a pesar del dramatismo que eso pueda ocasionar” (Sancho Eduardo, Testimonio).

Para afrontar esta guerra, la Fuerza Armada de El Salvador (FAES) se apoyó en la inmensa colaboración de los Estados Unidos que, de acuerdo con Grenier, en pocos años triplicó su ayuda al país convirtiéndolo en uno de los más grandes receptores de ayuda militar en América Latina (1995, ps 52-53). Teniendo en cuenta el tamaño y la población de El Salvador, estas ayudas resultaban real y proporcionalmente muy elevadas. El elemento que más impacto tuvo dentro del desarrollo de la guerra fue la incursión de helicópteros, proveniente de Estados Unidos, para el desarrollo de la guerra (Galeas, 2006, p. 43)22. La llegada de los helicópteros norteamericanos y otros refuerzos de aviación cambia de forma significativa las operaciones por parte de la guerrilla, la cual debe romper sus columnas y accionar en unidades de combate más pequeñas:

para el desarrollo de nuestras acciones el uso de los helicópteros fue trascendental. Nos asestaba golpes muy certeros, nos dispersaba y nos ocasionaba problemas incluso del orden emocional. En la actualidad no soy capaz de escuchar un helicóptero volar. Reproduce en mí los peores recuerdos de la guerra. Es realmente un trauma (Gáleas Marvin, Testimonio).


En tanto que la guerra comenzaba a intensificarse de forma significativa, las dos partes implicadas mejoraban y tecnificaban sus estrategias de guerra:

empezó la locura por aquellos años, ya no había ningún tipo de racionalidad en la conducta, sino que era la clara exposición del fanatismo y el extremo de que cualquiera que pareciera contrario había que eliminarlo porque era tu enemigo (Ana Guadalupe Martínez, 9 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador).


De ambas partes se evidenciaban casi con cotidianidad actos de profundo horror y de tendencia terroristas. Fueron comunes las prácticas de cortarles la cabeza a las víctimas o de mutilarlas (Howard Cotto, 5 de diciembre de 2014, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador). También se hicieron corrientes los carros bomba y el asesinato sistemático de funcionarios del Estado y de servidores públicos, en especial alcaldes de municipios de todos los rincones del país:

esto si fue una guerra real, aquí había combates todos los días y se daban en inmediaciones de las grandes ciudades. Ustedes en Colombia tienen combates esporádicos por tener un territorio más grande que el nuestro y eso daba la sensación de una guerra lánguida y lejana, pero aquí, nuestra guerra fue intensa (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio).

2.    El esquivo camino hacia la paz: el acuerdo más allá de las resistencias

Los acercamientos entre el gobierno y la guerrilla fueron constantes casi desde el inicio mismo de la guerra. Sin embargo, es preciso señalar que estos acercamientos fueron más evidentes en los gobiernos de Napoleón Duarte (1984-1989) y resultaron definitivos en la administración de Alfredo Cristiani (1989-1994). Allí se puede señalar el primer encuentro realizado en octubre de 1984 entre las partes para comenzar a discutir escenarios de paz. No obstante, estos acercamientos fueron fallidos por una falta de voluntad de ambas partes. El gobierno Duarte demandaba el abandono de las armas para iniciar la negociación, punto infranqueable para la guerrilla. A su vez, el FMLN exigía al gobierno la disolución del ejército y la policía como punto inicial de las negociaciones. Ante esta situación los avances fueron magros en medio de un contexto aun altamente beligerante. Además de ello, fuerzas imperantes como el ejército salvadoreño y las élites económicas del país se oponían ante una salida negociada entendiendo esta como una suerte de rendición ante un grupo de criminales. La Casa Blanca, bajo el mando de Reagan, de forma sutil apoyaba también esta postura. A pesar de la puesta en marcha de políticas como la de una reforma agraria fallida, que buscaba acercarse a los sectores de la izquierda, la administración Duarte fracasó rotundamente en la búsqueda de la paz. Ni el contexto nacional ni el internacional eran propicios para un escenario de entendimiento. Tampoco había voluntad ni de parte de las élites, ni de los militares ni del gobierno, y valga la pena decir, tampoco del FMLN.

En ese contexto se llega a las elecciones de 1989, en las cuales, nuevamente, se enfrentaba la Democracia Cristiana con el partido ARENA. El gran líder carismático de este partido, D’Aubuisson, toma en los meses precedentes la determinación de que no sería candidato para ese año al considerar que su figura representaba múltiples resistencias y que esto podía condenar al partido (Santamaría Oscar, 3 de junio de 2014, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador). Entonces, el líder histórico y fundador de ARENA le entregó las banderas del partido a Alfredo Cristiani, un político poco conocido en ese momento dentro de la política nacional. De la mano de D’Aubuisson, Cristiani desarrolla una campaña política en aras de conquistar la presidencia del país demostrando un imponente éxito en su acometido.

El año de 1989 resulta crucial para los eventos marcados por la guerra de El Salvador. En lo esencial se registraba por una parte un evidente desgaste fruto del conflicto mismo y por otra parte se iba configurando un contexto internacional que iba señalado alternativas distintas a las de la lucha armada:

Ya cuando llegamos al 89 había una acumulación en la sociedad sal- vadoreña de apostarle a la paz. Había un movimiento muy fuerte de la sociedad civil, de sectores políticos y de la comandancia del FMLN apostándole y haciendo esfuerzos por llegar al final del derrama- miento de sangre (Henríquez Consalvi Carlos, 8 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno Entrevistador, San Salvador).


Tal vez lo más paradójico es que hubiese sido de parte de ARENA y de D’Aubuison de donde vinieran las principales iniciativas para desarrollar un proyecto de paz (Sancho Eduardo, Testimonio). Una vez Cristiani en el poder, esta decisión se mantuvo. Resultaba un desafío para el gobierno esta decisión pues existían muchos sectores que se oponían a la paz negociada buscando por el contrario una guerrilla derrotada por la vía militar.

El 9 de junio de 1989 cayó asesinado en San Salvador el Ministro de la Presidencia José Rodríguez Porth, un personaje altamente conocido dentro de los sectores empresariales y comerciales del país, a tan solo una semana de su posesión. Rodríguez había sido encargado por el presidente Cristiani de llevar adelante los acercamientos y posteriores negociaciones con el FMLN (Santamaría Oscar, Testimonio). Su asesinato se presentaba entonces como la primera prueba de un proceso seriamente amenazado por diversas fuerzas internas en El Salvador. El propio presidente Cristiani acusó públicamente al FMLN de haber perpetrado este homicidio con el objeto de imponer sus condiciones en los acercamientos para el establecimiento de un proceso de paz. A pesar de esta acusación y la gravedad de los hechos, el presidente Cristiani se mantuvo en su voluntad de continuar con los acercamientos con la guerrilla. Para demostrarlo nombró en el mes de septiembre de ese mismo año la comisión negociadora de paz que estaría conformada por el ex ministro de justicia Oscar Santamaría, dos representantes de las fuerzas armadas, el poeta y jurista David Escobar Galindo y el economista y ex director del Banco Central Abelardo Torres.

La búsqueda de la paz fue al fin de cuentas un proceso largo y dispendioso. Para lograr sentarse en la mesa de negociaciones fue necesaria la participación y el concurso de la ONU a través de su secretario General el peruano Javier Pérez de Cuellar. El diálogo permanente con el gobierno y el FMLN fue relevante, prolongado, frágil y delicado.

Estados Unidos cumple un papel determinante en el análisis del conflicto salvadoreño. Durante los ocho años de la administración Reagan y de acuerdo con Montobbio, se destinaron más de 3 mil millones de dólares en temas militares para la lucha contra la guerrilla otorgando magros resultados y dejando un elevado balance en materia de violación de Derechos Humanos (1999, p. 74). El giro más significativo lo va a enunciar la llegada de George Bush a la Casa Blanca (1989-1993). A pesar de ser republicano, la política hacia El Salvador se distanció mucho de la de Ronald Reagan y se tendieron puentes para incentivar una salida diferente a la militar.

De esta forma se desarrolla el primer encuentro oficial entre la guerrilla del FMLN y el gobierno de El Salvador en Ciudad de  México en  septiembre  de 1989. Dentro de los voceros de la guerrilla se destacaron en este primer encuentro Joaquín Villalobos, Salvador Samayoa, Roberto Cañas y Ana Guadalupe Martínez. Lo que se buscaba y se pretendía en este encuentro era la definición de una agenda de negociación. Los encuentros fueron auspiciados constantemente por las Naciones Unidas y el gobierno de los Estados Unidos. En octubre del mismo año se efectuó en San José de Costa Rica una segunda ronda de acercamientos que seguía desarrollando sus discusiones en torno a la definición de una agenda de negociaciones:

la propuesta que hizo el FMLN fue la de sentarse a la mesa sin cese al fuego y sin cese de hostilidades. Esto creó un marco sui generis de finalización del conflicto para El Salvador. La paz se hizo en este país en medio de la guerra (Santamaría Oscar, Testimonio).


El FMLN, al tiempo que desarrollaba acercamientos con el gobierno, no abandonaba la idea de insurrección popular, un imaginario fuertemente alimentado por la revolución sandinista de una década atrás. Joaquín Villalobos, comandante del ERP, era uno de los principales convencidos de que eso podría llegar a ser posible (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio). Así, el FMLN entra en la ambigüedad entre la negociación y la continuación de la lucha. Sobre todo, les inquietaba que el ambiente internacional que se vivía en aquel noviembre pudiera enviar señales al gobierno de Cristiani de debilidad y desventaja en la negociación:

la percepción que se había venido generando sobre la guerrilla era que estábamos en proceso franco de declive. En los círculos militares se comienza entonces a difundir información de que todo es un asunto de tiempo y de que la guerrilla se está agotando y de que no tiene apoyos internacionales. Entonces nuestra convicción fue que con este nivel de percepción que hay sobre nosotros no puede haber una negociación razonable. Esto hay que cambiarlo y esto solo se puede cambiar mediante una ofensiva (Guardado Facundo, Testimonio).


Importantes eventos sucedidos en muy pocos días a finales de 1989 en El Salvador cambiaron las dinámicas y apreciaciones del proceso de paz. En primer lugar, está la ofensiva militar del 11 de noviembre por parte del FMLN a la cual hace referencia el ex candidato a la presidencia Facundo Guardado. Durante cuatro días ininterrumpidos asediaron a la capital a través de la toma y el bloqueo armado de puntos estratégicos de la ciudad. Cinco días después, el 16 de noviembre, seis sacerdotes jesuitas fueron asesinados en las instalaciones de la Universidad de Centroamericana UCA. Dentro de los asesinados se encontraba el rector, Ignacio de Ellacuria, quien en los meses precedentes había realizado un significativo trabajo de acercamiento con la guerrilla para establecer diálogos de paz. Esto le valió para ser señalado como cercano a la organización por parte de los cuerpos de inteligencia del ejército. Este evento tuvo un impacto muy fuerte tanto a nivel nacional como internacional y llevó al replanteamiento de la necesidad de impulsar los diálogos de paz de manera urgente. La noticia del asesinato de los jesuitas no había sido aún digerida cuando un avión de matrícula nicaragüense se accidentó en territorio salvadoreño. Se descubrió que este avión llevaba misiles anti aéreos de largo alcance y que estaban destinados al FMLN. Este hallazgo permitía pensar que la guerrilla estaba muy lejos de verse derrotada y en especial muy lejos de una voluntad de paz. Acto seguido se dio el asalto y toma del prestigioso hotel Sheraton, en el cual se encontraba por esos días alojados el secretario general de la Organización de Estados Americanos y destacados oficiales del ejército de los Estados Unidos que se hallaban en tránsito hacia Panamá. Nuevamente se efectuaba una acción militar de alto impacto mediático (Samayoa, 2002, 286). Ese complejo mes se cerró con el asesinato del consejero del presidente Cristiani para el proceso de paz José Guerrero. Es claro que dentro de todas estas acciones se manifestaban acciones de sabotaje al proceso de paz en sí. (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio).

El coctel estaba más que listo para una explosión de orden social, político y militar. En los pocos días del mes de noviembre de 1989, tanto El Salvador como el mundo entero comprendieron la necesidad de una salida negociada del conflicto. La vía militar no era definitivamente la solución a la problemática. Durante la década de los ochenta se aumentó el pie de fuerza militar del ejército y se entrenaron a los oficiales de la fuerza armada. Con todo el apoyo posible por parte de los Estados Unidos, se hizo evidente que no era suficiente para encontrar pronto un vencedor en esta desgarradora guerra (Roman Mayorga, 2014, ps 158-161).

El balance luego de diez años de violencia exacerbada entre las partes es que no existen ni vencedores ni vencidos. Las acciones de noviembre de 1989 desarrolladas tanto por la guerrilla como por el ejército llevan a importantes reflexiones de ambas partes. Para finales de 1989, cuando los espectadores atónitos del mundo eran testigos de la caída del muro de Berlín, en El Salvador se llegaba a una situación que Zartman describe como “empate militar negativo” (Zartman, 1993, p. 48). Esto quiere decir que las dos fuerzas en enfrentamiento, luego de un significativo desgaste, no han llegado a una posición, si se quiere, cercana de derrota del enemigo. En estas circunstancias se requiere que ambas partes no solo perciban dicho “empate” sino que también tengan una voluntad política para examinar la posibilidad de que la salida al conflicto no sea militar y a partir de allí actuar en consecuencia. Ahora bien, la toma de conciencia de dicho empate y la idea de llegar a una negociación de carácter político no fue en su totalidad el resultado de una reflexión profunda de las partes implicadas.

El 6 de diciembre, Salvador Samayoa y Ana Guadalupe Martínez se reúnen con un delegado del secretario de las Naciones Unidas en Montreal y es allí donde la acción de Naciones Unidas es más clara. El gobierno de Cristiani y sus asesores se negaban a la participación de la ONU como mediador del conflicto. Ellos se manifestaban más proclives por la OEA, dicho sea de paso, más manipulable por los Estados Unidos. Pero ante los eventos de noviembre, y ante el error tan significativo por parte del ejército salvadoreño de asesinar a los jesuitas,23 Pérez de Cuellar disponía de una vía más amplia y cómoda para legitimar su posición como mediador. Para inicios de diciembre, tanto guerrilla como gobierno aceptan a la ONU como mediador de los futuros procesos de paz. Así, el mes de noviembre funciona como una suerte de caja negra en la cual la dinámica del conflicto sufre amplias transformaciones.

A partir del 8 de diciembre se retoman los acercamientos entre las partes, luego de la breve ruptura de cinco semanas altamente intensas que se han comentado. El punto de partida por parte del gobierno era claro. Sin cese al fuego por parte de la guerrilla no habría oportunidad alguna de continuar los diálogos. Esta solicitud era interpretada por la guerrilla como una trampa dado que el cese al fuego seria solo por parte de la guerrilla y el ejército salvadoreño estaría facultado para continuar sus operaciones. En realidad, el cese al fuego será uno de los dos grandes derroteros de esta negociación que va a enmarcar todo el proceso a lo largo de los dos años que este duró.

Para febrero de 1990 los avances eran mínimos en lo que refiere a los acercamientos entre guerrilla y gobierno. Una parte de la comandancia del FMLN vivía exiliada en Managua y el equipo negociador de la guerrilla era  una placa móvil de dos o tres delegados que hacían un intenso trabajo diplomático desplegado especialmente en Centroamérica y los Estados Unidos, con un importante apoyo de Colombia y Venezuela. Lo cierto es que el FMLN no acepta el cese al fuego como condición sine qua non para el inicio de los diálogos. Pero a cambio y  en  muestra de  buena voluntad ofrece una tregua al sabotaje económico, una de sus acciones más reconocidas. La posición del gobierno es tozuda, pero cada vez que esta era la política siempre aparecía el apriete por parte de la Casa Blanca y el Secretario de Estado para aflojar estas posiciones. La firmeza del gobierno Cristiani, para este momento específico venía especialmente medida como consecuencia de las elecciones que iban a tener lugar el 25 de febrero en Nicaragua y que respondían a la continuidad o partida del régimen sandinista del poder. La óptica del gobierno salvadoreño era que, de perder los sandinistas, el FMLN resentiría un sensible retiro del apoyo internacional y allí tendría desventajas para la negociación.

Solo tres semanas después de analizar el impacto de la derrota sandinista, es posible retomar los acercamientos. Por tercera vez, Estados Unidos amenaza con suspender las ayudas económicas si el gobierno Cristiani no se sentaba a la mesa de diálogo. De manera muy rápida se desenreda la situación y el gobierno no solo acepta dar inicio formal a los diálogos, sino que también acepta definitivamente la mediación del Secretario Javier Pérez de Cuellar. El 4 de abril de 1990, en Ginebra – Suiza, en medio del escepticismo total de las partes, se da la partida oficial de las negociaciones y de lo que se denominó un dialogo permanente de paz, firmando una declaración de las partes en presencia del Secretario General de Naciones Unidas Javier Pérez de Cuellar:

cuando llegamos a Ginebra éramos conscientes del desafío que teníamos al frente. El gobierno Cristiani, a pesar de los actos de mala fe de la guerrilla, quería llegar hasta el final de las negociaciones. La expectativa era inmensa para todos los que estábamos presentes en Suiza (Santamaría Oscar, Testimonio).


En mayo de 1990, en medio de fuertes combates por parte del ejército salvadoreño a la guerrilla del FMLN, se da la primera ronda de negociaciones en Caracas24. El objetivo y propósito de este encuentro era un aspecto de carácter técnico pero esencial, a saber: la definición de una agenda y un calendario de negociaciones. El gobierno puso de inmediato sobre la mesa el cese al fuego como condición para definir luego una agenda. Los buenos oficios del delegado del Secretario General, Álvaro de Soto, permitieron destrabar este primer impase:

lo curioso de esta reunión en Venezuela era que el gobierno no tenía planteamientos claros ni una agenda precisa. La guerrilla del FMLN era más estructurada en ese sentido y siempre fuimos muy organizados y metódicos. Nosotros éramos quienes llevábamos las propuestas y nosotros propusimos una agenda (Cañas Roberto 9 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno Entrevistador, San Salvador).

Dentro de la agenda propuesta por el FMLN estaban cuatro puntos centrales que podrían desglosarse en otros tantos. Allí estaba contenido la desmilitarización del país, la democratización, una revisión al pacto económico social y desde luego, un cese al enfrentamiento armado. El 21 de mayo se firman finalmente los acuerdos de Caracas que logran establecer una agenda, pero con mayores dificultades para un calendario.

Dos semanas después los diálogos se trasladan a México. Como era evidente, el tema de la reforma de la Fuerza Armada sería central en la discusión y, además, sería el punto de partida. Empieza así un largo camino para dirimir un tema altamente espinoso teniendo en cuenta que los militares habían detentado el poder entre 1932 y 1979 y habían triplicado sus efectivos y presupuesto a lo largo de la guerra contra la guerrilla. Esta situación resultaba tensa para el presidente Cristiani quien recibía mucha presión por parte de las filas militares y estaban siempre atentos de las negociaciones que se daban alrededor del tema fuerza armada. Como era de esperarse ante posiciones tan antagónicas la ronda se cierra sin acuerdo ni aproximación alguna. Las discusiones se van a trasladar a San José de Costa Rica. Allí, Álvaro de Soto plantea que se discutan otros temas alternativos al tema de la fuerza armada a fin de poder avanzar en el proceso. Es así como entra en escena otro de los temas más sensibles: los derechos humanos. Acerca de este tema hubo avances sustanciales que permitían destrabar por primera vez la negociación. A través de estos acuerdos se esperaba detener la tortura, el secuestro, las desapariciones forzosas, defender la figura del habeas corpus, la libertad de prensa y especialmente el desmonte de los escuadrones de la muerte. Con estos acuerdos se le quería dar un alto inmediato a la sistemática violación de los derechos humanos en El Salvador. Junto a estas propuestas, nació también ONUSAL, cuya misión central era la de verificar justamente que lo acordado en San José se cumpliera. En realidad, una verificación por parte de Naciones Unidas era la única garantía que permitía el cumplimiento real de lo acordado:

con respecto a la ONUSAL recuerdo que el gobierno quería que esta se implementara solo después de la firma total de los acuerdos. Claro, era difícil para al gobierno someterse a una fiscalización internacional y en caso de ser necesario necesitaba hacer tiempo pues sabía que sus fuerzas armadas eran claras violadoras de derechos humanos. Pero al fin de cuentas creo que hubo un avance importante al respecto pues la ONUSAL se implementó en medio de los acuerdos y eso era ya una ganancia, significaba que el gobierno estaba cediendo y eso garantizó al fin de cuentas el final de las violaciones que fueron tan sistemáticas a lo largo de una década (Jovel Francisco, 6 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno, entrevistador, San Salvador).


El de San José sería entonces el primer acuerdo sustancial que se llevaría a cabo en la negociación. Sin embargo, lo que vendría después, como se ha mencionado, sería ya más complicado. Fuerza armada y cese al fuego seguían siendo puntos nodales sin soluciones claras en la ronda de San José. Estos resultaron ser temas bastante complejos y con una fuerte resistencia por parte de las fuerzas armadas, tanto en El Salvador como por parte de sus dos representantes en la mesa de negociación. El tema fue tan duro de manejar que, según sus protagonistas, en más de una ocasión se estuvo a punto de romper con los diálogos. (Cañas Roberto, Testimonio).

Para octubre de 1990 se efectúa una nueva ronda en México. Por primera vez el FMLN cede ante la solicitud y demanda de un cese al fuego. La guerrilla acepta determinar el 31 de mayo de 1991 como fecha límite para tal efecto, pero solo a condición de avanzar en los temas más complejos de la agenda. La negociación vuelve a estancarse en laberintos sin salida. Los meses que siguen van a desarrollar una dinámica muy similar. Desde la firma de los acuerdos de San José, la mesa de negociación no volvió a acordar nada sustancial en el resto del año.

En abril de 1991, aun en México, se propone trabajar en equipos de tres representantes por parte del gobierno y tres por parte de la guerrilla con el fin de hacer negociaciones simultáneas y avanzar en temas centrales. (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio). Además de ello recuperar el tiempo que se ha perdido en los meses precedentes en los cuales no han emergido acuerdos significativos. Lo cierto es que dos grandes temas vuelven a convertirse en temas articuladores. Por una parte un equipo discute dos reformas de fondo para el estado salvadoreño: la reforma de la fuerza armada y la reforma constitucional.25 Por otra parte, otro de los equipos va a discutir el espinoso tema del cese al fuego. Era de suma importancia que la Asamblea Legislativa hiciera las reformas a la constitución antes del 30 de abril, día en que terminaba la legislatura. Dado que las reformas a la constitución requieren de dos legislaturas, de no aprobarse antes de la fecha establecida, las reformas tendrían que esperar hasta 1994 para ser aprobadas. Los acuerdos se firmaron en México el sábado 27 de abril, a 72 horas de terminar la legislatura. Maratónicas jornadas de discusión esperaban a la Asamblea en San Salvador del 28 al 30 de abril para poder hacer las reformas a la constitución. Es de destacar la disciplina de los partidos políticos y el apoyo dado a las reformas que le pudieron dar continuidad a los acuerdos. No obstante, aún quedaban asuntos pendientes que ya para nadie eran extraños: reformas a la Fuerza Armada y cese al fuego. (Guardado Facundo, Testimonio).

El 25 de mayo de 1991, cuando la presión de los tiempos legislativos de El Salvador había bajado, y una vez que la legislatura 1991–1994 había ratificado las reformas a la constitución, las partes se volvieron a sentar a la mesa para tratar temas que se venían aplazando varios meses atrás. Para esta fecha las partes se instalan nuevamente en Venezuela abriendo una nueva ronda de discusiones. Esta ronda se vio enmarcada por una gran ofensiva militar a nivel nacional en El Salvador. Este factor se convierte en argumento para la guerrilla en querer seguir aplazando la idea de un cese al fuego por parte de los insurgentes. Como en ocasiones anteriores, el FMLN (pero en especial el comandante Joaquín Villalobos) decidió para esta ronda poner sobre la mesa una solución al impasse de la reforma de la fuerza armada. Ante la negativa de los negociadores y de las resistencias militares en El Salvador ante las reformas propuestas, la guerrilla propone la fórmula de la fusión de los dos ejércitos (fuerza armada y guerrilla). Fórmula que ciertamente, de acuerdo con Samayoa, deja perplejos a los negociadores del gobierno que ven en esta propuesta algo más que insensato (2002, p. 482).

Con el fin de evadir y aplazar una vez más tan tensa discusión, las partes acuerdan comenzar a debatir sobre el tema de la Policía Nacional. Esta policía dependía, hasta las negociaciones, directamente del ministerio de defensa y del ejército nacional. No obstante, hablar de reformas a la Policía era más viable que las reformas al ejército y la fuerza armada en general. La propuesta central es acabar los tres cuerpos de seguridad (Policía Nacional, Guardia Nacional y Policía de Hacienda) y crear uno nuevo con un fuerte componente civil en sus directivas y con una doctrina renovada.

Estas discusiones tomarían varias semanas y no podrían ser agotadas en Venezuela. La mesa se traslada una vez más a Nueva York en el mes de septiembre. El tema de la Policía sigue en la mesa. A pesar de que el gobierno acepta una reforma de fondo, la discusión se atasca en cuanto a la idea de la guerrilla de mantener cuotas de participación en la nueva institución. En dicho sistema de cuotas, tantos ex policías como desmovilizados de la guerrilla tendrían condiciones igualitarias de acceso en tanto que agentes de seguridad de esta nueva policía. A pesar de todo, son destacables los avances de esta ronda. Lo más significativo es que se llegaron a los primeros acuerdos en temas de fuerza armada, resaltando los aspectos de depuración, reducción, doctrina y sistema educativo. En cuanto a la Policía también se evidenciaron avances notables destrabando los principales puntos de disputa. Para sumar a todos estos avances que habían tomado meses de discusión, se acordó que el cese al fuego solo procedería después de haber finalizado y firmado todos los acuerdos. Estamos aquí ante la recta final de los diálogos y las negociaciones. Las semanas finales de 1991 no fueron ajenas a la presión, los puntos de inflexión y nuevamente la lucha y carrera contra el reloj. En octubre de 1991, en México se acordó finalmente la disolución de los antiguos cuerpos de seguridad o policías que tantas víctimas cobraron en el país al mismo tiempo que simbolizaban todo un esquema de impunidad. Ante los avances, el FMLN decide decretar una tregua unilateral como signo de buena fe y confianza. Confianza que es burlada a través de una nueva ofensiva del ejército desarrollada en el mes de noviembre de 1991. A esta ofensiva, la Casa Blanca recurre una vez más a la presión económica y política para obligar retroceder al gobierno Cristiani y a sus fuerzas armadas. Ante las dificultades y las tensiones que van anunciando no solo el fin del año sino de la gestión de Pérez de Cuellar como Secretario General, este último decide trasladar las negociaciones directamente a Nueva York en la sede de las Naciones Unidas (Santamaría Oscar, Testimonio). Allí se va a discutir especialmente la adscripción de la Policía a un ministerio que no sea el de la defensa ni menos aún del interior, por ser este aún fortín de los militares. También se discute lo que será el nuevo cuerpo de inteligencia que pueda reemplazar el obsoleto y anquilosado organismo vigente a la fecha. A finales de diciembre se logran destrabar las partes más sensibles de los temas pendientes de la agenda gracias en cierta medida a la pericia del Secretario General y su asesor personal, pero sin duda alguna a la presión constante del Departamento de Estado y de su subsecretario Bernard Aronson.

Finalmente se llegó a un acuerdo in extremis el 31 de diciembre de 1991 en la sede de las Naciones Unidas en Nueva York:

verdaderamente se trataba de un final extremo. Después de muchos días de negociación no llegábamos a encontrar salidas a temas muy espinosos. El 31 de diciembre la presión del Secretario General era máxima. Él quería terminar hacia las 5 de la tarde. Sin embargo, a media noche no habíamos aun encontrado salidas claras. Decidimos entonces detener el reloj y continuar con las negociaciones. Dijimos al mundo que habíamos terminado a media noche, pero en realidad tuvimos que haber terminado hacia las 2 de la mañana. Esa fue la locura de las negociaciones (Cañas Roberto, Testimonio).


Al final de cuentas se encontraron soluciones y salidas al tema. Se lograron firmar los acuerdos dentro de unas condiciones por demás complejas, especialmente en lo que a tiempo se refiere. En el primer tema de la agenda lo que se concluyó fue la necesaria reducción del número de efectivos, la supresión de los Batallones BIRI, la supresión de las tres policías ya mencionadas y convertirlas en una sola, terminar con la práctica del reclutamiento forzoso y en especial se solicitó al gobierno colaborar en la desarticulación de los cuerpos paramilitares, principales encargados de efectuar la represión en las áreas rurales. Además de ello tanto la escuela militar del ejército como la futura escuela de formación de policías estarían regidas por unos comités cívico – militares que determinarían las políticas académicas y curriculares de las instituciones. Otro de los grandes acuerdos que se pueden destacar es el tema electoral y su reforma, la cual hacia también parte de los puntos centrales de la agenda:

en El Salvador existía antes de los acuerdos un consejo electoral compuesto por tres personas designadas por el presidente. A este consejo no tenían acceso los partidos de oposición. Esta demás decir que ellos hacían lo que se les daba la gana con las elecciones. Ese consejo se transformó en el Tribunal Superior Electoral que conocemos ahora en el cual tiene cabida todos los partidos políticos (Samayoa Salvador, 7 de junio de 2016, Testimonio, D. Moreno, Entrevistador, San Salvador)26.


En materia de justicia también se encontraba un sistema amañado y controlado siempre por el ejecutivo. Antes de 1992, los magistrados eran elegidos por mayoría simple. De suerte que el partido mayoritario en la Asamblea Legislativa siempre lograba nombrar a los magistrados. Esta metodología de elección se desarticuló imponiendo un nuevo sistema en el que los partidos minoritarios también tuvieran espacio de participación. En temas de justicia transicional se planteó la posibilidad de una ley de amnistía general que en líneas generales le abriera el espacio a los desmovilizados de la guerrilla de participar en política: el FMLN quería ser partido político por lo tanto todos sus dirigentes para poder participar en política al interior del país, no tenían que tener delitos que fueran perseguidos por la justicia y por el otro lado las fuerzas armadas jamás iban a dejar que se firmara un acuerdo de paz si en el texto del acuerdo llevaba implícito que ellos por actos cometidos durante el conflicto pudiesen ser llevados a la justicia y encarcelados” (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio).

En materia de justicia transicional el único elemento relevante que se va a evidenciar es el accionar de la comisión de la verdad cuyos efectos e impactos fueron por demás muy magros.

3.    El proceso de paz salvadoreño en clave analítica

El proceso de paz que entablaron el gobierno del presidente Cristiani y la guerrilla del FMLN tomó 21 meses contados desde la firma del acuerdo de Ginebra hasta la firma de la paz de Chapultepec. A pesar de ello, hablamos de un proceso de paz relativamente corto. Pero esta corta duración no es sinónimo de simplicidad y como se ha podido ver, el camino estuvo lleno de desafíos y momentos de alta tensión entre las partes. De todas esas dinámicas pretendemos únicamente rescatar algunos elementos que consideramos sustanciales para el análisis del proceso.

Nuestro punto de partida está en el cuestionamiento de por qué las partes se sentaron a la mesa de diálogo a negociar, más allá de todas las adversidades y los múltiples enemigos de la paz que quisieron torpedear el proceso. Para comenzar a responder esta pregunta nos apoyamos en una apreciación de la comandante el ERP y negociadora de la paz Ana Guadalupe Martínez:

aquí en El Salvador vivimos la guerra de una forma muy intensa, los combates eran cotidianos y el asedio de las partes permanente. La economía estaba paralizada por las acciones de la guerrilla y la población sufría enormemente. Había un hastío, todos queríamos la paz, no había otra alternativa. Pero la paz que queríamos era la paz en medio de un país modernizado y que ampliara las vías de la participación política para el conjunto de sus ciudadanos (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio).


Es así como podemos ir acercándonos a la respuesta a nuestro cuestionamiento inicial. La intensidad de la guerra entre 1980 y 1991 fue tal que todas las partes anhelaban la paz. Cierto, algunos sectores como los militares y los partidos de extrema derecha se negaban a la negociación y a un cambio estructural del país dado que el modelo establecido les convenía mucho. (Cañas Roberto, Testimonio). En 1989 llega a la presidencia un líder emergente del partido que habían fundado los empresarios y los sectores radicales de los militares representados en el mayor Roberto D’Aubuisson. El mismo Cristiani pertenecía a las familias acaudalas del país que habían hecho dinero en el negocio de la banca. Esto marca una diferencia sustancial sin duda alguna con el gobierno de Duarte que representaba un partido consolidado en la década de los setenta pero que carecía de un apoyo sólido por parte del empresariado.

La paz era un estadio necesario para todas las partes. El empresariado del que hemos hablado se vio seriamente afectado como consecuencia del constante sabotaje a la infraestructura pero también las amenazas a la producción por parte de la guerrilla. El aspecto militar, primera alternativa que tuvieron en mente para derrotar la guerrilla había fracasado. La ofensiva de noviembre de1989 fue clave en esa concepción. A pesar de la ayuda de los Estados Unidos, no fue posible derrotar a la guerrilla. No había una mínima cercanía a dicha derrota.

Dentro de las filas de la guerrilla también había una fatiga, producto del asedio de la fuerza armada y una guerra que si bien la habían sabido plantear en diferentes planos que incluían el desarrollo de un poder dual (Binford, 2000, p. 1174) y una correcta articulación con amplios sectores de la sociedad (campesinos, estudiantes, obreros, desempleados y amas de casa por mencionar solo algunos), no tenían la garantía de poderla ganar. Es muy probable que el desarrollo militar y la capacidad de combate fueran el objetivo buscado para sentarse a una mesa de negociaciones con argumentos políticos y militares. Así poder ser escuchados y que sus planteamientos fueran tenidos en cuenta para poder hacer las reformas de fondo que se pedían: “en El Salvador tuvo que haber una guerra y haber derramados tristemente mucha sangre para poder modernizar y democratizar el país. Ese fue en gran parte el sentido de esa trágica guerra” (Samayoa Salvador, Testimonio). A pesar de que la paz era el estadio más deseado por el conjunto de los salvadoreños, es de resaltar la escaza participación, manifestación y movilización de la sociedad civil exigiendo cese a las hostilidades. El ambiente de guerra intenso y la polarización de la misma sociedad impedían una movilización coordinada que pudiera tener un impacto del orden político. Por último, como ya se ha mencionado, existe un factor del orden internacional que también contribuye con la comprensión del porqué las partes se sientan a negociar. El final de la guerra fría anunciaba de entrada que los apoyos para los dos bandos podrían ser retirados de manera brusca. Si bien el FMLN no dependía tanto del apoyo soviético, la ayuda nicaragüense y cubana apoyaban en gran medida su accionar. Con la salida de Ortega del poder en febrero de 1990, la ecuación tendía a ser aún más compleja para los insurgentes. Por su parte, también se ha mencionado, que los Estados Unidos eran el principal soporte económico de la guerra salvadoreña. La Casa Blanca presionó en varias ocasiones la necesidad y diríamos obligatoriedad de negociar la paz con la guerrilla.

Fue muy complejo llevar adelante la iniciativa de la paz en El Salvador. A pesar de que había presiones internacionales y necesidades domésticas de llegar a la paz, el camino a este estadio fue sumamente arduo y difícil. Total, las negociaciones de paz se emprendieron en medio de la guerra y los enfrentamientos. Dentro del proceso de paz salvadoreño hallamos pues un aspecto particular en el cual, el campo de batalla dictó de manera constante los ritmos políticos de la mesa de negociación. Dentro del complejo pulso desarrollado en dicha mesa, tal y como lo narra Samayoa, cada letra y cada palabra eran batalladas y negociados por los representantes de la mesa. Así mismo, cada metro en el campo de batalla, cada montaña escarpada del pequeño Salvador, cada cuadra de las ciudades de este país, se disputaban minuto a minuto de los 21 meses arduos de negociaciones. Esta situación hacía que el ambiente fuera constantemente eléctrico y que las provocaciones fueran casi cotidianas. La pericia de los actores internacionales, la ayuda de los países amigos y la insuperable presión de los Estados Unidos, fungían como reguladores de las enormes tensiones de esta negociación.

Ahora bien, es pertinente precisar y hacer un breve énfasis en la agenda de negociaciones. Lo que podemos destacar de lo acordado en Caracas, en mayo  de 1990, es los puntos que van a ser la base de la discusión. Estos aspectos no son más que la evidencia de los puntos en discordia que se quieren dirimir. De allí podemos destacar con especial énfasis el aspecto militar. La reforma de las fuerzas armadas y de la policía fue realmente el caballo de batalla que orientó las negociaciones de paz en El Salvador. Fue el primer punto de la agenda, y por donde comenzaron las discusiones de San José, y serán los temas que se van a discutir bajo presión a la media noche y algo más del 31 de diciembre de 1991 en la sede de las Naciones Unidas. El fondo de la discusión es que lo que se reflejaba desde el fraude electoral de 1972, era una casi imposibilidad de participación política de los ciudadanos que se hallaban por fuera de las élites. Sectores de izquierda y de la clase emergente vieron acalladas sus voces por un sistema político blindado y excluyente. Así nace la guerra y así, tanto las fuerzas armadas como la policía se convierten en la principal herramienta del Estado para cometer un sinnúmero de excesos y violaciones a los derechos humanos. De allí que, en las negociaciones, el punto de partida fuera en esencia, el desmantelamiento de esos cuerpos. Puntos de la agenda como el de la reforma de justicia o la reforma electoral pasaron de forma relativamente fácil dentro de las discusiones. Lo que se jugaba allí era básicamente quitarle la potestad al partido de gobierno y mayoritario de la asamblea (que dentro de la coyuntura eran el mismo) la potestad de determinar quién sería el rector de la rama judicial y el árbitro de los procesos electorales.

Sin embargo, en donde más queremos hacer énfasis es en las discusiones del modelo económico social. Consideramos, en la línea de Galtung (Galtung, 1993, ps. 3-13), que este factor se convierte en una de las claves para la comprensión del conflicto armado y la guerra en El Salvador. Es de allí de donde se desprende la idea de la una violencia estructural invisible que, a nuestro juicio, no fue atacada en los diálogos de paz. Es decir, que al enfocarse en el aspecto militar y posteriormente la desmovilización de la guerrilla, lo que se atacó fue la violencia directa, es decir, la visible: el silencio de los fusiles. Dentro de los acuerdos y la agenda de negociación, la parte del modelo económico social se remitió a dos aspectos centrales: una reforma agraria y una mención, un poco tímida hacia la protección de la sociedad salvadoreña del modelo neoliberal que se anunciaba para la región latinoamericana en esos años. Al fin de cuentas ninguno de estos dos aspectos prosperó. La tierra, fiel bastión de las élites cafeteras, azucareras y algodoneras de El Salvador, y base de la riqueza de sus élites, fue un aspecto difícil de reestructurar. Los informes que la ONUSAL le remitía en 1992 y 1993 al Secretario General de Naciones Unidas Butros-Ghali, nos permiten sugerir que estos temas fueron poco atendidos. Una de las misiones centrales de la ONUSAL, creada por los acuerdos de San José en julio de 1990, era la verificación del cumplimiento de los acuerdos. Su tarea, luego del 16 de enero de 1992 era hacer un seguimiento al cumplimiento de lo acordado por las partes. Regularmente ONUSAL le daba informes al Secretario y este a su vez rendía informe al Consejo de Seguridad. Dentro de los informes se evidencia como fue necesario prorrogar en tres ocasiones la existencia de ONUSAL (que terminaría funciones en mayo  de 1995), dado que existían evidencias de incumplimiento   a los acuerdos de 1992. Dentro de los factores que más se resaltan esta pues     el tema de la tierra, el modelo de reforma agraria y los temas sociales; eran los puntos en los cuales definitivamente no había progresos. De hecho, ONUSAL dio por terminada su tarea en El Salvador sin haber detectado cambios sensibles en la materia (Martínez Ana Guadalupe, Testimonio)27. Así pues, constatamos que las negociaciones de inicios de los noventa en El Salvador están marcadas por un componente altamente militar que absorbió gran parte de las energías y del tiempo de los negociadores en la búsqueda de la paz.

Dentro de lo pactado en Ginebra uno de los aspectos que del documento emerge es el de la confidencialidad de los acuerdos. Esto sugería que habría una línea de conducta muy estricta de que lo discutido en la mesa no se haría público. Esto en la realidad no tuvo un efecto práctico. El gobierno salvadoreño tenía línea directa con los principales medios de comunicación escritos y audiovisuales. A través de estos se desarrolló constantemente una campaña de desprestigio hacia el FMLN y el proceso en sí. La población estuvo altamente desinformada de los avances y lo que más se señalaba era que la guerrilla buscaba en los diálogos de paz la disolución del ejército. Así, el gobierno manipulaba y también violaba, con cierta regularidad, dicho principio de confidencialidad. Igual sucedía en el campo de la guerrilla que también utilizaba canales, menos formales y poderosos, pero igualmente efectivos para transmitir informaciones a la sociedad. Lo que se percibe era que había una batalla por la información o desinformación de la sociedad, pero esta al fin de cuentas era un medio para conseguir un fin y terminaba siendo marginalizada a la postre. Los actores que más tuvieron contacto directo con las negociaciones y los acuerdos puntuales que se generaban eran los partidos políticos, todos ellos de derecha (ARENA, Partido por la Conciliación Nacional PCN y Partido Demócrata Cristiano, PDC, así como algunos movimientos políticos cristianos). Esta comunicación se desarrollaba básicamente con razón de la necesidad de efectuar la mencionada reforma constitucional. Por último, es vital enunciar que al inicio de las negociaciones se creó, con el auspicio del FMLN lo que se denominó el Comité Permanente del Debate Nacional por la Paz, CDPN, cuya idea original era servir de puente entre las organizaciones sociales que estaban por fuera del marco de los partidos políticos y la mesa de negociaciones. Allí se inscribían sindicatos, en su mayoría, organizaciones comunitarias, de mujeres, campesinos y una minoría indígenas. Karen Ponciano sugiere que para el caso del CDPN, su rol fue bastante marginal y los negociadores no tuvieron en cuenta en muchas ocasiones sus posiciones frente a los acuerdos. De suerte que su papel dentro del proceso no tuvo un impacto significativo (Ponciano, 1996, p. 145). Es importante decir que para 1992 el movimiento social salvadoreño se encontraba bastante afectado como consecuencia de los años de guerra. FENASTRAS, el principal sindicato del país era tal vez el mejor interlocutor junto a los sindicatos del sector salud en el país que habían reactivado la acción reivindicativa y la protesta desde 1985 pero que no habían logrado consolidarse, según afirma Almeida, como un interlocutor central durante los diálogos de paz (2011, p. 317). De tal suerte que nos encontramos con un proceso en el cual los acuerdos no fueron ni refrendados ni llevados a las urnas a través del plebiscito. Se trató más bien de acuerdos reafirmados a través de las reformas constitucionales. No se trata aquí de criticar el hecho, la formula y la metodología que usaron los salvadoreños en su proceso de paz. Se trata más bien de poner en evidencia las dinámicas de interacción social desarrolladas en su propio proceso. Lo cierto es que la sociedad civil tuvo por una parte muy poco conocimiento del proceso y además de ello, escasa participación e interacción con la mesa de diálogos.

Conclusiones

El balance que podemos establecer, un cuarto de siglo después de firmados los acuerdos de Chapultepec, en el confort del tiempo y más aun de la distancia, es que la guerrilla logró al final de cuentas imponer en gran medida su voluntad.  Si se hace un contraste entre la agenda propuesta por la guerrilla en Caracas   en mayo de 1990 y lo firmado en México en enero de 1992, encontramos que hay enormes distancias. El FMLN logró ganar espacios significativos dentro de la negociación. Su idea de desaparición de la fuerza armada se puede registrar más como una estrategia de negociación. El triunfo de la guerrilla se manifiesta igualmente en la manipulación y la gestión dada al espinoso asunto del cese al fuego. A lo largo de la negociación se plantearon al menos tres fechas tentativas de cese al fuego que nunca se cumplieron. Este cese se efectivo solamente el 1 de febrero de 1992, dos semanas después de firmados los acuerdos finales. La guerrilla supo dar uso del aspecto militar en el terreno de combate, dio muestras de una gran habilidad diplomática, especialmente a través de los comandantes Salvador Samayoa y Ana Guadalupe Martínez. La guerrilla contó de cierta forma con el apoyo de Álvaro de Soto que, si bien buscaba ser imparcial, no negaba su afinidad hacia las propuestas de la guerrilla. Esta percepción la tuvo igualmente el gobierno y por ello se buscó en algunas ocasiones de la negociación, dejarlo por fuera de las decisiones trascendentales. De igual forma, la astuta llave de presión económica que en todo momento utilizó la Casa Blanca para obligar al gobierno a aceptar ciertas condiciones jugó también a favor de las peticiones del FMLN. Con esto no se sugiere que los Estados Unidos hayan tomado afinidad con la guerrilla. La Casa Blanca era proclive especialmente a la firma rápida de unos acuerdos de paz. Además de ellos, las solicitudes de los insurgentes se acomodaban a un marco internacional estándar de un Estado moderno. La paz firmada en Chapultepec en 1992 no fue una paz perfecta y eso lo podemos decir hoy, con mucho tiempo de análisis y reflexión de por medio.

El Salvador recorrió un camino sin muchas experiencias del pasado que le pudieran ayudar a diseñar su camino. Las resistencias y los desafíos acompañaron desde el primer hasta el último minuto el proceso. A tientas se pusieron en la mesa de negociaciones aspectos que se presentaban como centrales y estructurales en la agenda. Muchas cosas fallaron, pero consideramos que no fue una decisión deliberada de sus actores y protagonistas. Fueron en muchas ocasiones daños colaterales, y en otras, contingencias. Lo cierto es que toda negociación de paz o finalización de un conflicto estará marcada por múltiples factores como el contexto nacional e internacional, así como las presiones políticas que allí se juegan. Mucho de las negociaciones aquí analizadas también estuvieron marcadas por la pericia y decisión de sus protagonistas más importantes. El carácter y la personalidad de esos actores marcaron no solo la firma de los acuerdos sino también el destino –para bien o para mal– de cientos de miles de salvadoreños.

Entrevistas

1.    Cañas Roberto. Comandante del Partido Comunista Salvadoreño.

2.    Cotto Howard. Militante del FMLN, Director General de la Policía de El Salvador.

3.    Nidia Díaz. Comandante Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos PRTC.

4.    Guardado Facundo. Comandante de la Fuerzas Populares de Liberación y candidato a la presidencia en 1999 por el FMLN.

5.    Galeas Marvin. Periodista, miembro de Radio Venceremos y militante del Ejército Revolucionario del Pueblo ERP.

6.    Henríquez Consalvi Carlos. Director de Radio Venceremos y militante del Ejército Revolucionario del Pueblo ERP. Director del Museo de la Palabra y la Imagen MUPI de El Salvador.

7.    Jovel Francisco, Comandante Partido Revolucionario de los Trabajadores Centroamericanos PRTC.

8.    Martínez Ana Guadalupe. Comandante del Ejército Revolucionario del Pueblo ERP.

9.    Samayoa Salvador. Comandante de las Fuerzas Populares de Liberación FPL. Líder del FMLN en las negociaciones de paz.

10.    Santamaría Oscar. Abogado, ex ministro de Justicia, jefe del equipo negociador del presidente Cristiani a los diálogos de paz.

11.    Eduardo Sancho. Comandante de Resistencia Nacional RNFuentes secundarias.

Referencias

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Notas:

17    Pizarro afirma que la revolución sandinista tiene un efecto directo desde el punto de vista moral y militar para las guerrillas colombianas que a finales de los años 1970 se hallaban en una profunda crisis y que se repotencializan, al igual que las guerrillas salvadoreñas y guatemaltecas, en los años de 1980.

18    Ver igualmente el relato vivido por la comandante María: Ana Guadalupe Martínez, Las cárceles clandestinas de El Salvador, (San Salvador: UCA editores, 1991).

19    Esta visión comparativa también se puede ampliar en la obra de Kruijt, ver: Drik Kruijt, Guerrillas: War and Peace in Central America, (London: Zed Books, 1994), 50-58.

20    Alain Touraine lanza una breve visión acerca de este problema menos detallada, pero con análisis relevantes, ver: Alain Touraine, La parole et le sang: politique et société en Amérique Latine, (Paris: éditions Odile Jacob, 1988), 344-348.

21    D’Aubuisson era un antiguo coronel del ejército. Jefe natural y fundador del partido Alianza Republicana Nacionalista ARENA. El representaba un sector de la extrema derecha en El Salvador durante los años 80. En 1984 fue candidato a la presidencia y pierde frente a Napoleón Duarte de la Democracia – Cristiana. En 1989 D’Aubuisson decidió hacer un paso al lado y cederle el liderazgo del partido a Alfredo Cristiani.

22    Ver también los relatos escritos de la emisora Radio Venceremos: José Ignacio López Las mil y una historias de Radio Venceremos, (San Salvador: UCA editores, 2015), 255-260.

23    Luego de la muerte de los seis jesuitas, la posición del Casa Blanca fue infranqueable e instó al gobierno Cristiani a buscar una solución negociada del conflicto so pena de ver seriamente reducidas las ayudas económicas. Estar seria la “llave” internacional que permanentemente apretaba Washington para presionar el curso y desarrollo de los diálogos de paz.

24    Las acciones del ejército y las ofensivas de la guerrilla a lo largo de toda la negociación lo que demostraban era que el músculo militar era fundamental y decisivo en el pulso que las partes efectuaban en la mesa de negociación.

25    La reforma constitucional preveía diversos y amplios temas tales como reforma a la justicia, reforma electoral, defender el derecho a la rebelión (artículo 248), reforma agraria, modificaciones a la policía nacional, instauración del plebiscito como una reforma democrática y que los partidos políticos no sean el único mecanismo de representación popular tal como lo establecía la constitución de 1983.

26    Ver también la recopilación de Martínez con respecto a los acuerdos de paz: Oscar Martínez, El Salvador: las negociaciones de los Acuerdos de Paz (1990-1992), (San Salvador: editorial nuevo enfoque, 2011), 209-227.

27    Ver: “ONUSAL Misión de observadores de las Naciones Unidas en El Salvador”, Naciones Unidas, (consultada el 16 de noviembre de 2016), http://www.un.org/es/peacekeeping/missions/past/onusal.htm



Resumen : 69

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